España–Marruecos: ¿es posible una colaboración fructífera?

Hay que construir una zona geopolítica estabilizada, que contribuya a percibir el espacio mediterráneo.

Khalid Naciri, director del Instituto Superior de Administración, Rabat

Plantear la cuestión sobre la posibilidad o no de una sinergia productiva entre España y el Magreb es dar a entender que existen, a día de hoy, verdaderos problemas en la materia. Precisemos de entrada que, a la vez que constatamos los importantes retrasos y los innumerables obstáculos que se presentan para concretar esta colaboración, no creemos en absoluto que se trate de un lema demagógico, una utopía inconsistente o un ejercicio fútil. Esta colaboración es necesaria y posible. Tratemos de delimitar la cuestión, reflexionando sobre aquello que conforma la quintaesencia de la percepción magrebí sobre España: Europa, tan cerca y tan lejos; examinaremos la dualidad más execrable, la que coloca, frente a frente, a España y Marruecos: una conflictividad que hay que superar; e invitaremos a analizar unas perspectivas positivas que deben ser exploradas de forma metódica.

España vista desde el Magreb: Europa tan cerca y tan lejos

La visión que se tiene de España en el Magreb nunca ha sido clara: una historia densa, llena de enfrentamientos y apasionada crea, por definición, una situación compleja. Sin embargo, hay que acabar definitivamente con una concepción más o menos consciente y que sigue vigente en España, según la cual la visión que tiene el magrebí y el árabe en general del vecino ibérico se pone de manifiesto en un deseo más o menos consciente de revancha por la pérdida de una Andalucía mítica…

En cuanto este falso planteamiento quede archivado, podremos centrarnos en los verdaderos problemas que son los de la construcción de una zona geopolítica estabilizada y cooperativa, capaz de contribuir a la pacificación del espacio mediterráneo. España tiene un papel fundamental que desempeñar al respecto. Y, en vísperas del final del mandato del gobierno de José María Aznar, no es inútil preguntarse sobre el impacto del gobierno del Partido Popular (PP) sobre el lugar que ocupa España en este espacio. Tras suceder a Felipe González en 1996, Aznar imprimió en la política exterior española una orientación sustancialmente diferente de la del gobierno socialista, algo totalmente lógico, ya que las opciones conservadoras del equipo de Aznar son coherentes.

Su reelección –más cómoda todavía– en marzo de 2000 sólo podía concederle un margen de maniobra aún más amplio ya que esa fue la voluntad soberana de las urnas. La exitosa transición democrática, iniciada al final del franquismo en 1976, ha alcanzado en el país de Miguel de Cervantes su plena madurez y, desde esta orilla del Estrecho, consideramos que la decisión soberana del pueblo español merece el respeto de todos. No obstante, avalado por el beneplácito del sufragio universal, el PP, fiel al arquetipo de derechas, a la vez que se desembarazó de los nostálgicos del franquismo, se identificó con las orientaciones conservadoras tradicionales: pusilanimidad respecto a los vecinos magrebíes, dramatización excesiva de los problemas relacionados con la inmigración (legal y clandestina), con el acuerdo pesquero, con los “presidios” de Ceuta y Melilla…

En especial, Marruecos ha sido víctima de la nueva política exterior, con una ambigüedad hábilmente fomentada respecto a la cuestión del Sáhara, un agravamiento espectacular de la cuestión del islote Leila (Perejil) y la retirada recíproca de embajadores, por no hablar de las declaraciones, a menudo poco diplomáticas, realizadas sobre el vecino del Sur. En general, hay que decir que el Mare Nostrum desempeña más el papel de separación entre el mundo europeo y el mundo magrebí y árabe. La proximidad geográfica no sirve como catalizador de un verdadero espacio euromagrebí.

