El futuro del patrimonio sirio

La restauración, e incluso reconstrucción, del patrimonio destruido, exige prudencia, control y una evaluación detallada para evitar un uso más comercial que científico.

Annie Sartre-Fauriat

En ocho años de guerra, todos los bienes del patrimonio cultural en Siria se han visto afectados, tanto por los bombardeos como por las destrucciones voluntarias o los saqueos masivos. El caso de Palmira, que ha conmocionado a la opinión pública internacional, no es más que el ejemplo más visible de una destrucción indiscriminada y sin escrúpulos de los vestigios que reflejan, de manera espectacular, la historia de un país que cuenta con más de mil lugares históricos. Entre 1980 y 2011, algunos de ellos fueron declarados Patrimonio de la Humanidad; ahora están todos en la lista de lugares en peligro. El balance, región por región, es aterrador, y los actuales bombardeos ruso-sirios en el Norte de Siria siguen destruyendo salvajemente lugares que se han mantenido casi intactos desde los siglos V y VI de nuestra era. Sin embargo, debido a la falta de informes precisos sobre varias zonas de combate y a la ley del silencio sobre las acciones de los aliados del régimen sirio, todavía no podemos medir totalmente la magnitud de la catástrofe.

Desde el inicio de la guerra en 2011, los que conocían Siria no tenían ninguna duda sobre la manera brutal y radical en la que respondería el régimen de Al Asad frente a las manifestaciones de hostilidad hacia él, pero no imaginaban ni de lejos el desastre al que asistimos ocho años después, un desastre humano insostenible y un desastre patrimonial incomprensible. ¿Cómo un conflicto tan localizado ha podido provocar tantos daños, algunos definitivos, hasta tal punto que los han comparado con los de la Segunda Guerra mundial?

Hay que reconocer que la protección del patrimonio en Siria no era una prioridad de la dictadura, que consideraba que los vestigios del pasado eran ante todo un medio para que entrase dinero en las arcas del Estado y en las de los inversores respaldados por el régimen. Algunos grandes lugares espectaculares (Palmira, Alepo, Mari) formaban parte del programa de los operadores turísticos y eran objeto de una propaganda y una publicidad bien organizada. El resto quedaba en gran parte olvidado y se valoraba poco, a pesar del trabajo de las misiones arqueológicas que ayudaban a aumentar los conocimientos sobre la historia del país. Por desgracia, entre las misiones, numerosos lugares quedaban abandonados y a merced de los saqueos. Las casas de subastas, las colecciones particulares e incluso los museos del mundo entero están repletos de obras traídas de Siria mediante redes en gran medida ilegales. Con el paso del tiempo, numerosos vestigios del pasado han desaparecido por la falta de protección, la destrucción y el abandono voluntario.

Antes de la guerra, era fácil comprobar que los protocolos de la Unesco de 1954 y 1959 en materia de protección de sitios y monumentos no se aplicaban en absoluto, ni en cuanto a los lugares declarados Patrimonio Mundial, ni a los demás. Desde el inicio del conflicto no se ha hecho nada para evitar una posible destrucción, sino todo lo contrario. Los ejércitos, principalmente el del régimen, no han dejado de ocupar las ciudadelas históricas (Alepo, Palmira, Bosra, Apamea, el Crac de los Caballeros) y de disputárselas, ni de situarse en las colinas del centro de Siria y en el valle del Éufrates para conseguir posiciones dominantes. Y no solo se ha bombardeado indiscriminadamente Alepo, Palmira, Maaret en-Noman y Bosra, sin miramientos con el patrimonio, sino que la protección o el traslado a un lugar seguro de las colecciones de los museos solo ha sido parcial, como ha demostrado el saqueo de los de Idlib o Hama, y el pillaje del de Palmira.

Aunque el conflicto en Siria todavía no haya terminado, la cuestión de saber si hay que iniciar la restauración, e incluso la reconstrucción, de todo lo que se ha destruido ya se ha planteado y, en algunos lugares, ya se están realizando trabajos en ese sentido.

