Crisis existencial en Líbano

Víctima de los conflictos regionales, de las armas de Hezbolá y del confesionalismo, el país está sumido en una de las crisis más graves de su historia.

Ziad Majed

Líbano, sin presidente de la República desde mayo de 2014 por falta de quórum en el Parlamento (dos tercios de los parlamentarios), paralizado por un confesionalismo que aumenta progresivamente, atenazado por los conflictos regionales y por la participación de Hezbolá en la guerra de Siria, y que acoge a más de un millón de refugiados, parece sufrir una crisis existencial.

Desde 2005, fecha del asesinato del exprimer ministro Rafik Hariri, el enfrentamiento entre el Hezbolá chií y la “Corriente del Futuro” suní, dirigida por Saad Hariri, hijo del difunto Rafik, se encuentra en el centro de la crisis que atraviesa Líbano. Una crisis que divide al conjunto de la sociedad y que crea dos bloques que gravitan en torno a cada polo del enfrentamiento.

La revolución siria que estalló en 2011 y la intervención militar de Hezbolá a partir de 2012 en apoyo del régimen de Bashar al Assad contra sus adversarios, han ampliado los desacuerdos entre los libaneses y han intensificado las tensiones políticas y confesionales en el país. El enfrentamiento actual en Oriente Medio entre Irán y Arabia Saudí no hace más que empeorar esta situación.

Por tanto, los acuerdos, o incluso los compromisos, entre los bandos rivales libaneses parecen cada vez más difíciles, y el consociativismo que unía a los representantes políticos de las diferentes comunidades y que dirigía el sistema libanés, agoniza. El consociacionalismo es la filosofía que ha adoptado el sistema libanés desde la Constitución redactada bajo el mandato francés en 1926, reforzada por el pacto nacional de 1943 que culminó la independencia nacional, y posteriormente por el Acuerdo de Taef, que puso fin a la guerra civil en 1989 y que introdujo reformas y modificaciones en el texto constitucional. La aplicación del sistema consociacional en los países con sociedades segmentadas se basa en cuatro principios: una coalición de gobierno amplia, una autonomía segmentaria, un sistema de representación proporcional de las comunidades y el derecho de veto de la minoría.

El consociacionalismo libanés se basa en el confesionalismo. Este último, tanto en las instituciones políticas como en los ámbitos sociales, tiene su origen en el sistema del millet del Imperio Otomano que, a partir del siglo XIX, otorgaba a las diferentes comunidades religiosas una autonomía casi total en materia de educación, de administración de los bienes, de competencia y de organización religiosa interna. A continuación, mencionaremos los cuatro factores que explican esta agonía y la crisis existencial que se deriva de ella.

La falta de consensos nacionales y las alianzas externas

A pesar de los esfuerzos de algunas élites políticas tras la independencia nacional en 1943 y hasta finales de la década de los sesenta, los consensos entre libaneses en relación con los conflictos y los desafíos políticos regionales e internacionales han sido a menudo frágiles. Esto ha permitido que los contendientes externos busquen alianzas libanesas que harían avanzar sus programas (y viceversa), sobre todo tras el inicio de la guerra civil en 1975, y después de las polarizaciones de 2005 tras el asesinato de Hariri.

Las partes extranjeras se han convertido así en un elemento de presión sobre el modelo libanés, ya que cada una de ellas trata de imponerse mediante sus alianzas en las instituciones del Estado, o por lo menos intenta impedir que los demás se impongan en ellas. Todos los grandes conflictos entre actores externos han tenido repercusiones en la escena nacional, tal y como sucede desde hace algunos años entre aliados saudíes e iraníes. La crisis institucional actual es, de hecho, una de sus consecuencias.

Las características de las élites políticas

La relación entre las características de las élites políticas y sus alianzas, por una parte, y el éxito de la experiencia consociacional (a lo largo de la historia moderna de Líbano), por otra, ha sido decisiva. Esto nos lleva al papel que desempeñan las élites y a su capacidad para alcanzar compromisos para encaminar a sus respectivas bases de apoyo hacia la resolución de los conflictos. Las élites libanesas han tratado de desempeñar este papel hasta 1975. La guerra y sus milicias, la era siria y la aparición de Hezbolá pusieron fin a esta tradición y permitieron que una élite militante luche por imponer sus decisiones o, al menos, por dificultar el funcionamiento de las instituciones si sus decisiones no se aceptan. Esto explica en gran parte el bloqueo actual en las elecciones presidenciales y parlamentarias.

