El régimen de Al Sisi se consolida

Aunque la estabilidad a corto plazo parece garantizada, la falta de libertades y los desafíos económicos pueden poner en peligro la supervivencia del régimen actual.

Ricard González, periodista

Unos 20 meses después del golpe de Estado en Egipto, el régimen liderado por el rais Abdelfatah al Sisi se ha consolidado. A falta de la constitución del nuevo Parlamento, aun no ha concluido el proceso de transición delineado en la hoja de ruta del verano de 2013, al menos formalmente. Sin embargo, el nuevo orden político parece plenamente asentado. Y no solo por la manifiesta incapacidad de sus oponentes de provocar su caída, sino porque sus orientaciones políticas iniciales se han ido reafirmando. Entre ellas, la supresión de cualquier voz disidente y la conversión de la lucha antiterrorista en la principal lógica legitimadora del nuevo orden.

El ascenso al poder de Al Sisi tras las elecciones presidenciales de mayo del año pasado no ha resultado en ningún viraje notable en las políticas gubernamentales, lo que confirma la idea de que el régimen actual nació realmente el 3 de julio de 2013, con el golpe de Estado que depuso al islamista Mohamed Morsi, primer presidente de Egipto elegido en las urnas. Los diversos servicios de seguridad e inteligencia, con el ejército al frente, continúan dominando la escena política del país árabe. Sus representantes copan los puestos de mayor responsabilidad y suya es la filosofía que guía la acción de gobierno. El poder ejecutivo está empeñado en imponer un aparente consenso social a través de la fuerza, no de la negociación y el acuerdo entre los diversos actores políticos del país. En este sentido, su actuación es muy parecida a la que caracterizó el régimen del exdictador Hosni Mubarak. Las diferencias entre ambos son más bien de tipo cosmético.

Mientras el primero utilizó de forma ininterrumpida la ley de emergencia para mantener a raya a la oposición, el actual ha recurrido a una arquitectura legal diferente, pero que consigue el mismo efecto: la persecución física y legal de cualquier elemento molesto. En el centro de las nuevas herramientas jurídicas, la llamada ley de manifestaciones que prevé severas penas para quienes organicen protestas sin contar con la aprobación del ministerio del Interior. Pero no es la única. También son importantes la militarización de la universidad, la ampliación de la jurisdicción de los juicios militares, la extensión del periodo máximo de prisión preventiva, etcétera. Ahora bien, la revolución de 2011 no fue completamente en vano.

Una parte de la sociedad se politizó, perdió el miedo a rebelarse frente a la autoridad y se elevaron sus aspiraciones. Por eso el régimen debe aplicar las mismas técnicas de antaño pero a gran escala. Los informes de las organizaciones de derechos humanos, tanto egipcias como internacionales, no ofrecen dudas respecto a la dimensión de la represión: las torturas a manos de las fuerzas de seguridad son sistemáticas. Desde el golpe murieron unas 150 personas bajo custodia policial y existen brutales prisiones secretas, situadas en auténticos agujeros negros legales, donde incluso hay recluidos menores de edad. Los Hermanos Musulmanes continúan siendo el enemigo público número uno para el actual régimen, y no se observa ningún indicio de distensión en su conflicto, sino más bien lo contrario.

Durante los últimos meses, ambos bandos han endurecido la retórica. Mientras la cofradía islamista mantiene sus manifestaciones periódicas de reducido seguimiento en áreas periféricas, sus seguidores, sobre todo los más jóvenes, expresan un mayor apoyo al uso de la violencia en las redes sociales. Los procesos legales contra sus líderes avanzan a paso firme, y los medios de comunicación progubernamentales han intensificado, si cabe, su campaña de demonización del movimiento islamista. Este escenario de estabilización política también incluye las actividades armadas de las milicias islamistas radicales.

