El Mediterráneo ante el reto alimentario ‘glocalizado’

Haría falta doblar la producción agrícola mundial para poder alimentar a un planeta con 9.000 millones de habitantes en 2050.

Sébastien Abis

Como muchas regiones del mundo, el Mediterráneo toma conciencia progresivamente de que su futuro pasa también por el desarrollo de su agricultura y de sus zonas rurales. Este artículo, que resalta los riesgos que se perfilan en materia de inseguridad alimentaria internacional, repasa las debilidades de una zona mediterránea en la que todos los indicadores agrícolas están en rojo.

Crac alimentario mundial

Muchos son los factores que contribuyen a hacer de 2008 un año situado bajo el sello de la inseguridad alimentaria: accidentes climáticos, desarrollo de los biocombustibles, mayor especulación bursátil, creciente variabilidad del precio del petróleo, reducción de las existencias agrícolas y evolución de las prácticas alimentarias. Todavía no hemos dejado atrás esta crisis, que tiene múltiples ramificaciones. Muy al contrario, la agricultura volverá a ser una vez más objeto de preocupación. En efecto, varios cambios estructurales van a trastornar persistentemente el conjunto del equilibrio agrícola mundial. Producir más, pero mejor, para alimentar más; ésta es, esquemáticamente, la ecuación que hay que resolver en los años venideros, sabiendo que la aceleración del cambio climático, la recomposición del mapa mundial de la producción agrícola, la fuerte financiarización del sector agrícola, el hambre de tierra y la sed de agua van a consolidar el carácter geopolítico de la agricultura del siglo XXI.

La dinámica sociodemográfica basta para ilustrar la magnitud del reto que nos espera. En 2010, el planeta contará con alrededor de 7.000 millones de personas, el doble que en 1960. Ciertamente, la producción alimentaria ha aumentado para adaptarse a este acelerón demográfico, pero el precio de estos esfuerzos se paga actualmente con una huella medioambiental catastrófica y con desigualdades sociales intolerables. Ahora bien, el mundo prosigue su marcha, con muchas más bocas que alimentar que, por otra parte, modifican progresivamente sus prácticas de consumo. Las clases medias emergentes de gigantes demográficos como China, India o Brasil pasan de un régimen vegetariano a un régimen carnívoro. La explosión de la demanda es pues tanto cuantitativa como cualitativa. Al ritmo actual, haría falta duplicar la producción agrícola mundial para confiar en poder alimentar a un planeta de 9.000 millones de habitantes en 2050. Esta perspectiva es insostenible ecológicamente.

Y todo lleva a creer que los años venideros se caracterizarán por una importante sismicidad alimentaria, puesto que sabemos que los problemas medioambientales se van a acentuar. Si la oferta no se mantiene a pesar de una demanda sostenida, los mercados agrícolas serán cada vez más volátiles. Los precios experimentarán una tendencia al alza y el hambre, la primera consecuencia de la pobreza en cualquier país, se irá agravando. También ésa es una consecuencia directa de la crisis alimentaria de 2008: el aumento del número de personas desnutridas. Alrededor de 1.000 millones de personas sufren hambre en el mundo, y paradójicamente, tres cuartas partes de ellos son campesinos. Y, sin embargo, como ha señalado la FAO, seguramente bastaría con 30.000 millones de dólares anuales hasta 2020 para erradicar la plaga. Esta cifra tiene que llamar la atención, en un contexto en el que el rescate de las instituciones financieras para intentar resolver la crisis económica se hace a golpe de centenares de miles de millones.

Otra variable geoestratégica son las tierras cultivables. Cada vez hay menos y cada vez son más deseadas, hasta el punto de que algunos países, como China, invierten en terrenos de países extranjeros para garantizar sus suministros (en este momento, tiene más de dos millones de hectáreas adquiridas en el mundo y cerca de un millón de campesinos chinos instalados en tierras africanas). Esta deslocalización agrícola proyecta nuevos factores de presión sobre los recursos naturales del planeta y su dinámica confirma que la inseguridad alimentaria será, con diferencia, uno de los problemas más virulentos de los próximos años.

El Mediterráneo frente a la crisis alimentaria

El Mediterráneo, reflejo ya de una globalización no regulada, es un excelente barómetro de esta vulnerabilidad alimentaria. La región concentra el conjunto de los problemas que sitúan de nuevo la agricultura en lo más alto de la agenda política. El encarecimiento de las materias primas agrícolas, ya vulnerable en el aspecto agro-comercial, ha sobrecargado en general el importe de la factura alimentaria de muchos países. El caso de Argelia es especialmente emblemático. El total de sus suministros se situaba en torno a 3.600 millones de dólares en 2004 y 2005. En 2006, aumentó a 3.800 millones, antes de alcanzar cerca de 5.000 millones en 2007 y rondar los 6.000 millones en 2008. El país, que depende especialmente del trigo puesto que sólo produce un 30% aproximadamente del que consume, es uno de los que más peligro corre cuando se descontrola el mercado agrícola mundial. Este déficit de la balanza agro-comercial argelina se observa desde los años setenta y, por tanto, ha adquirido un carácter crónico.

