Democracia, terrorismo y seguridad en el Mediterráneo occidental

EE UU busca una cooperación militar y económica ligada a la seguridad; Europa se centra en aspectos culturales y sociales.

Yahia H. Zoubir

Se ha convertido en algo habitual afirmar que la mayor amenaza para el mundo es el terrorismo internacional, sobre todo desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Los ataques de Yerba (Túnez), en 2002, Casablanca el 16 de mayo de 2003, Madrid el 11 de marzo de 2004, así como los de Marruecos y Argelia, más recientes, en abril de 2007, parecen confirmarlo. El terrorismo internacional, parece ocultar el resto de problemas a los que se enfrenta la sociedad internacional. El terrorismo, como las otras lacras –migración, narcotráfico, crimen organizado o tráfico de armas– han convertido el Mediterráneo en particular, en una zona estratégica, tanto para la Unión Europea (UE) –la principal implicada, debido a su situación geográfica– y EE UU –primera potencia mundial– como para los regímenes magrebíes. El Mediterráneo es también un espacio que refleja un gran número de fracturas (demográfica, económica, social, religiosa…).

El Magreb, que en los años ochenta parecía disfrutar de una relativa estabilidad, se convirtió a partir del 11-S en una zona de turbulencias cuyas consecuencias serían especialmente graves para Europa. Por tanto, la lucha antiterrorista ha pasado a ser una prioridad para el conjunto de actores del Mediterráneo. El partenariado euromediterráneo, creado en 1995, que pretendía ser un marco político de cooperación original y ambicioso, se había marcado el objetivo de reducir las fracturas de desarrollo entre las dos riberas del Mediterráneo, aunque la seguridad también ocupara un lugar importante.

La declaración del partenariado, en el capítulo dedicado a la política y la seguridad, incluía elementos esenciales, como la democracia, el Estado de Derecho, las libertades y derechos humanos, las relaciones entre el Estado y la sociedad civil, el terrorismo, la administración pública, la no proliferación de armas de destrucción masiva, la prevención de crisis, la cooperación y la seguridad regional en el ámbito de la defensa, el crimen, el terrorismo, la droga y la corrupción. Si bien el partenariado ha logrado progresos, sus resultados han demostrado ser insuficientes y sus objetivos parecen haberse desviado. Cumbre tras cumbre, los socios han visto cómo sus ambiciones se iban reduciendo.

La Intifada palestina de septiembre de 2000 y el deterioro de la situación en Oriente Próximo se han dejado sentir en el proceso, con hechos como el abandono en Marsella de la Carta por la Paz y la Estabilidad, en noviembre de 2000. A pesar de todo, y aunque su creación fuera fruto de una inquietud relacionada con la seguridad (la crisis argelina estaba en su punto más álgido), el partenariado dictaba un elemento esencial: la transformación política de la región mediante un proceso de reforma económica y de liberalización de los mercados. En suma, y ello resulta igualmente crucial, los socios llevaron a cabo un diagnóstico premonitorio y, en este sentido, establecieron un vínculo entre seguridad y desarrollo, así como la necesidad de una modernización política.

Es decir, los problemas de seguridad no debían disociarse de la existencia de regímenes autocráticos en el sur del Mediterráneo. Indiscutiblemente, esa constatación sigue siendo válida en la actualidad. Por desgracia, los atentados del 11-S y sus consecuencias parecen haber dejado para el día del juicio final la modernización política de los regímenes magrebíes. El resultado más evidente es que la falta de transformación ha engendrado una radicalización de los movimientos extremistas y que las medidas de seguridad, lejos de erradicar el terrorismo, han favorecido la multiplicación de los grupos yihadistas.

Las respuestas a los atentados del 11-S y sus ramificaciones

A los ojos de numerosos responsables políticos y analistas, el 11-S confirmó que el déficit democrático y la mala gobernanza son una de las razones del auge del islamismo radical. Esta observación se ha visto corroborada por el Informe árabe 2002del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y por los informes publicados después. Ello explica en parte las iniciativas americanas y europeas en favor de la promoción de la democracia, al menos en el ámbito del discurso político. Se trata de un aspecto fundamental de sus respectivas políticas, no solo en el Mediterráneo occidental, sino también en el conjunto de Oriente Próximo. Aunque exista consenso entre americanos y europeos a la hora de diagnosticar la situación del Magreb, ambas potencias han adoptado distintas perspectivas. Mientras que la política europea en el Magreb no ha conocido cambios fundamentales, no ha sido éste el caso de la política americana.

