El Mediterráneo: algunas consideraciones sobre la identidad y la territorialidad del pensamiento

Abraham La Calle

artista plástico

En la creación artística existen innumerables lugares comunes acerca de la sensibilidad mediterránea, que supuestamente debe mantener unas características fijas y bien definidas en las que todos podamos reconocernos. Sin embargo, la producción artística no puede ni debe clasificarse según estas pautas, que no son sino un peso histórico que, tal vez, los artistas deban sacudirse para poder desarrollar un trabajo más libre y una mayor creatividad. Y es que la identidad mediterránea está en constante movimiento, pertenece a un subconsciente colectivo lleno de imágenes que constituyen sólo una parte de la trama que sustenta la producción artística.

En este artículo me propongo hacer algunas consideraciones acerca del papel que puede jugar el concepto de lo mediterráneo en la producción artística. Mi intención es cuestionar las etiquetas geográficas que generan diferencias parciales y maniqueas. O lo que sería lo mismo, aquellas que reconocen la diferencia como un refugio. En efecto, el mundo en que vivimos es tremendamente complejo; está formado por infinitas aportaciones y, aunque sea cierto que la tradición, la historia, el paisaje y las vivencias sociales forman parte de estas aportaciones, no son las únicas y no sirven para definir o clasificar la producción artística. Son sólo una parte de un todo mucho más amplio y no podemos brindarnos a soportar un peso cultural que se me antoja castrador. Nuestro inconsciente colectivo se ha convertido en una complejísima estructura llena de aportaciones que genera respuestas individuales de pensamiento. Se trata, pues, de una red de relaciones que se extiende por todo aquello que alcanza nuestra imaginación.

A lo largo de mi trayectoria artística, he utilizado el western como tema en una serie de cuadros, lo cual, en principio, no tiene mucho que ver con la temática mediterránea. Sin embargo, desde pequeño he sido testigo en Almería de la producción de películas de este género y, de alguna manera, tomarlo como motivo de un relato subvierte lo que se podría esperar de un espíritu cultivado en el Mediterráneo. Quizás se trate de huir de los lugares comunes para ofrecer una visión diferente de la realidad inmediata que vivimos. De hecho, la propia cultura mediterránea, como podríamos definirla en la actualidad, es un compendio interminable de aportaciones que, a lo largo de su historia, han derivado por caminos insospechados.

Así, me resulta difícil  pensar en una agrupación de pintores, escultores o videoartistas que, bajo la identidad de la sensibilidad mediterránea, pudieran aportar algo al panorama artístico, ya que ese algo sería previsible y, por tanto, detenido en un tiempo que no es el nuestro. Sería casi como hacer una exposición de artistas andaluces o murcianos. Este tipo de etiquetas no pueden contar nada, sólo sirven para que la política cumpla con el cupo de artes plásticas que se supone que debe cubrir, no sé por qué extraña razón.

Creo que sólo a través del humor se pueden observar valores como el genius loci, la canícula del estío, los dorados crepúsculos del invierno, la cúpula recortada en el silencio de la claridad misteriosa, los cipreses, los olivos, las palmeras, etc. Resulta casi ridícula la interminable colección de lugares comunes mediterráneos. Más allá de éstos, tanto la erótica de los trovadores como la maniera gentile de los prerrafaelistas, el fitoformo y sensual naturalismo del Modernismo mediterráneo, la androginia de la Dama de Elche o el sinuoso alveolo de al-Ándalus son muestras de la sensibilidad mediterránea, que durante mucho tiempo ha sido el centro del mundo cultural por diferentes razones, muchas veces geopolíticas. Sin embargo, considero que esta nostalgia romántica puede convertirse en una carga difícil de soportar para los creadores de nuestro entorno. Se trata de un peso histórico está presente en la producción artística, pero resulta necesario gestionarlo con mucha destreza. Quizás haya que sacudírselo de encima para poder desarrollar un trabajo más libre.