Los medios se hacen eco del goteo de atentados de simple ejecución contra las fuerzas de seguridad, salpicados de vez en cuando por alguna acción espectacular y altamente mortífera en la península del Sinaí. A pesar de haber causado ya la muerte de centenares de soldados y policías, la actividad terrorista no parece representar una amenaza existencial para el sistema. De momento, la insurgencia yihadista no ha sido capaz de controlar de forma estable una franja sustancial de territorio, ni tampoco ha podido asesinar a ninguna figura de peso del gobierno. Así pues, se trata más bien de una dolencia crónica para el Estado que de un peligro mortal. Ahora bien, ello no evita que el terrorismo ocupe el centro del debate público y se utilice para justificar cualquier restricción a las libertades individuales.

Una novedad importante en la cuestión de la lucha antiterrorista es el hecho de que el principal grupo yihadista, Ansar Bait al Maqdis, haya jurado lealtad al autodenominado Estado Islámico (EI), la milicia que controla una franja de territorio en Siria e Irak. Este hecho ofrece al ejecutivo de Al Sisi una oportunidad de oro para integrar la narrativa de su lucha contra el terrorismo islamista en la cruzada internacional contra el EI. Todo parece ayudar a esta finalidad: los atentados de París y Copenhague, el brutal asesinato del piloto jordano capturado y, finalmente, la decapitación de 21 cristianos coptos a manos de la filial libia del grupo Estado Islámico. Un primer éxito de la diplomacia egipcia es el retorno de Libia a un lugar privilegiado de la agenda de la comunidad internacional. En respuesta al asesinato de sus 21 ciudadanos, Egipto condujo bombardeos aéreos contra posiciones yihadistas en Libia.

Y lo hizo sin avisar a Estados Unidos, su aliado tradicional, una prueba más de que varios socios árabes de Washington, con Arabia Saudí a la cabeza, están dispuestos a velar ellos mismos por su seguridad nacional. Sin embargo, los países occidentales no aprueban el enfoque regional egipcio. Los Hermanos Musulmanes no han entrado en la lista de grupos terroristas de EE UU o la Unión Europea (UE), que, además, continúan apostando por una solución política al avispero libio. No obstante, si los gobiernos de Tobruk y Trípoli no llegan a un acuerdo para compartir el poder, la salida militar se podría acabar imponiendo. Egipto ya ha solicitado que la coalición militar contra el EI que opera en Irak y Siria, de la que es miembro aunque no haya aportado efectivos militares, amplíe su ámbito de actuación a Libia.

Egipto mira a Rusia

Las turbulencias en las relaciones entre Egipto y los países occidentales se han suavizado durante los últimos meses, pero no han desaparecido. El Cairo ha recibido la visita del secretario de Estado, John Kerry, además de varios dignatarios europeos. Y Washington ha enviado por fin los helicópteros Apache que había decidido retener después del golpe de Estado. No obstante, algunos gobiernos occidentales han continuado emitiendo notas de condena, más o menos contundentes, respecto a los abusos de los derechos humanos más notorios que se producen en Egipto, lo cual suscita la indignación de sus autoridades.

Con el fin de lanzar una advertencia a Occidente y de poner en práctica una política exterior más independiente, el raís Al Sisi se ha acercado a Rusia y China. En febrero, el presidente ruso, Vladimir Putin, fue recibido en El Cairo con todos los honores en una visita oficial de dos días que sirvió para reforzar los lazos entre ambos países. Estos movimientos son un reflejo de un nuevo orden mundial, más multipolar, y en el que EE UU ha perdido peso relativo. Pero, de momento, no parece que estos países puedan ofrecer realmente una alternativa a la relación estratégica con EE UU desde el punto de vista militar.

Después de más de medio año de filtraciones sobre un acuerdo de importación de armamento ruso por valor de 3.000 millones de euros, este aun no se ha concretado. Además, el alineamiento de Rusia con el rais sirio Bachar al Assad representa un límite a la cooperación regional entre ambos países, ya que El Cairo no se puede permitir alienar a Arabia Saudí, su principal apoyo económico y firme detractor del gobierno sirio. La contracción de la economía rusa supone el otro obstáculo a una más profunda alianza, lo que no impide la firma de acuerdos en el sector energético, como el que permitirá la construcción de la primera central nuclear en Egipto con tecnología rusa.