Sin embargo, el problema no se plantea en todas partes de la misma manera. Existe una gran diferencia entre los derrumbamientos de partes de muros o de techumbres y la destrucción masiva con explosivos que solo ha dejado escombros. En la primera categoría se incluyen los daños sufridos por las ciudadelas de Alepo, Palmira, Bosra o el Crac, o también por el gran arco y el teatro de Palmira. En la segunda, la ciudad antigua de Alepo y los templos y las torres funerarias de Palmira. Se puede justificar la reparación de los daños de las primeras, pero hay que mostrarse prudente con las segundas y analizar el tema antes de iniciar algo. Y por último, existe otra preocupación, que es la de los saqueos que se han producido en Mari, Dura Europos y Apamea, a las que ninguna restauración o reconstrucción podrá devolverles la vida dado que la destrucción de las capas arqueológicas y el robo de objetos les han hecho perder los elementos necesarios para la comprensión y la continuidad de su historia.

En estas condiciones, ¿qué conviene hacer para salvar lo que queda de este patrimonio? Y, ¿es razonable querer reconstruir unas ruinas?

El servicio de Antigüedades sirio inició rápidamente el afianzamiento de varios monumentos dañados, como en el Crac en 2014 con la ayuda de arqueólogos y restauradores húngaros que sellaron las grietas de la muralla y arreglaron lo más urgente para proteger las salas del interior de la fortaleza de las inclemencias del tiempo. En 2015, se llevaron a cabo iniciativas del mismo tipo en Bosra, donde se arreglaron algunos desperfectos apresuradamente, y también en la ciudadela de Alepo, cuya escalera de acceso fue rehabilitada en 2017. No hay duda de que todo lo que amenaza con derrumbarse o que pone en peligro las estructuras debe consolidarse obligatoriamente, pero hay que respetar la construcción antigua y utilizar los materiales adecuados sin desnaturalizar el monumento. Aunque hay un ejemplo de restauración realizada con éxito (la escalera de la ciudadela de Alepo), también es evidente que se han llevado a cabo otras apresuradas y mal diseñadas que no han mejorado el estado de los lugares sino que lo han empeorado. Una prueba de ello es la imponente e inútil construcción erigida en el centro de la mezquita de Omar en Bosra o, más recientemente, los revestimientos con bloques demasiado nuevos y tallados mecánicamente utilizados en el castillo cruzado de Safita. Está claro que hay que tratar obligatoriamente de restaurar los monumentos de una manera no demasiado llamativa como ya ocurrió en el pasado cuando se utilizó un hormigón rosa para sustituir las columnas que faltaban del tetrápilo de Palmira, o unos bloques demasiado blancos y demasiado calibrados para la reparación del muro exterior del teatro.

Evidentemente, son modelos que no deben imitarse. En Palmira, a pesar de la destrucción masiva llevada a cabo por el grupo Estado Islámico en verano de 2015, podrán restaurarse sin duda algunos monumentos, como por ejemplo el gran arco, derribado con un buldócer, o el frente escénico del teatro. Ambos conservan numerosos bloques originales y, con algunos arreglos, podrían volver a levantarse. Y lo mismo ocurre con la fortaleza que domina el lugar, cuya muralla y puente de acceso sufrieron daños en 2016. En Alepo, es probable que puedan renacer los zocos de piedra y que algunas hermosas casas aristocráticas puedan recuperar su esplendor, siempre que, una vez más, se respeten escrupulosamente las técnicas de restauración propias de los edificios antiguos. Parece que la fundación Agha Khan Trust for Culture ya se ha puesto manos a la obra para analizar las acciones que hay que llevar a cabo, y en 2018 inició algunas restauraciones, aunque excesivas, en el zoco Al Madinah. Sin embargo, la falta de financiación exterior, debido a que varios países se niegan a colaborar con el régimen sirio actual por las sanciones que se le han impuesto, frena el proceso.

¿Qué hacer en Palmira?