Estados Unidos y la seguridad en la región del Magreb-Sahel

En efecto, aunque EE UU haya mostrado un interés creciente por el Magreb desde la crisis argelina de los años noventa, a partir del 11-S intensificó su presencia, no solo en la zona, sino también en la región del Sahel, puerta de acceso al África subsahariana a la que cada vez prestan más atención, en vista de su riquezas minera y energética. Actualmente, no hay duda de que el Magreb supone una zona estratégica para EE UU; ya no es un subsistema de Oriente Próximo, sino que se ha convertido en parte integrante, más aún cuando entre los yihadistas hay un gran número de magrebíes, algunos residentes en Europa y en Norteamérica.

Tras el 11-S, EE UU comprobó que la falta de libertades y de democracia constituye un factor importante en la proliferación del terrorismo y dedujo que la instauración de regímenes democráticos influiría positivamente en la seguridad del país. En mayo de 2003, el presidente George W. Bush declaraba que la rencorosa ideología del terrorismo se formaba, alimentaba y protegía mediante los regímenes opresivos y que, por tanto, la construcción de sociedades libres acabaría con el atractivo del terrorismo. Esa postura desembocó en la Liberty Doctrine del presidente americano en 2005, potenciada en enero de 2006 por la diplomacia transformadora de su secretaria de Estado, Condoleezza Rice. Esta diplomacia consistiría, según Rice, no solo en constatar lo que sucede en el mundo, sino que también tendría el propósito de cambiar el propio mundo.

Por supuesto forma parte del discurso político, pero, ¿qué hay de ello en la realidad? En el Magreb, los efectos más notables del 11-S han sido el acercamiento de EE UU a Argelia y, más recientemente, a Libia. Sin embargo, lo más destacable es el desarrollo de una política de seguridad y militar norteamericana en el Magreb-Sahel que, a pesar de las apariencias, supera con creces los programas de la Asociación Estados Unidos-Oriente Próximo (MEPI) o del Gran Oriente Medio (BMENA), con el apoyo del G-8. El principal objetivo de EE UU es desarrollar con el Magreb y en su seno una estrecha cooperación militar y económica vinculada a la seguridad. EE UU trata de establecer un sistema de seguridad al que se incorporarían todos los países del Magreb.

Asimismo, los americanos son conscientes de la importancia del petróleo y del gas natural en la región, sobre todo en Argelia y Libia. Está claro que EE UU teme que el Magreb se convierta en base de reclutamiento y de actividades de la red de Al Qaeda, constituyendo un verdadero peligro para Europa, ya que muchos de los reclutas de Al Qaeda proceden del norte de África y del extrarradio de las ciudades europeas. Tres días antes de los atentados de Madrid, el general Charles Wald, comandante adjunto de las Fuerzas de EE UU en Europa (EUCOM), declaraba sin ambages que Al Qaeda estaba implantándose en el norte de África. En 2002, en el United Status Nacional Security Strategy Report, Bush decía: “Seguiremos animando a nuestros socios regionales a emprender esfuerzos coordinados con el fin de aislar a los terroristas.

En cuanto la campaña regional detecte la amenaza contra un Estado en particular, nos aseguraremos de que dicho Estado disponga de los medios militares, las medidas legales y los instrumentos políticos y financieros para concluir la tarea”. La puesta en práctica de tal decisión consiste en forjar alianzas y bases logísticas a lo largo y ancho del planeta. Esas bases, aunque de carácter temporal, simples podrían ser utilizadas por fuerzas expedicionarias a lo largo de varios meses, si lo requirieran. Este enfoque responde a lo que los estrategas americanos denominan la forward posture (postura avanzada) y forward presence (presencia avanzada). También forma parte de los planes que supuestamente mejorarán las relaciones políticas y militares con Oriente Próximo y el norte de África en el marco de la redefinición, por parte de la OTAN, de las nuevas amenazas (terrorismo, seguridad fronteriza, narcotráfico, inmigración ilegal e inestabilidad regional).

El interés americano por el Magreb también tiene que ver con lo que sucede en el Sahel. Este interés presenta una doble dimensión: securitaria y económica. En Washington, se considera el Sahel una región vulnerable, debido a su poca densidad demográfica y a sus fronteras fácilmente permeables. Los responsables políticos americanos afirman que hay grupos terroristas, tanto del lugar como internacionales, surcando la región. Dichos grupos se entregan a todo tipo de contrabando, incluyendo armas, y reclutan a nuevos miembros entre las poblaciones locales. Según Washington, los grupos terroristas islamistas –el más activo es el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), afiliado a Al Qaeda– representan una amenaza para esa región, de más de 100 millones de habitantes. Actualmente, la zona está considerada “el nuevo frente en la guerra global contra el terrorismo”.