El Mediterráneo es una zona de división. En un plano más global es obligado constatar que la posición geopolítica de España ha evolucionado cualitativamente –según nuestro punto de vista– en la dirección equivocada. Si durante 25 años, de 1976 a 2000, la política exterior española descansaba en tres fundamentos estratégicos –la pertenencia a la Unión Europea (UE), las relaciones privilegiadas con Latinoamérica, el Magreb y el mundo árabe, y cierta proximidad de Estados Unidos en el marco de la OTAN–, desde esa fecha se ha orientado, de manera evidente, hacia la visión y la estrategia unilaterales y muy controvertidas de Washington.

El hecho de que Madrid se haya alineado, sin matices, al lado de Londres, en relación con los puntos de vista estadounidenses (que, por otro lado, otorgan a España una “singularidad” europea) no dejan de sorprender a sus socios comunitarios. Parece ya muy lejano el estatuto de país impulsor positivo que España adquirió al iniciar la conferencia de Madrid en 1991, que abrió la vía al proceso de paz en Oriente Próximo… Hoy, cuesta concebir a España ayudando, ya que su nueva imagen de marca es la de aliado incondicional de EE UU. Sin embargo, es en las relaciones bilaterales con Marruecos donde se observan los mayores daños.

Marruecos-España: una conflictividad latente a superar

Es legítimo detenerse a analizar la cuestión bilateral hispano-magrebí más problemática: la relación hispano-marroquí. La relación entre estos dos países que comparten el estrecho de Gibraltar cristaliza por sí sola casi toda la conflictividad hispanomagrebí. En efecto, no se percibe prácticamente ningún conflicto importante entre España y los otros cuatro países magrebíes. En cambio, durante la era Aznar, las relaciones entre Madrid y Rabat parecen haberse instalado de forma duradera en un ambiente detestable, perjudicial para la serenidad indispensable en las relaciones entre dos países limítrofes.

Y es obligado constatar que los contenciosos son muchos y que no existe un elemento objetivo que permita otorgar a Marruecos la principal responsabilidad:

– La pesca: Marruecos no comprende en absoluto la actitud española (ni la del poderoso grupo de presión de los pescadores ni la del gobierno) que le reprocha por negarse a renovar los acuerdos pesqueros cuando está científicamente probado que ya no queda casi nada por pescar o que, al menos, es necesaria una nueva gestión, más racional, de los caladeros.

– La cuestión de la inmigración clandestina: Rabat no comprende que Madrid busque hacerle soportar toda la responsabilidad de un fenómeno global muy difícil de resolver y del que es a su vez víctima (y con unos medios mucho más modestos que Europa), ya que se ha convertido en el destino de la inmigración subsahariana que no es sólo de tránsito. Los esfuerzos marroquíes son sistemáticamente infravalorados al otro lado del Estrecho.

– El Sáhara: a Marruecos le cuesta mucho comprender la posición española, fundamentalmente hostil hacia Marruecos, al apoyar de forma implícita a los separatistas del Frente Polisario y de forma abierta la posición argelina favorable a un referéndum que debería desembocar en la “independencia” de un territorio poblado por 74.000 habitantes justo antes de su descolonización. Marruecos se plantea interrogantes ya que sabe que España, ex potencia colonial, conoce la verdad. Al apostar por la carta de Argel contra Rabat, Madrid da la impresión de que su nueva preocupación regional es un Marruecos dividido y debilitado. Los sentimientos de hostilidad hacia Marruecos, ampliamente expresados por las ONG y la prensa española, son sentidos como ofensas.

– La cuestión de los “presidios”: Marruecos no entiende que la presencia española en “tierra africana”, en la posición continental de Ceuta y Melilla, sea presentada en Madrid como una realidad natural y eterna. Pese al planteamiento amistoso, responsable y constructivo de Marruecos, que ha propuesto una “célula de reflexión” común sobre el futuro de estos enclaves que son vestigios anacrónicos de un colonialismo obsoleto, el rechazo despectivo por parte de España se percibe mal en Marruecos. Y el episodio poco glorioso de isla Perejil en julio de 2002 recordó a los marroquíes que a España le queda mucho por hacer en esta cuestión.