En cambio, ¿qué hay que hacer con lo que se pulverizó literalmente con TNT en Alepo y en Palmira? Todos los monumentos históricos situados al pie de la ciudadela de Alepo han sido borrados de la faz de la Tierra y reducidos a escombros. Los dos templos mejor conservados de Palmira (Baalshamin y Bel), así como siete de las torres funerarias más bonitas, no son más que cascotes, y solo podrían recuperar su aspecto mediante una reconstrucción total.

Es verdad que en la historia existen otros ejemplos de destrucciones radicales y de reconstrucciones más o menos idénticas en algunas ciudades o barrios destruidos por las bombas durante la Primera y Segunda Guerras mundiales, tanto en Francia (Arras, El Havre), Alemania (Dresde, Berlín) como en Polonia (Varsovia). Pero eran sobre todo centros urbanos donde había que realojar a sus habitantes y proporcionarles las infraestructuras necesarias. ¿Es razonable hacer en Palmira lo mismo que pueda preverse para la ciudad de Alepo? En Palimira, al fin y al cabo, los monumentos subsistentes, por muy grandiosos que sean, no son más que los de un yacimiento arqueológico. A pesar de la emoción y la tristeza por haber perdido testimonios únicos de una civilización en la que se mezclan distintas influencias (las del mundo grecorromano y el Oriente mesopotámico), ¿debe reconstruirse, como parece que querían las autoridades sirias en 2015?

El conjunto de la comunidad científica advirtió rápidamente de que no se debía caer en la precipitación por querer reconstruir sin una evaluación detallada y necesariamente larga de lo que puede reconstruirse o no. El principal temor era que el lugar se convirtiese en un parque de atracciones con un objetivo más comercial que científico. Con la desaparición de sus monumentos más emblemáticos, Palmira ha perdido gran parte de su interés, y ya no atraerá tanto a los turistas como antes. Ahora bien, ahí es donde se plantea el problema entre los especialistas que piden prudencia y que se respete históricamente el lugar y los que quieren a toda costa recuperar la fuente de ingresos que representaba el turismo. En este sentido, Siria ya recibe mucha ayuda de su aliado ruso, que se erige en defensor y en liberador y que pretende recoger los frutos de su ayuda, también en el ámbito cultural. Se han firmado acuerdos con el museo de San Petersburgo con el pretexto de que conserve la Tarifa de Palmira (tres grandes placas en las que estaba grabada la cuantía de los aranceles exigidos por la ciudad en el siglo II), que se llevó un arqueólogo aficionado ruso en el siglo XIX. Resulta sorprendente porque los rusos no solo no han trabajado antes en Palmira, sino que carecen de medios financieros para plantearse la más mínima restauración y, sobre todo, porque a diario destruyen yacimientos históricos en el Norte de Siria, por no hablar del de la propia Palmira. De hecho, los rusos establecieron en 2016 un gran campo militar en la necrópolis norte del yacimiento arqueológico que el ejército sirio ya había dañado gravemente durante unas obras militares en 2011.

De todas maneras, los lugares que son patrimonio en Siria no podrán restaurarse y reconstruirse, al menos en lo que respecta a los lugares clasificados patrimonio, sin la autorización y la vigilancia de la Unesco. En este ámbito, el organismo vigila de cerca lo que se está haciendo y lo que se tiene previsto hacer en Siria para evitar iniciativas a veces extrañas, como la de construir un teleférico de acceso al castillo cruzado de Sahyun. Y en cuanto a Palmira, se filtra poca información sobre la situación actual del lugar y las posibles obras que se realizan allí. Eso contribuye a que aumente la desconfianza de los científicos ante las posibles iniciativas de desescombro y reconstrucción intempestiva que, en este caso concreto, resulta poco deseable, porque actualmente existen medios más modernos gracias a los cuales se pueden visualizar un lugar y sus monumentos en su continuidad histórica, como las imágenes virtuales. Eso es necesario especialmente para aquellos lugares cuya construcción se extendió a lo largo de siglos, e incluso de milenios. En el caso del templo de Bel, por ejemplo, la reconstrucción plantea el problema de decidir qué se va a rehacer. ¿Será el templo tal y como era cuando se finalizó en el siglo II d.C. o tal y como era en 2015? También fue una iglesia, y luego una mezquita. ¿Se van a ocultar esas evoluciones que dejaron huellas en forma de fresco y de inscripciones en la cella del templo? Además, hasta 1930, el recinto del templo albergó un pueblo medieval, destruido para realizar las obras de restauración y la valoración.