El objetivo de EE UU es, por tanto, “facilitar la cooperación entre los gobiernos de la región (Argelia, Marruecos, Túnez, Mauritania, Malí, Níger, Chad, Senegal y Nigeria) y reforzar su capacidad de combatir a las organizaciones terroristas”, pero también impedir a los grupos terroristas establecer bases, como lograron hacer en Afganistán antes del 11-S. Además, desde esta misma óptica, a finales de 2002, se impulsó la Iniciativa Pan Sahel (PSI en sus siglas en inglés), reemplazada por la Iniciativa Antiterrorista Trans Sahariana (Trans-Sahara Counterterrorism Initiative -TSCTI), cuyo objetivo es potenciar las capacidades antiterroristas y consolidar e institucionalizar la cooperación entre las fuerzas de seguridad de la región.

La TSCTI se puso oficialmente en marcha en junio de 2005, con el Ejercicio Flintlock 2005. Este tipo de coordinación sobre el terreno es lo que permitió el desmantelamiento del grupo del argelino Abderrezak el “Para” en Chad. Gracias al apoyo de los instrumentos de vigilancia aérea P-3 de la marina americana, las tropas chadianas pudieron destruir a dicho grupo y detener a su cabecilla. EE UU también ha multiplicado los ejercicios navales multinacionales en el Mediterráneo, como el Phoenix Express-06 (29 de mayo-14 de junio de 2006), sin contar con el resto de actividades en el seno de la OTAN o de forma bilateral. El 7 de febrero de 2007, EE UU anunciaba la creación de un mando militar para África, el AFRICOM, que debería entrar en funcionamiento en septiembre: su objetivo es combatir las redes terroristas en el continente. No obstante, es importante destacar que siempre que EE UU ha instalado esa clase de estructuras, donde no había ningún grupo terrorista, se constata la proliferación de grupos armados.

Para algunos analistas, la conclusión es que EE UU crea esa clase de tensiones con el fin de justificar su presencia militar. Así, Túnez, que no había sufrido acciones terroristas desde los atentados de Yerba en 2002, ha sido aparentemente presa de ataques yihadistas en diciembre de 2006 y enero de 2007. Y en este mismo periodo, los grupos salafistas decidieron crear Al Qaeda del Magreb Islámico, organización que, según las autoridades americanas, agruparía también a yihadistas del Sahel o países próximos, como Nigeria. Aún es pronto para hacer un análisis profundo de los verdaderos objetivos americanos en esta región.

Sin embargo, un primer estudio demuestra que EE UU no solo pretende crear partenariados con los regímenes existentes, sino también asegurar los emplazamientos energéticos para su aprovisionamiento y frenar el avance de China en el continente. Esa política no hace sino dar la razón a las acusaciones de los movimientos opositores, islamistas o de otra naturaleza, dirigidas a EE UU, y favorece la consolidación del antiamericanismo en la región. En otras palabras, con esa presencia militar se corre el riesgo de desestabilizar la región y de proporcionar a potenciales “terroristas” el abono necesario para su reclutamiento.

La UE y la seguridad en el Mediterráneo occidental

Apenas 10 días después del 11-S, los jefes de Estado y de gobierno de la UE proclamaban un plan de acción para la lucha contra el terrorismo. El 3 de octubre, la Comisión Europea proponía a los Estados miembros la congelación de los fondos de 27 organizaciones o individuos sospechosos de actividades terroristas. Estas dos decisiones no representan más que un microcosmos de las numerosas iniciativas antiterroristas que se precipitaron posteriormente, como el reforzamiento de Europol o la creación de Eurojust.

También es evidente que la UE incrementó la cooperación con sus vecinos del sur del Mediterráneo, sobre todo en el ámbito de la justicia y los asuntos de interior. Sin embargo, a diferencia de EE UU, la UE ha dado mucha menos prioridad a los aspectos puramente militares o securitarios; ha tratado de encontrar en el tercer pilar del partenariado (el pilar social, cultural y humano que “aspira a desarrollar los recursos humanos, favorecer la comprensión entre las culturas y los intercambios entre las sociedades civiles”) un marco ya listo para emprender nuevas iniciativas culturales.

Tras rechazar el concepto de choque de civilizaciones, o por lo menos su carácter inevitable, así como el enfoque militarista americano, los europeos han considerado que un exceso de alienación, desesperación e injusticia en el Sur explicaban ese aumento del islamismo radical. Así, además de un incremento de la cooperación internacional en seguridad, el objetivo consiste en reforzar el diálogo entre culturas y, eventualmente, erigir una comunidad de seguridad en el Mediterráneo. Se han sucedido otras iniciativas, especialmente la estrategia europea de seguridad en diciembre de 2003, o la política europea de vecindad (PEV) en 2004.