La hegemonía en el seno de las comunidades

A lo largo de los periodos de crisis en Líbano, como el que vive el país desde hace más de una década, el sistema político parece alimentar las tentaciones hegemónicas de las representaciones sectarias. De hecho, cuanto más convencida está la mayoría de los integrantes de una comunidad religiosa de la necesidad de aglutinarse para defender las prerrogativas adquiridas, para reclamar “derechos perdidos” o incluso para reivindicar una participación más amplia en el poder, más constituye un terreno abonado para el auge de las tendencias hegemónicas de las élites emergentes. Estas últimas tratan de controlar los órganos de representación (y a través de ellos, su propia comunidad en su conjunto) bajo el pretexto de mejorar su posición en las negociaciones o en el conflicto. Esta tentación no solo provoca la exclusión de las élites venidas a menos en el plano intracomunitario, sino que también lleva a estas élites –o al menos a parte de ellas– a adaptarse a la parte emergente, a aceptar sus condiciones políticas y a someterse a ella.

A este respecto, podemos afirmar que, desde la década de los setenta, la evolución de la representación política de las diferentes comunidades en Líbano se ha articulado sistemáticamente en torno a una sola fuerza ascendente en el seno de cada colectividad, bien debido a la sensación de ser atacada por los demás, o bien porque dicha fuerza buscaba una identidad basada en la lealtad sectaria.

Además de por su belicismo y su tendencia a liquidar a los rivales en su propia comunidad, la hegemonía de una fuerza única en una colectividad, como realidad concreta o como proyecto en marcha, se caracteriza por una forma de clientelismo creciente. Dicho de otra manera, esta fuerza se impone como prestataria de servicios para mantener una red de relaciones de la que se servirá para aumentar su base electoral o de partidarios fieles, y para defender sus intereses.

La hegemonía intracomunitaria de una fuerza única también se manifiesta a través de la movilización basada en la lealtad sectaria como expresión de apoyo a las élites que reclaman un mayor poder para su comunidad. Esto está claramente relacionado con la condición consensual que exige ponerse de acuerdo en cuanto a la proporción de la participación en el poder de los diferentes grupos.

Estas instituciones y esta cultura están representadas por una red de entidades, de relaciones y de ideas dominantes dentro de cada comunidad. En primer lugar, están las instituciones religiosas, cuyo control –o al menos su simpatía– se disputan los que pretenden alcanzar la hegemonía, a fin de conseguir una cobertura “moral” o los aspectos simbólicos que solo ellas les pueden otorgar. Estas instituciones religiosas son un elemento fundamental de las relaciones sociales en un Líbano en el que los órganos sectarios y los tribunales religiosos se encargan de aplicar el conjunto de las leyes que rigen el estado civil. También están las instituciones educativas, asociaciones de scouts y agrupaciones que prestan servicios de ocio o de salud; estas establecen unos vínculos sólidos con los niños y adolescentes, y facilitan su captación desde su más tierna infancia.

En lo que se refiere al lenguaje, a la terminología y a la retórica política, todas las fuerzas emergentes que aspiran a imponer su dominio en sus comunidades religiosas han controlado los medios de comunicación, empezando por los boletines y los periódicos antes de pasar a la radio y la televisión, así como las películas de propaganda (sin olvidar los sitios en Internet). El objetivo es crear un discurso y una concienciación comunes, elaborar escenarios para el curso futuro de los acontecimientos y describir al “enemigo”, lo que contribuye a consolidar la cultura de la dominación y a aumentar la influencia de la fuerza sectaria.

