España: un valedor de la candidatura turca

El apoyo español a Turquía debería servir para reforzar sus relaciones más allá de la política exterior, y ampliarse a la energía, la justicia y los asuntos de interior.

Eduard Soler

España y Turquía son hoy dos países con excelentes relaciones bilaterales, capaces incluso de lanzar conjuntamente iniciativas en el ámbito internacional como la Alianza de Civilizaciones. España es, además, uno de los principales y más firmes apoyos de la adhesión turca a la Unión Europea (UE). La posición española se resume en exigir a Turquía lo mismo que al resto de candidatos a la adhesión, ni más ni menos. Así lo defiende el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, así lo defendió el ex presidente, José María Aznar, cuando gobernaba el Partido Popular. Este apoyo es especialmente apreciado en Ankara dado el contexto adverso que vive la candidatura turca. Entre otros cabe señalar que se han congelado ocho capítulos de las negociaciones de adhesión iniciadas en octubre de 2005; Chipre es miembro de pleno derecho de la UE desde 2004 y como tal puede ejercer su derecho al veto; Francia se muestra cada vez más escéptica respecto a la adhesión turca; distintos comicios desbancaron a dos de los principales valedores de Turquía en la UE: Silvio Berlusconi en Italia y Gerhard Schröder en Alemania; y, por ende, la imposibilidad de aprobar la Constitución Europea ha reforzado las posiciones de quienes afirman que no se puede ampliar la UE si no se hacen esfuerzos paralelos para fortalecer la integración.

¿Por qué apoya España la adhesión de Turquía la UE?

Estas líneas intentan dar respuesta a tres interrogantes fuertemente interrelacionados. El primero, por qué España es uno de los países europeos más favorables a la adhesión turca. El segundo, por qué lo ha sido siempre. O dicho en otras palabras, por qué los cambios políticos en España no han alterado su política hacia Turquía, algo estrechamente vinculado al hecho de que no se haya desarrollado un debate político y social de gran magnitud sobre la conveniencia de integrar Turquía en la UE. Y el tercero, si se mantendrá o no esta situación. En cuanto a la primera cuestión, es decir, por qué España es uno de los principales valedores de la candidatura turca, cabe recordar que el apoyo de España es a que se inicien y prosigan las negociaciones de adhesión.

No es la adhesión sino las negociaciones lo que se está discutiendo y, por consiguiente, los intereses en juego son bien distintos. Así, a corto plazo, a España le interesa que Turquía la perciba como un actor favorable a su candidatura puesto que ello refuerza unas relaciones comerciales que gozan ya de una excelente salud. Por el contrario, nada aportaría a España posicionarse hoy en contra de esa adhesión y ganarse así la enemistad del gobierno y la sociedad turca. Ya llegará, no antes de una década, el momento de juzgar las ventajas e inconvenientes de su adhesión. Para entonces quién sabe cuáles serán los intereses de España, cómo habrá cambiado Turquía y cuál será el estado de la construcción europea. A ello se suma un cierto sentimiento de empatía respecto a la situación que vive Turquía. Ambos son países mediterráneos e incluso comparten una cierta evolución histórica y política.

Sin embargo, el hecho determinante es que España es uno de los países que se ha beneficiado de forma más espectacular de su adhesión a la UE, no solo en el terreno económico sino también respecto a la consolidación de su sistema democrático. Por lo tanto, los dirigentes españoles tendrían grandes dificultades para negar a otros lo que a España tanto benefició. Esto explica, en parte, el apoyo español a la ampliación de 2004 y también su actitud favorable a la candidatura turca. Junto a estos dos elementos, la clave para entender el apoyo español a la adhesión turca es que esta cuestión no ha sido objeto de controversia política. No es que el apoyo de la clase política española sea unánime al respecto.

Algunos líderes de partidos políticos nacionalistas de centro-derecha, especialmente en Convergència i Unió, se han desmarcado de esta línea pero al haber un consenso entre las dos principales fuerzas políticas, estas disensiones han tenido escaso eco. Esta situación contrasta con lo que sucede en otros países europeos. En Alemania, por ejemplo, la izquierda y la derecha se han enfrentado sobre la cuestión turca debido, entre otros factores, a una concepción muy distinta de los elementos constitutivos de la identidad europea y la identidad alemana. En Francia, no solo ha habido un enfrentamiento ideológico sino que la cuestión turca ha sido objeto de lucha dentro de los propios partidos políticos. Así lo hizo Laurent Fabius en su lucha contra la dirección del Partido Socialista francés o el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, que utilizó este tema para erosionar a un Chirac que había expresado su conviction forte en el futuro europeo de Turquía.