Desafíos económicos

Desde el punto de vista económico, Occidente y, sobre todo, sus multinacionales, son de gran importancia. Con ellas cuenta el gobierno egipcio para la conferencia internacional de inversores de Sharm el Sheij de mediados de marzo. La cita debe servir para atraer inversiones multimillonarias en los próximos años que sirvan de estímulo a la estancada economía egipcia. Junto a la represión, el régimen apuesta su supervivencia a un desarrollo económico que aporte mejoras del nivel de vida de la mayoría de la población. Es una nueva versión del viejo pacto social autocrático que exige obediencia a cambio de prosperidad.

Más pan y menos libertad. Algunas experiencias, como la china, muestran que esta estrategia puede funcionar, pero ninguna de las dictaduras árabes que no nada en petróleo la ha sabido aplicar. En Egipto, el desafío es enorme, pues durante los últimos años ha repuntado la natalidad. Por tanto, la economía debe crear cada año cerca de un millón de empleos para integrar a los jóvenes que se incorporan al mercado laboral. Durante sus últimos cinco años, el régimen de Hosni Mubarak registró un crecimiento medio del PIB del 6 %, pero sin apenas ninguna herramienta institucional para la redistribución de la riqueza y los grandes empresarios acapararon sus beneficios. ¿Sucederá lo mismo con el nuevo orden político?

El gobierno no ha ofrecido aun una visión clara de su programa económico. Se sabe que otorga un papel central al Estado como motor del desarrollo con la construcción de grandes proyectos de infraestructuras, como el nuevo Canal de Suez. Pero, a la vez, reconoce que el crecimiento no será posible sin el esfuerzo inversor del sector privado. De ahí que una parte fundamental de dicho proyecto sea la creación una gran zona franca industrial en la zona del Canal. Una de las grandes incógnitas que aun permanecen sobre el nuevo régimen es qué lugar reserva para los magnates de la era Mubarak. Las próximas elecciones legislativas, que se han pospuesto tras haber sido declarada ilegal la ley electoral, constituirán un buen indicador. Ahmed Ezz, el empresario del acero que presidió el Partido Nacional Democrático (PND) de Mubarak, ha visto cómo la Junta Electoral descalificaba su candidatura.

El gesto se puede interpretar como una manifestación por parte de Al Sisi que su compañía y la de los otros fulul (“remanentes de la era Mubarak”) resulta tóxica. El diario oficialista Al Ahram citaba fuentes próximas al raís que señalaban su “preocupación” ante el notable peso que podrían tener los hombres de negocios en el futuro Parlamento. De hecho, tras muchos estira y afloja, se ha creado una coalición electoral llamada “Por el amor a Egipto”, que contaría con el apoyo del gobierno y que no incluye ninguna figura relevante de la era Mubarak. Estas se han integrado en la lista Frente Egipcio, liderada por Ahmed Shafiq, el que fuera candidato del antiguo régimen contra Morsi a las presidenciales del 2012.

Ahora bien, es posible que el régimen actual acabe llegando a acuerdos con los fulul, pues la inversión productiva de sus fortunas resulta clave para estimular la economía. Sea como fuere, con los movimientos islamistas moderados y los partidos laicos más cercanos a los movimientos revolucionarios boicoteando las elecciones, no cabe esperar que en el nuevo Parlamento se forme un bloque potente de oposición al ejecutivo. Probablemente, el legislativo mantendrá una actitud dócil frente al ejecutivo. Del resultado de la competición de las diversas coaliciones en liza dependerá más bien la distribución de poder político y económico en las entrañas del régimen. En resumen, las perspectivas de Egipto a corto plazo son de estabilidad.

Ahora bien, a largo plazo, la supervivencia del régimen actual no está garantizada. Uno de los asesores de Al Sisi, el conocido politólogo Amr Shubaky, advertía recientemente en un artículo que el gobierno erraba al no acomodar las demandas de mayor libertad por parte de las nuevas generaciones de jóvenes. Ese fue el gran desafío que no supo afrontar Mubarak y, más pronto o más tarde, también lo será de Al Sisi.