En cuanto a los esfuerzos realizados por España para acreditar la tesis según la cual su reivindicación de Gibraltar no es comparable a la de Ceuta y Melilla, los marroquíes los reciben como un simple ejercicio de retórica poco convincente. Por todos estos motivos, resulta difícil imponer el indispensable clima de buen entendimiento en la región. Dado que este artículo está dedicado a evocar las percepciones del Magreb sobre España al final del gobierno de Aznar, no se puede dejar de mencionar la dimensión sentimental de la percepción marroquí. Sobre todas estas cuestiones, Marruecos percibe un sentimiento de malestar y de maldad injustificada hacia él, incluso de dolorosa injusticia porque a este país, tierra de tolerancia, apertura y amistad, no se le paga con la misma moneda. Con todo, Marruecos sigue expresando un estado de ánimo positivo y explorando las posibilidades de futuro para construir un partenariado a nivel mediterráneo útil para todos sus componentes y vectores de estabilidad y de paz.

Análisis de las perspectivas

País de eminente civilización, claramente abierto a la modernidad, Marruecos cree en la necesaria construcción magrebí (hoy detenida debido a la persistencia del conflicto del Sáhara y a la inestabilidad de Argelia) y en una colaboración magrebíespañola, base de un espacio euromagrebí que desempeñe un importante papel en el entorno geopolítico mediterráneo. En el plano bilateral entre Marruecos y España, debe ponerse el acento de forma metódica en la cuestión política y económica.

A nivel político, un nuevo planteamiento, más positivo, debe ser desarrollado por España, a quien su nueva condición de gran potencia europea debería obligarle a actuar de modo diferente a cómo lo ha hecho en los últimos ocho años. Por ejemplo, Madrid no tiene que intervenir en el conflicto argelino-marroquí relativo al Sáhara, sino más bien mantenerse en una equidistancia positiva y objetiva. Sobre los demás problemas, una actitud menos crispada y más en sintonía con el espíritu conciliador marroquí, sería bien recibida. Paradójicamente, a nivel económico el contexto parece más favorable.

Las estadísticas lo demuestran. Tanto para Marruecos como para Argelia, España se sitúa con unas condiciones favorables. Primer socio económico de España en el mundo árabe, Argelia es su décimo socio mundial y abastece a España en gas natural hasta en un 60%. En cuanto a Marruecos, al acoger a 800 empresas españolas que operan en su territorio, España es su segundo socio extranjero tras Francia. Así, al comprar a España por valor de 1.362 millones de euros, Marruecos es el principal cliente extra comunitario de España. Este país absorbió hasta octubre de 2003 el 57% de las exportaciones españolas hacia el Magreb frente al 23% de Argelia, el 16% de Túnez y el 4% de Libia.

Estos breves apuntes tienen como objetivo señalar que existen los fundamentos de una cooperación económica ambiciosa y que ésta tiene la vocación de establecer una colaboración multidimensional de calidad. En el plano magrebí, el Proceso de Barcelona y el programa MEDA, en los que se habían depositado grandes esperanzas, finalmente no han ofrecido todas sus potencialidades. Es necesaria una fuerte voluntad política, tanto a nivel español como magrebí, para reimpulsar este proceso y superar una colaboración que ha tomado una velocidad de crucero carente de vitalidad.

No obstante, hay que precisar que los buenos resultados del MEDA en Marruecos (al contrario que en los demás países magrebíes) durante 2002 y 2003 demuestran que esta colaboración tiene credibilidad. El futuro sólo será lo que nosotros, españoles y magrebíes, hagamos de él. Todos debemos comprender que este futuro es común y que ninguno podrá privarse del otro. Tenemos el deber de aceptarnos con nuestras mutuas diferencias y convencernos de que no existe una política perenne que se alimente de los conflictos estériles o de atacar los intereses vitales evidentes de unos y de otros. Debemos hablar serena y seriamente de todos los problemas que envenenan nuestras percepciones recíprocas. Porque nuestra única opción es vivir juntos. Y construir juntos nuestro espacio común.