Y es que la identidad mediterránea está en movimiento constante: las múltiples participaciones la extienden y la dotan de una amplitud que tiende a la disolución. Entendemos el Mediterráneo como el ideal epicúreo y humanista. Si lo planteamos así es porque lo comparamos con otras formas de ver el mundo. Quizás podríamos decir que los nórdicos saben producir y los mediterráneos saben consumir. Éste puede ser el lugar común en el que, en general, nos reconocemos, pero si se observa detenidamente, costaría trabajo ponerse bajo ese paraguas.

Antoni Gaudí dijo que la virtud está en el punto medio, y la palabra «mediterráneo» significa «en medio de la tierra». En sus riberas de luz mediana y a 45 grados, que es la que mejor define los cuerpos y muestra las formas, han florecido las grandes culturas artísticas, gracias a este equilibrio de luz: ni demasiada, ni demasiado poca, porque ambas ciegan y los ciegos no ven. Así, en el Mediterráneo se impone la visión concreta de las cosas, en la cual debe descansar el arte auténtico. Nuestra fuerza plástica es el equilibrio entre el sentimiento y la lógica: las razas del norte se cargan la cabeza, ahogan el sentimiento y, debido a la falta de claridad, producen fantasmas; mientras que las del sur, por un exceso de luz, descuidan la racionalidad y fabrican monstruos. Tanto con la claridad insuficiente como con la cegadora, la gente no ve bien y su espíritu se torna abstracto.

Los habitantes de los países que bañan el Mediterráneo sentimos la belleza con más intensidad que aquellos que habitan en los países nórdicos, y ellos mismos lo reconocen así. Los del norte aprecian más la riqueza, que se logra con el esfuerzo del pensamiento. Guardan bien sus grandes museos porque son ricos, y les cuestan mucho dinero, porque las obras que contienen se han pagado con cantidades fabulosas que jamás cobraron sus autores, los cuales, en general, llevan una vida mísera. Estas palabras, importantes dentro de lo que podríamos definir como el sentir mediterráneo, me recuerdan más a ciertos escritos de Sabino Arana definiendo el País Vasco en términos genético-culturales que a lo que podría ser el relato de un tipo de opción estética de representación.

El Mediterráneo ha amparado a lo largo de la historia una infinidad de culturas y hechos históricos de los que podemos estar orgullosos y, cómo no, otros de los que es mejor no hablar. Tenemos que ser críticos con nuestro propio pasado y cuestionar el presente. Si pensamos en la historia del arte y la literatura del entorno mediterráneo, los acontecimientos nos resultan fascinantes y de muy diferente carácter, pero no lo son menos los ocurridos en otros entornos geográficos: Oriente Medio, el lejano Oriente, América o Europa del Norte. Gracias a esta historia compartida, actualmente tenemos la oportunidad de aprender muchas cosas acerca de la manera que tienen de afrontar la realidad artistas de todas las disciplinas (cine, literatura, pintura, etc.). Hay infinidad de posibilidades sobre lo que creo que puede ser la disolución de la territorialidad del pensamiento. Me interesa más saber cómo estructura su trabajo un poeta, cómo entiende que hay que afrontar el replanteamiento del lenguaje, o cómo trata sus preocupaciones privadas en conjugación con las públicas. En fin, existen infinidad de temas que tienen que ver con la producción artística y no con una sensibilidad común, o lo que sería lo mismo, con un lugar de protección donde las pautas de comportamiento están prácticamente preestablecidas, un lugar donde reconocerse o un territorio detenido en el tiempo.

A modo de conclusión, podríamos afirmar que las ideas territoriales para acotar la cultura responden al principio de incertidumbre: cuando observamos algo que está en movimiento con el fin de definirlo, ese algo ya se encuentra en otro estadio, en otro lugar, y es diferente. No me cabe la menor duda de que en nuestro trabajo hay un sustrato que pertenece a un subconsciente colectivo, compuesto por imágenes de una memoria común que, para mí, no son el motivo o el fin de mi trabajo. Son sólo una parte de la trama que sustenta la producción artística.