Dimensiones geopolíticas de la guerra en Yemen

Sin perspectivas de tregua, la intensificación de la campaña de Arabia Saudí y una implicación más directa de Irán, Yemen corre el riesgo de sumarse en el mismo caos que Siria e Irak.

Sheila Carapico

Las siete décadas de gobierno republicano en Yemen han sido tumultuosas debido a factores tanto endógenos como exógenos. Aunque las fuerzas internas y el débil liderazgo expliquen parcialmente la inestabilidad política y las penurias económicas, desde la década de los sesenta el rincón suroeste de la península Arábiga también se ha visto sacudido por conflictos regionales e internacionales. Este artículo aborda las dimensiones geopolíticas del caos que actualmente abruma al país. Tras un resumen del contexto histórico, se analizan las circunstancias y consecuencias de la campaña aérea saudí contra su vecino empobrecido, para concluir con los posibles escenarios a corto plazo. A mediados del siglo XX, en los dos Yémenes –el reino mutawakilí del Norte y el conjunto de colonias y protectorados británicos del Sur– la revolución ya estaba madura.

En 1962, los oficiales del ejército nacionalista derrocaron al último de un linaje de imanes mutawakilíes zaidíes con mil años de antigüedad, desatando una guerra civil en la que el reino de Arabia Saudí respaldó a los monárquicos y las tropas egipcias intervinieron militarmente en nombre de los Oficiales Libres. Irónicamente, aunque los oficiales republicanos acabaron prevaleciendo, se entendió que Egipto había sufrido una derrota, mientras que Arabia Saudí empezó a ejercer una extraordinaria influencia en la República del (norte de) Yemen. Entre tanto, en Adén, importante puerto marítimo que constituía la única colonia británica hecha y derecha de Oriente Medio, y en las dos docenas de sultanatos “protegidos” por Reino Unido, los revolucionarios de izquierdas que, a finales de la década de los sesenta, proclamaron el nacimiento de la República Democrática Popular del (sur de) Yemen, libraban una larga batalla anticolonial. Así las cosas, la frontera interior yemení se convirtió en un frente de la guerra fría entre Yemen del Sur, cliente de la Unión Soviética y gobernado por el Partido Socialista Yemení, y el gobierno con sede en Saná, aliado indirecto de Estados Unidos a través de su dependencia de Arabia Saudí.

El Norte, especialmente, vivió un periodo de opulencia de segunda mano durante el “boom petrolero” de las décadas de los setenta y ochenta, cuando cientos de miles de yemeníes trabajaban en Arabia Saudí y otras petromonarquías del Golfo. No obstante, a finales de los años ochenta, ambos países, inestables y mal gobernados, se tambaleaban al borde del colapso. En 1989, con la desintegración de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín, tras dos décadas de negociaciones bilaterales, los líderes de los dos Yémenes –Ali Abdalá Saleh en Saná y Ali Salim al Beid en Adén– adelantándose a la unificación alemana, anunciaron un plan de fusión que se hizo realidad el 22 de mayo de 1990. Aunque había numerosos factores internos que contribuían a la aparente decisión histórica (incluido el descubrimiento de petróleo y gas en la región fronteriza), esta también coincidió, obviamente, con el final de la guerra fría. No obstante, los reinos vecinos se sentían incómodos con la creación en su patio trasero de una república muy poblada con fuerte presencia socialista. Apenas dos meses después, las fuerzas iraquíes invadieron Kuwait, la minúscula monarquía del Golfo, derrocaron su gobierno y declararon la anexión de Kuwait a Irak. La respuesta internacional fue rápida, y el Consejo de Seguridad de la ONU autorizó el uso de la fuerza para restaurar la soberanía kuwaití.

En esos momentos, el embajador de Yemen ante la ONU, que antes había representado a Yemen del Sur y tenía un puesto de carácter no permanente en el Consejo de Seguridad, no apoyó la coalición contra Irak liderada por EE UU. Como respuesta, las monarquías del Golfo tomaron dos medidas disciplinarias: por un lado, suspendieron las hasta entonces importantes medidas de cooperación (previas al gobierno de Saná); por otro, expulsaron a unos 750.000 trabadores inmigrantes yemeníes. La pérdida repentina de ayudas (incluidas la soviética, la iraquí y las de los países del Golfo) y la combinación, igualmente dañina, de pérdida de remesas de los inmigrantes y el auge del desempleo, sumió aquella economía recién unificada en una caída en picado de la que nunca se recuperó. Por este y otros motivos, el matrimonio fue inestable desde el principio.