Nada de eso ha sucedido en el caso español. Posicionarse a favor o en contra de la adhesión turca no ha sido percibido como un granero de votos y, aún menos, como un arma utilizable en pugnas por el liderazgo dentro de los partidos. ¿Cuáles son las razones que explican la continuidad entre gobiernos en su apoyo a la adhesión turca y la baja intensidad del debate político al respecto? Primero, porque las cuestiones vinculadas a la construcción europea suelen generar un consenso notable y no son una preocupación esencial del electorado español. Segundo, por la ausencia de lobbies pro o anti-turcos, algo que está relacionado con la escasa presencia de comunidades turcas, kurdas o armenias en España.

Tercero, por la inexistencia de una extrema derecha parlamentaria. Cuarto, porque aquellos sectores que tradicionalmente se habían opuesto a la adhesión turca, es decir, sectores próximos a Izquierda Unida y partidos simpatizantes con la causa kurda como Esquerra Republicana de Cataluña, se tornaron más favorables a la adhesión al comprobar que era el mejor método para consolidar la democracia turca y las libertades fundamentales de sus ciudadanos, incluidos los kurdos. Quinto, porque la derecha española, al igual que la italiana, ha tenido un fuerte tropismo atlantista que ha reforzado su apoyo a la integración de Turquía a la UE. Sexto, porque junto a la inexistencia de una confrontación política tampoco se ha desarrollado un debate social e intelectual respecto a las ventajas o inconvenientes de la adhesión turca.

Último y quizá más importante, porque la opinión pública española se muestra o bien favorable o bien indiferente a la adhesión turca y, por consiguiente, los réditos electorales que se puedan obtener son bien distintos del caso austríaco, francés u holandés. Cabe preguntarse si se mantendrá o no esta situación. Una pregunta especialmente pertinente puesto que observamos que en los últimos años empieza a haber un mayor interés en España acerca de la cuestión turca. A partir de 2004 se han multiplicado las conferencias académicas sobre esta cuestión, han empezado a salir libros al mercado y las páginas de los principales rotativos han publicado reportajes sobre la situación del país y artículos de opinión con puntos de vista a veces contrapuestos.

Se han hecho oír algunas voces que plantean la necesidad de fijar los límites geográficos del proyecto europeo, que cuestionan la europeidad de Turquía o que se preguntan cómo compatibilizar la difícil ecuación entre ampliación e integración. Incluso puede observarse un ligero descenso del grado de apoyo a la adhesión turca entre la población española. ¿Qué está sucediendo? Simplemente que los medios de comunicación y algunos sectores de la opinión pública española han seguido y se han empapado del debate que se desarrollaba en otros Estados miembro, especialmente en Francia. Así, se han empezado a reproducir, aunque con una intensidad menor, las discusiones e inquietudes del debate que se vive en otras latitudes. A pesar de este incipiente debate, por el momento la clase política no ha hecho de esta cuestión un caballo de batalla.

A pesar de la confrontación que PSOE y PP han evidenciado en otros campos de la política exterior como Marruecos, las relaciones transatlánticas, algunos aspectos de la integración europea o la propia iniciativa de la Alianza de Civilizaciones, no se ha roto el consenso respecto al apoyo a la adhesión turca. España sigue siendo, pues, un firme aliado de la vocación europea de Turquía. En principio todo indica que el apoyo español se mantendrá, supeditado eso sí, a que las principales fuerzas políticas no deseen instrumentalizar políticamente la cuestión turca tal como ha sucedido en otros países y a que Turquía prosiga las reformas políticas y económicas. En estas circunstancias, ambos países deberían aprovechar esta corriente de simpatía mutua para fortalecer y aumentar el nivel de sus relaciones políticas, culturales y económicas.

En vez de aludir a un todavía desestructurado eje mediterráneo, los gobiernos de Madrid y Ankara, en complicidad con otros Estados mediterráneos de la UE, deberían pasar de la palabra a la acción. La Alianza de Civilizaciones es un primer paso en esa dirección pero más y más concretas iniciativas deberían seguirle. Podría, por ejemplo, lanzarse una reflexión conjunta sobre el futuro y el funcionamiento del Proceso de Barcelona; sobre la situación en Líbano, donde ambos países tienen tropas destacadas; o sobre la situación en Palestina. Este esfuerzo de reflexión debería, sin embargo, desbordar el ámbito de la política exterior.

Podría expandirse a la política energética, a la justicia y asuntos de interior y a otros ámbitos de la cooperación europea. Por parte turca, asociarse en esa reflexión a un país de innegable vocación europeísta como España sería una buena ocasión para desmentir que es un caballo de Troya de Estados Unidos en Europa y disipar las dudas sobre el posible impacto de su adhesión para la construcción de una Europa política.