Para la reconstrucción se necesitan imágenes digitales en 3D, que si simplemente se completasen con los archivos científicos de los que disponemos (sobre Baalshamin o sobre Bel), ofrecerían numerosas ventajas. Muchos sitios históricos ya cuentan con esta tecnología moderna, menos costosa en inversión y con un alto valor añadido a nivel pedagógico y turístico. Es verdad que la espectacularidad del sitio de Palmira tal y como podíamos verlo con nuestros propios ojos antes de 2015 no será la misma, pero entonces solo se veían los monumentos del periodo romano (siglos I-III), mientras que Palmira tiene una historia milenaria. Además, los templos de Palmira y las torres solo podrían reconstruirse como si fuesen nuevos, y uno de los encantos de los monumentos del lugar era la pátina que solo el tiempo había podido darles. En estas condiciones, es mejor dejar las ruinas tal y como están, como muestra de la barbarie humana, y recurrir a otras soluciones para reconstituirlas. La destrucción salvaje causada por la guerra forma parte de la historia del lugar y de Siria, por lo que sería anti-histórico querer eliminarla. Hay que mantener el recuerdo de estos acontecimientos trágicos, pero, al mismo tiempo, revivir lo que fue la urbe a lo largo de su historia.

Avanzar en las investigaciones científicas

Sin embargo, antes de plantearse intervenir en los monumentos destruidos de Palmira, hay que tener en cuenta otro aspecto: el de seguir realizando investigaciones científicas en el lugar. Sabemos que el templo de Bel estaba construido sobre un antiguo templo, construido a su vez sobre el tell arrasado de la ciudad del segundo milenio. No sabemos prácticamente nada de ese templo anterior, ni de la ocupación humana primitiva del lugar. Antes de pensar en reconstruir el templo, ¿no sería más útil proceder a realizar sondeos, e incluso excavaciones en las capas inferiores, para documentar y conocer mejor los periodos antiguos en el oasis?

En 2012, solo se había excavado el 20 % del lugar; algunas zonas extensas todavía contenían información básica para la historia. Dos estudios realizados entre 1998 y 2010 por arqueólogos sirio-alemanes en el Sur de la ciudad romana mostraron que había numerosos vestigios que permitirían aclarar lo que fue Palmira antes de la presencia romana. Queda mucho por aprender sobre Palmira, pero hay que anteponer la ciencia a los beneficios y a la espectacularidad.

No obstante, falta por saber cómo están estas zonas después de siete años de guerra, de trasiego de vehículos militares y de saqueos. ¿Qué nos vamos a encontrar y en qué estado? La pregunta es la misma para muchos otros lugares, abandonados también al pillaje y a la destrucción. Ebla, Mari, Dura o Apamea han quedado destrozados por las excavaciones clandestinas, algunos tells todavía intactos han sido destripados y arrasados, y sus objetos se han dispersado sin estudios previos. Un pedazo de la historia se ha desintegrado en colecciones privadas o que esperan en sótanos de receptación; aunque un día se recuperaran, no tendrían ninguna utilidad para los investigadores.

La guerra no ha terminado en Siria, pero si dura mucho más tiempo, el patrimonio sufrirá más daños. Es verdad que, para algunos, el patrimonio no es nada si se compara con el sufrimiento de la población. Tienen toda la razón, pero no hay que olvidar que el patrimonio y su historia también son elementos de la identidad de un pueblo.