En abril de 1994, a pesar de los esfuerzos de la sociedad civil por negociar unos nuevos acuerdos constitucionales, “los dos Alís” (como se conocía a los antiguos presidentes) ordenaron a sus respectivas fuerzas armadas entrar en guerra. Tras menos de dos meses de combates, el ejército de Saleh, apoyado por milicianos yihadistas antisocialistas, derrotó a lo que quedaba del ejército del Sur. Al Beid y otros muchos antiguos líderes de Yemen del Sur huyeron y se exiliaron en el Golfo. Las fuerzas triunfantes de Saleh y sus aliados yihadistas y salafistas causaron estragos en el Sur, prendiendo fuego a la fábrica de cerveza de Adén, a las oficinas de la administración pública y a otros vestigios de la República Democrática Popular de Yemen. Los dirigentes y políticos del Norte reclamaron tierras y empresas, amén de colocar a sus amigotes en los cargos públicos. Estas acciones inspiraron lo que los sureños llaman Hirak, o movimiento, que fomenta la secesión y la restauración de la independencia del Sur.

La rebelión huti

En las gobernaciones del Norte también se extendió el descontento hacia la administración de Saleh, cada vez más caprichosa, fraudulenta y centralizada, durante la década de los noventa y ya entrado el siglo XXI. El movimiento que ha pasado a ocupar el primer plano entre 2014 y 2015, empezó como una resistencia local contra las mezquitas y colegios salafistas respaldados por Arabia Saudí, así como contra el régimen ruinoso de Saleh y su alianza con EE UU durante la invasión de Irak, la conocida como guerra contra el terror; y contra los ataques de drones estadounidenses contra objetivos de Al Qaeda en Yemen. Los miembros de este movimiento, conocidos como hutíes en honor a su líder asesinado, tienen su sede en Sasda, una región eminentemente zaidí junto a la frontera con Arabia Saudí. Comenzaron en 2004, enfrentándose a las fuerzas de Saleh en seis mini-rebeliones.

En 2009 y 2010 los aviones de combate saudíes atacaron baluartes de los hutíes con armas entre las que, presuntamente, había indiscriminadas bombas de racimo, aunque sufrieron la vergüenza de no poder derrotar a una milicia local desorganizada. Luego empezaron a circular rumores de que los hutíes eran un movimiento respaldado por Irán (el zaidismo es una rama del islam chií, mientras que los saudíes dicen representar al islam “suní”). En realidad, no había nada específicamente zaidí en la mayoría de las exigencias hutíes, algo que quedó patente cuando miembros de las tribus y ciudades de todo el país se manifestaron junto a jóvenes laicos en Saná y Adén; o cuando en 2011 se identificaron con elementos suníes salafistas, que pedían la caída del régimen de Saleh después de tres décadas de dictadura corrupta que había sumido al país en la extrema pobreza económica y ecológica. Inspirados por las revueltas de Túnez y Egipto, a principios de 2011 los yemeníes se movilizaron a una escala sin precedentes para expresar su descontento.

Siguieron manifestándose pacíficamente para pedir el cambio durante todo el año, incluso mientras los disidentes y los miembros leales del ejército guerreaban entre sí, o cuando el presidente resultó herido, abandonó el país para tratarse y luego regresó. Las demandas populares solo se vieron parcialmente satisfechas cuando, en un plan que se conocería como la Iniciativa del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), Abd Rabbuh Mansur al Hadi, segundo de Saleh, fue elegido presidente en febrero de 2012 tras unas elecciones organizadas por organismos internacionales y en las que él era el único candidato. Con ese gobierno, Saleh obtuvo la inmunidad por los muchos crímenes cometidos durante su mandato y siguió siendo el líder del partido dominante. Las exigencias populares también quedaron satisfechas solo parcialmente con el ambiguo Proyecto de Diálogo Nacional, que empezó a funcionar en 2013 con la colaboración de un consejero de la ONU, Yamal Benomar, el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) y varios “amigos de Yemen” occidentales. Mientras tanto, la administración Obama siguió con su estrategia militar de ataques concretos y “dirigidos” –asesinatos extrajudiciales–, a la vez que correspondía con mera palabrería a las aspiraciones políticas legítimas de los yemeníes.

El objetivo de la Iniciativa CCG era apaciguar las protestas multitudinarias sacando a Saleh del palacio presidencial sin un auténtico cambio de régimen. El periodo de transición superó los dos años de mandato de Hadi o la fecha límite para la conclusión del Diálogo, cuyos miembros se dedicaban a escuchar conferencias de expertos internacionales en el lujoso Moevenpick Hotel a las afueras de Saná. Los yemeníes del Norte y del Sur empezaron a mofarse de Benomar y de Hadi, tildándoles de guardianes inútiles de un proceso inconcluso. El Hirak del Sur se volvió cada vez más impaciente, y la economía se debilitó aun más, condenando a millones de personas a la más extrema de las pobrezas. Saleh usó miles de millones de dólares para obtener beneficios ilícitos y conservar en nómina a varias brigadas que torpedeaban el progreso.