A través de la PEV, la UE ofrece a sus vecinos una “relación privilegiada, basada en un compromiso mutuo en pro de valores comunes (democracia y derechos humanos, la norma legal, la buena gobernanza, los principios de la economía de mercado y el desarrollo sostenible)”. En suma, la UE plantea como objetivo estratégico la implantación de la seguridad en una vecindad bien gobernada. Aunque pueda dudarse de la pertinencia de un proyecto como éste, enseguida se pone de manifiesto que la UE se centra demasiado en las relaciones con los Estados del Sur, a los que necesita para la lucha antiterrorista y para hacer frente al resto de lacras, en detrimento de su apoyo a las sociedades civiles y a los valores de la democracia y de los derechos humanos que, según proclama, desea promover en la región.

Un estudio sobre la concesión de fondos de la UE a los países del Sur muestra que gran parte se destina a mejorar la eficacia de las fuerzas policiales, en vez de reformar instituciones de carácter militar y de securidad. A pesar de la buena voluntad de los responsables políticos europeos, uno no puede dejar de reparar en que la promoción de una vecindad democrática ya no es prioritaria y que las inquietudes con respecto a la seguridad van sin duda en cabeza.

Los Estados magrebíes: cuanto más cambia…

Sin duda, los regímenes del sur del Mediterráneo se han beneficiado de dividendos bastante considerables tras el 11-S. Aquí solo enumeraremos algunos ejemplos de cómo, a pesar de la presión inicial que sobre ellos ejercieron EE UU y la UE (ya fuera mediante condiciones, positivas o negativas, o por medio de estímulos financieros), los regímenes han sabido sacar provecho de los miedos europeos y americanos. Ningún país del sur del Mediterráneo ha conocido una verdadera democratización en estos últimos años.

Al contrario: se ha producido un cierto retroceso. Aunque Túnez y Libia sigan siendo los países más autocráticos y Argelia y Marruecos disfruten de prensa independiente y algo de dinamismo político, ello no debería camuflar la omnipotencia de los Estados autoritarios o semiautoritarios que se benefician de apoyo externo. El régimen tiránico libio se rehabilitó tras su decisión de abandonar su programa de ADM, así como su voluntad de contribuir a la lucha antiterrorista y antimigratoria.

Los regímenes magrebíes han sabido jugar la carta del fantasma del terrorismo para retrasar todo progreso democrático. El miedo a que los islamistas tomen el poder democráticamente, como pasó con Hamás en Palestina, parece haber convencido a EE UU y a la UE de que puedan mostrarse considerados con respecto a los regímenes existentes en el Magreb, por pocos cambios que introduzcan. A diferencia de EE UU, la UE no ha tendido la mano a los partidos islamistas magrebíes denominados “moderados” (como el Partido Justicia y Desarrollo marroquí o el Movimiento por la Sociedad y la Paz argelino), para discutir con ellos sus proyectos políticos. Entrever la democratización de la vecindad mediterránea de la UE resulta muy difícil, por motivos evidentes.

El primero, y el fundamental, es de origen interno: las condiciones que desembocan en el ascenso del yihadismo o de la migración siempre están presentes, contándose entre ellas la mala gobernanza, la marginación de la juventud, la corrupción, la falta de democracia, el nepotismo, las elecciones amañadas, la resiliencia del autoritarismo y la miseria social, por citar solo algunas. Las causas del incremento del yihadismo, cuya importancia se exagera tanto en el interior de los Estados magrebíes como en EE UU y Europa, deben buscarse en las condiciones socioeconómicas, políticas y culturales en el seno de los países magrebíes.

La mayoría de quienes cometieron los atentados de Argelia o Marruecos –aunque no se sepa quiénes son los cabecillas– proceden de barrios donde reinan la miseria y la mala vida. El hecho de que algunos de ellos tengan estudios no cambia el análisis, puesto que la falta de salidas, así como el favoritismo o nepotismo no brindan a estos jóvenes ninguna perspectiva de futuro. Entre los factores de origen externo, es verdad que los acontecimientos en Irak, Palestina o Líbano en verano de 2006 causan cierto efecto en las conciencias de las poblaciones magrebíes, sobre todo entre los jóvenes. El deseo de éstos de ir a combatir a Irak lo ilustra perfectamente. Así pues, ya no hay duda de que la presencia de fuerzas americanas en una región dominada por un intenso antiamericanismo, así como el acercamiento de los regímenes autoritarios a la potencia hegemónica americana, no hará sino contribuir al fomento de ideologías nihilistas.

La lucha contra los grupos terroristas sanguinarios es una necesidad que exige cooperación internacional. Sin embargo, ésta resulta insuficiente, ya que el fenómeno no desaparecerá hasta que se ataque de raíz. En su último estudio, el Oxford Research Group demostró que la verdadera amenaza para la humanidad no es el terrorismo (que no es más que un epifenómeno), sino el cambio climático, la rivalidad por los recursos, la marginación de la mayoría de la población mundial, así como la militarización global. Sin duda, abordar dichos fenómenos contribuiría en gran medida a deslegitimar las pretensiones de los terroristas a escala mundial.