Por esta razón, las autoridades nacionales han propuesto varios planes de reactivación agrícola desde principios del siglo XXI, con el fin de desarrollar la agricultura y el mundo rural, intentando disminuir la dependencia cada vez mayor de los suministros del mercado mundial. Ahora bien, este esfuerzo se ha traducido entre otras cosas en necesidades materiales crecientes en lo relativo a equipamiento agrícola (inversiones, máquinas, herramientas modernas de producción) que han disparado las compras de Argelia en este ámbito: en 2007, además de 5.000 millones de importaciones agroalimentarias, el país gastó cerca de 10.000 millones de dólares en equipamiento agrícola. Aunque actualmente el maná extraído de los ingresos de los hidrocarburos le permite regular su factura alimentaria, a más largo plazo, cuando los recursos fósiles se agoten y las realidades demográficas se mantengan, el equilibrio podría verse comprometido. Uno de los efectos directos del aumento del precio de las materias agrícolas habría sido provocar manifestaciones callejeras en varios países del planeta, algunos de ellos del Mediterráneo.

En la orilla norte la cólera se ha contenido, pero es difícil no percatarse de hasta qué punto los consumidores han sido a veces partícipes del descontento, como los italianos frente a la inflación del precio de la pasta. En la orilla sur, la ira se ha expresado de forma más ruidosa: en Marruecos, varias zonas periféricas, privadas de un abastecimiento regular y enfrentadas al aumento del precio de los productos básicos, han sido escenario de revueltas a veces violentas. También en Egipto, donde el encarecimiento de la harina ha causado verdaderas revueltas del pan ante las panaderías subvencionadas de El Cairo, o en zonas socioeconómicamente vulnerables como en la ciudad industrial de Mahalla El Kubra (Delta del Nilo). Egipto, donde cerca de 40 millones de personas, es decir, la mitad de la población, viven con menos de dos dólares al día, representa el arquetipo de un país víctima de las revueltas de origen alimentario.

Éstas no deben llamarse de otra forma, ya que son en gran medida la escasez y el hambre las que empujan, a pesar de la represión, a los individuos a salir a la calle, y a expresar una cólera que se alimenta con frustraciones sociales y económicas. La configuración de los sistemas políticos de estos países deja poco margen a las manifestaciones públicas, que se producen sin embargo más fácilmente cuando los estómagos están vacíos o cuando la sed es constante (las tensiones sociales conocidas como la “revuelta de los sedientos” también sacudieron Egipto en el verano de 2007). Finalmente, en el plano económico, el alza de los precios de los bienes alimentarios desempeña un papel dominante en la subida actual de la inflación. Y recordemos que aunque los cuatro –Marruecos, Argelia, Túnez y Egipto– representan un 2% de la población mundial, suponen de media, en estos últimos años, entre el 16% y el 19% de las importaciones mundiales de trigo.

Estas turbulencias nos hacen preguntarnos sobre la pertinencia de los modelos agrícolas promovidos en los países en desarrollo desde finales del siglo XX. Bajo el signo liberal de los planes de ajuste estructural, varios países mediterráneos han abierto su economía a los intercambios y han liberalizado progresivamente su sector agrícola, aunque todavía está sometido a mucho proteccionismo. Simultáneamente, puesto que el mercado mundial ofrecía la posibilidad (supuestamente permanente) de precios muy bajos para los productos básicos, con respecto a estos países se recomendaba apostar por nichos de cultivo y, en consecuencia, por una especialización agrícola. Efectivamente, muchos consideraban posible garantizar la seguridad alimentaria de la población urbana apostando por importaciones baratas. Sin embargo, el crecimiento demográfico, la urbanización y el aumento del nivel de vida inducían cambios profundos en los hábitos de consumo, hipotecando la consecución del objetivo de seguridad alimentaria.

Al final, la agricultura, percibida como retrógrada y no portadora de futuro, quedó al margen de la actuación de los poderes públicos, nacionales e internacionales, y los inversores la abandonaron durante las dos últimas décadas del siglo XX. En este contexto, aunque los discursos anunciando planes y estrategias ambiciosas no han cesado, estas políticas rara vez se han llevado a la práctica con éxito. Como consecuencia, se ha reforzado la dualidad de la agricultura mediterránea, oponiendo cada vez más una minoría de grandes estructuras capitalistas equipadas para la liberalización de los intercambios, por una parte, con una mayoría de microexplotaciones familiares que producen en primer lugar para el consumo del medio rural inmediato y ocasionalmente para las zonas urbanas. Esta ruptura, que genera el empobrecimiento o incluso la desaparición del campesinado, se ha profundizado con la globalización y la concentración del mercado de consumidores solventes en las ciudades litorales que ahora se abastecen directamente en el mundo.