Los drones de vigilancia estadounidenses y los ataques ocasionales siguieron aterrorizando a algunas comunidades y deslegitimando al gobierno de Hadi. Mientras, la nueva Constitución propuesta por la Iniciativa CCG resultó inaceptable tanto para el Hirak como para los hutíes. El Banco Mundial, que también formaba parte de la Iniciativa CCG, provocó nuevas protestas lideradas por los hutíes en agosto de 2014, al obligar al ineficaz gobierno de Hadi a suspender los subsidios al combustible, fundamentales para la agricultura y el transporte, dos de los principales sectores laborales del país. Las fuerzas del gobierno dispararon contra los manifestantes y, en cuestión de un mes, los guerreros hutíes emprendieron su marcha al sur de Saada, encontrando muy poca resistencia por el camino.

Parecía que las tropas que estaban presumiblemente bajo el mando de Hadi se hicieron a un lado y/o que los soldados que seguían en nómina de Saleh allanaron el camino. En invierno, cuando los hutíes entraron en Saná, Hadi no tuvo más remedio que renunciar y huir a Adén, antigua capital de Yemen del Sur y feudo de sus partidarios. Los hutíes, acompañados por los restos del ejército de Saleh, le siguieron la pista. En marzo de 2015, Hadi abandonó Adén en dirección a Riad, desde donde hizo un llamamiento al gobierno del nuevo rey saudí y sus aliados del CCG para restaurar su presidencia.

Consecuencias de la campaña aérea saudí

El 25 de marzo, una coalición liderada por Arabia Saudí, que supuestamente incluía a Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Jordania, Egipto, Sudán y Marruecos, lanzó ataques aéreos contra Saná y otras ciudades yemeníes, golpeando a los rebeldes hutíes y los depósitos de armas de Saleh. EE UU ofreció ayuda logística y vigilancia, así como armas. Durante los combates, Benomar dimitió, alegando que el diálogo para la reconciliación estaba a punto de dar frutos cuando la campaña aérea comenzó. Aunque esta campaña ha sido a responsable de la destrucción y de mayoría de muertes, las fuerzas de Saleh y las milicias hutíes han cometido atrocidades en Taiz, Dalia, Adén y otras comunidades que se opusieron a su avance. Mientras Al Qaeda ha seguido activa en algunas regiones, sobre todo en el sureste del país. A finales de mayo, tras 10 semanas de bombardeos, las organizaciones humanitarias calculaban que había unos 2.000 muertos, decenas de miles de heridos y medio millón de personas desplazadas de sus hogares.

La destrucción de los aeropuertos yemeníes y el bloqueo de los puertos, cuyo objetivo era prevenir la llegada de cargamentos de armas o provisiones desde Irán, provocó una escasez catastrófica de medicamentos básicos, comida y combustible. Mientras tanto, los guerreros hutíes lanzaron varios cohetes contra Arabia Saudí y, en un hecho inesperado y quizá no relacionado, el autoproclamado grupo Estado Islámico en Irak y Siria se atribuyó un atentado suicida con bomba en el interior de una mezquita chií al este de Arabia Saudí. Así las cosas, ¿cuáles son los posibles escenarios para el futuro cercano? Obviamente, el mejor de los casos sería que la diplomacia internacional lograra una tregua. Por desgracia, a finales de mayo, después de que los hutíes no accediesen a la rendición incondicional exigida por Hadi como preludio del diálogo, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, anunció el aplazamiento de las negociaciones de paz, que debían celebrarse en Ginebra a principios de junio.

La segunda posibilidad, más probable, es que la coalición liderada por Arabia Saudí siga con su campaña, incluso recurriendo a tropas de infantería enviadas por Egipto, Senegal u otros aliados del CCG. En ese caso, la probabilidad de una implicación mucho más directa por parte de Irán (algo que alega continuamente Riad, pero que hasta la fecha no se ha confirmado), aumentará. Por último, habida cuenta de la presencia de Al Qaeda, las sorprendentes operaciones del EI lejos de Siria e Irak, y el absoluto desmoronamiento de los últimos residuos de autoridad del gobierno nacional, los yemeníes están empezando a temer que su país se suma en el mismo tipo de destrucción y caos sin sentido que se vive en Siria e Irak. Conviene tener presente que ninguno de estos escenarios depende de las políticas internas, y mucho menos de la voluntad de los ciudadanos yemeníes, que apuntan a la posibilidad de que unas partes extranjeras determinen los resultados previsibles.