La división según líneas sectarias de varias regiones libanesas como consecuencia de la guerra, de la memoria inherente en ellas y de sus líneas de demarcación ha favorecido la aparición de formas de hegemonía intracomunitarias. Los puntos en común entre los miembros de una misma comunidad se han vuelto evidentes por la promiscuidad geográfica y la coexistencia en un mismo marco sectario en el que las costumbres y las tradiciones son parecidas y en el que con frecuencia se emplean los mismos eslóganes. A esto se le suma la expresión de la cultura del partido confesional dominante a través de las estatuas, los retratos de mártires, los eslóganes religiosos, los nombres de los restaurantes y de las tiendas y otras señales de pertenencia o de apoyo a un grupo determinado. Estas expresiones han definido las fronteras entre las regiones, así como entre las fuerzas que las controlan.

A todo esto hay que añadir la gran influencia que pueden ejercer los padrinos externos de cada actor hegemónico, y su capacidad para trasladar sus conflictos a Líbano y librarlos a través de sus “protegidos” para enfrentarse en una “guerra subsidiaria”. Una vez más, esto es en cierto modo lo que sucede hoy en día.

El auge de Hezbolá y su injerencia en Siria

En la escena libanesa se observa desde hace dos décadas el auge de una fuerza que se caracteriza por un exceso de poder sin precedentes en los ámbitos institucional, sectario, militar y político: Hezbolá, el único partido libanés que conservó sus armas después del final de la guerra civil. Y la justificación, que la mayoría de los libaneses aceptó hasta el año 2000, fue su resistencia militar a la ocupación israelí. Desde entonces, el partido se ha negado a desarmarse y ha perdido el respaldo de la mayoría. Sin embargo, sigue siendo muy popular entre los chiíes, y entre una parte de los cristianos.

La excesiva fuerza del “Partido de Dios” tiene numerosas consecuencias, y le permite ignorar la democracia consociacional. Lo podemos observar en varios niveles:

– Las relaciones exteriores del partido, que se estructuran alrededor de un conjunto de vínculos orgánicos con Irán en los ámbitos armamentístico, financiero e ideológico y, en segundo lugar, con el régimen sirio en el ámbito estratégico.

– Las decisiones de guerra y de paz, y el uso de las armas del partido sin consultar al gobierno y a las instituciones del Estado libanés; las amenazas de utilizar las armas en las rivalidades internas, como ocurrió en 2008 y 2011 cuando, en dos ocasiones, forzó la dimisión del gobierno.

– Los recursos financieros e institucionales del partido y la creación de un Estado paralelo dentro del propio Estado libanés. Este es diferente de los mini-Estados establecidos por algunas comunidades durante la guerra civil debido al componente ideológico de las instituciones de Hezbolá, que han ejercido su influencia sobre la vida religiosa y los centros de culto, creando una especie de confusión entre la movilización ideológica y los ritos sociales.

Desde 2012, miles de combatientes del partido cruzan la frontera libanesa a petición de Irán para combatir en Siria y apoyar al régimen de Al Assad. Esto viola la “neutralidad” por la que se decantó Líbano en 2011, y más aún cuando los libaneses están divididos en lo que respecta a la situación siria, y cuando gran parte de ellos apoya a la oposición de Al Assad. Por tanto, la intervención militar de Hezbolá en Siria ha agravado las tensiones confesionales, y resulta difícil entender las razones de los atentados con coches bomba que sufrió la periferia del Sur de Beirut en 2014 y 2015 sin relacionarlas con esta misma intervención.

La crisis de los refugiados sirios

A todos los problemas internos y a las tensiones que reflejan las de la región, hay que sumar una crisis de gran magnitud que afecta a Líbano desde 2012: la crisis de los refugiados sirios. Se calcula que, a principios de este año 2016, son 1,2 millones de personas, es decir el 20% de los habitantes del país (hay 4,5 millones de residentes libaneses y 400.000 refugiados palestinos).

Una gran parte de los refugiados sirios vive en condiciones muy difíciles. Es víctima del desplazamiento y de sus circunstancias, y también de las medidas de seguridad y de las restricciones administrativas adoptadas por las autoridades libanesas.

Algunos organismos de Naciones Unidas, organizaciones de la sociedad civil libanesa y también asociaciones sirias tratan de prestar ayuda a los refugiados, pero sus aportaciones siguen siendo muy insuficientes, y los problemas de desempleo, sanidad, desescolarización y vivienda aumentan cada año y amenazan con estallar a la larga.