Esta espiral rutilante, nada ejemplar, ha salido espectacularmente a la luz con la crisis alimentaria de los últimos meses, en la que el aumento de los precios agrícolas no ha beneficiado en absoluto a los pequeños agricultores de los países en desarrollo, muy relegados de los circuitos comerciales. Así pues, en el fondo, la actualidad reciente también ha reactivado un encarnizado debate respecto a la pertinencia del modelo agrícola implantado en algunas regiones como el sur del Mediterráneo, que cuestiona alternativamente el lugar de los campesinos en la política pública y el papel de la agricultura en las estrategias de desarrollo de estos Estados.

¿Cómo responder al reto alimentario glocalizado?

Cada cierto tiempo, se avanzan muchas pistas para intentar aliviar las tensiones agrícolas y alimentarias que salpican la cuenca mediterránea. Así, el Centro Internacional de Altos Estudios Agronómicos Mediterráneos (CIHEAM), en su informe Mediterra, se esfuerza todos los años por alertar a la comunidad de responsables euromediterráneos respecto a los desafíos cada vez mayores que plantea la agricultura en esta zona en la que hay que recordar que uno de cada tres habitantes todavía vive en el medio rural (150 millones de mediterráneos), y un trabajador activo de cada cinco trabaja para el sector agroalimentario en sentido amplio (50 millones de trabajadores). El año pasado, en plena crisis alimentaria, el informe Mediterra 2008 recordaba el carácter estratégico y multidimensional de la agricultura. Desde entonces, se mandan cuatro mensajes estratégicos para alimentar el debate y estimular las medidas de cooperación.

Por otra parte, estos mensajes constituyen la dialéctica movilizadora presentada en Mediterra 2009, publicado por el CIHEAM, en asociación con el Plan Bleu. En primer lugar, una revisión indispensable: conviene reconsiderar las políticas de desarrollo agrícola y rural de los países mediterráneos, introduciendo con mayor fuerza los criterios de durabilidad y de responsabilidad colectiva. En un contexto de cambio climático, la escasez des recursos hídricos y de terrenos y los problemas de desertización van a estructurar el futuro agrícola de la región. Segundo mensaje: la interacción, ya permanente, es esencial entre los mundos agrícolas y los espacios rurales. En el Mediterráneo, no podría haber desarrollo rural sin agricultura dinámica, al igual que no podría haber desarrollo agrícola sin vitalidad del medio rural. Tercer mensaje, que constituye un auténtico reto estructural: la reconquista de una mayor soberanía alimentaria.

Frente a las fluctuaciones del mercado internacional agrícola que van a acentuarse, los países mediterráneos deben garantizar una producción nacional mínima de productos básicos, asegurando su abastecimiento externo por medio de la creación de alianzas estratégicas con socios comerciales privilegiados. El cuarto mensaje pretende dar sentido no sólo a la proximidad geográfica sino también a las ecuaciones alimentarias que hay que resolver en un mundo multipolar. La seguridad alimentaria debe ser una prioridad política de la cooperación euromediterránea. Eso es válido para los aspectos cuantitativos: a escala euromediterránea, existe una complementariedad regional para poder constituir reservas regionales, pero también para influir eficazmente en el escenario agrícola mundial. Esta apuesta geopolítica se basa también en retos cualitativos, teniendo en cuenta hasta qué punto es compartida la problemática en cuanto a la salud de los animales y los alimentos.

La instauración de un escudo sanitario euromediterráneo, a través de la implantación de normas comunes, podría ser esencial para preservar el futuro y la salud de las poblaciones. Por último, aunque el Mediterráneo se presenta y con mucha razón como uno de los principales fallos del nuevo reparto alimentario mundial, donde se combina problemática global con dificultades locales, conviene insistir en el papel determinante que podría desempeñar una mayor asociación agrícola entre Europa y los países mediterráneos. Esta idea debe concebirse con una óptica destinada a amortiguar los muchos desequilibrios alimentarios que la región tendrá que afrontar. Unos desafíos demasiado cruciales como para que las políticas nacionales los ignoren; choques demasiado globales como para que un país ribereño responda solo. Una región demasiado trufada de interdependencias como para que predomine el unilateralismo.

Y, sin embargo, a la convergencia euromediterránea le cuesta concretarse, falta quizá de una jerarquización de sus prioridades de cooperación. Ahora bien, la posibilidad de llenar a diario todos los platos es un reto indudablemente concreto para la región. En un momento en el que el Mediterráneo ya no es el corazón económico del mundo, se comprueba paradójicamente que el mundo entero se agita en el Mediterráneo. En el plano agrícola, es especialmente cierto: dos tercios de las compras agroalimentarias de esta región se efectúan en países que no pertenecen al entorno euromediterráneo.

Brasil, que será la gran potencia alimentaria del siglo XXI, gana terreno en los ámbitos comercial, técnico y científico. Ante las turbulencias socioeconómicas y políticas que pueden nacer de la inseguridad alimentaria en los países mediterráneos, es impensable imaginar que Europa pueda dejar de invertir en este campo estratégico de cooperación.