Conclusión: algunas propuestas de reforma

Por tanto, después de todas las aventuras y desventuras libanesas, después de las transformaciones de las grandes comunidades y en vista de la creciente relación recíproca entre los actores extranjeros y los locales, podríamos concluir que el sistema libanés ya no es capaz de dirigir el país. Los conflictos han sido habituales en el pasado, y nunca se han resuelto mediante el desarrollo del sistema para permitirle evitar los bloqueos o atenuar los enfrentamientos.

Paralelamente, las experiencias pasadas, la relación de fuerzas políticas y el apego de los principales actores del país por el confesionalismo podrían llevarnos a concluir que, hoy en día, cualquier reforma radical es difícil, por no decir imposible.

La última iniciativa de la sociedad civil contra la corrupción y la “crisis de la basura” –una gran campaña bajo el lema “Apestáis” reunió a millares de libaneses en las calles de Beirut el pasado verano para manifestarse en contra de la escandalosa gestión de la crisis de la basura, que se acumulaba desde hacía meses en las calles de la capital y de varias regiones del país– no dio lugar a ningún cambio real, y la clase política no ha modificado sus prácticas ni ha encontrado soluciones permanentes a la crisis.

Por tanto, hay que plantearse urgentemente algunas reformas realistas que permitirían que el sistema político evolucione, que evite los bloqueos o que, al menos, aborde los conflictos que podrían bloquearlo. Esta urgencia, no obstante, no excluye la posibilidad de reflexionar para llevar a cabo reformas más profundas en el futuro; al contrario, abona el terreno para este proceso, que no se puede iniciar en el contexto actual.

Las reformas que, hoy, pueden tener un impacto apreciable en la vida política y las instituciones constitucionales pretenden alcanzar cuatro objetivos: debilitar los monopolios de la representación confesional para evitar los interminables enfrentamientos verticales en la sociedad; debilitar el propio confesionalismo; respaldar el desarrollo local en las diferentes regiones de Líbano para dificultar el clientelismo en el ámbito político y fomentar la aparición de iniciativas locales; y desarrollar un programa de ayuda a los refugiados y de apoyo a las regiones pobres (especialmente en el Norte y en la Bekaa, en el Este del país) donde se concentra una gran parte de estos refugiados.

Aunque se aprovechan en gran medida de su poder, la mayoría de las élites políticas y confesionales ya no pueden soportar unos enfrentamientos que podrían escaparse totalmente de su control si se agravan. Hezbolá es, una vez más, una excepción en este ámbito por su poderío militar, su programa y sus alianzas regionales. No obstante, el partido prefiere mantener su papel político y su intervención en Siria en unas condiciones “favorables” en vez de en un contexto tenso marcado por continuos enfrentamientos internos. Además, aunque la evolución de la situación regional condiciona en cierta manera a Líbano, las reglas del juego actual no permiten relativizar su trágico impacto.

Eso posibilitaría que se llevasen a cabo reformas en el país como:

– la reforma del sistema electoral adoptando una ley electoral proporcional capaz de acabar con los monopolios de la representación confesional;

– la creación de un Senado cuya composición respete la complejidad confesional y que posibilite, en cambio, la secularización (gradual) del Parlamento;

– la revisión de la ley sobre la nacionalidad que permita naturalizar a los descendientes de inmigrantes libaneses (lo que aplacaría los temores demográficos cristianos), y que permita a las mujeres libanesas dar la nacionalidad a sus cónyuges e hijos;

– la creación de un Código Civil facultativo que regule los estatutos personales y que ofrezca a los libaneses la posibilidad de optar por el laicismo;

– la elaboración de un esquema de descentralización que permita a los consejos municipales desarrollar sus servicios y reducir así el clientelismo del que sirven determinadas formaciones políticas para aumentar sus bases electorales.

Es cierto que también son necesarias otras reformas, sobre todo en los sectores socioeconómicos, y es cierto que hay que plantearse medidas y procedimientos en el ámbito de los derechos humanos, el medio ambiente y el monopolio de la violencia por parte del Estado (y por tanto el desarme de Hezbolá).

Pero dentro de la urgencia actual, y dentro de lo que puede ser posible, las reformas políticas como las que se han mencionado parecen prioritarias para contener las tensiones internas y suavizar los efectos que podrían tener las condiciones conflictivas en Oriente Medio.