Condenados a la desconfianza en Palestina

Dados los antecedentes y las líneas rojas que ninguno de los dos bandos va a traspasar, resulta aventurado suponer que las estipulaciones acordadas en la tregua se cumplirán.

Jesús A. Núñez Villaverde

Toda tregua que calle las armas es, en principio, una buena noticia. Y eso mismo cabe aplicar a la que, 50 días después de su inicio, ha puesto fin a la operación militar israelí “Margen Protector”. En todo caso, atendiendo a los antecedentes acumulados tras seis guerras y dos Intifadas –a las que hay que sumar las operaciones israelíes de castigo contra Gaza, “Plomo Fundido” (2008) y “Pilar de Defensa” (2012)–, resultaría fuera de lugar lanzar las campanas al vuelo, interpretándola como un paso decisivo hacia la paz en Palestina.

Lo que se impone, por fuerza, es una elemental cautela teñida de desconfianza a la hora de analizar lo acordado entre Israel y la Autoridad Palestina (AP), con la tradicional mediación egipcia, y, más aún, al tratar de imaginar qué puede ocurrir a partir de aquí. Lo primero que conviene resaltar es lo inapropiado de las declaraciones de ambos bandos proclamando la victoria. Con más de 2.000 víctimas mortales, en torno a 400.000 personas desplazadas (sobre un total de 1,7 millones de gazatíes), miles de casas destruidas y unas infraestructuras civiles de todo tipo arrasadas resulta un sinsentido hablar de victoria.

Tanto los portavoces israelíes como los de Hamás aparecen atrapados en un rígido guion que les lleva a proclamar algo inexistente, por la sencilla razón de que ninguno de ellos, como se ha demostrado ya tres veces, está en condiciones de destruir definitivamente al otro. Aun así, ambos siguen sumidos en una recurrente dinámica de violencia que periódicamente desemboca en el mismo punto: muerte indiscriminada de civiles, violaciones del derecho internacional, críticas internacionales, peticiones de contención a las partes y negociaciones contrarreloj para acordar un precario cese de hostilidades. Y así hasta el próximo estallido.

Como en ocasiones anteriores, y de manera simultánea, hemos asistido a los combates por tierra, mar y aire y al correcalles de los negociadores. En el terreno militar, Israel ha recurrido a las armas hasta que ha considerado que había logrado, al menos, reducir la amenaza a un nivel aceptable. Sobradamente consciente de que eliminar definitivamente a Hamás solo sería posible con una invasión y reocupación completa de la Franja –algo que escapa a sus cálculos, por la enorme carga económica y sociopolítica que tendría para sus actuales gobernantes–, ha optado una vez más por una estrategia que se circunscribe a golpear lo más duramente posible durante el limitado lapso que le otorga la cobertura política de Washington, hasta que la siempre lenta maquinaria onusiana y la presión internacional terminan por imponer una nueva tregua temporal.

De ese modo, sus objetivos se centran en reducir la capacidad operativa de Hamás –incluyendo sus sistemas de mando y control, su arsenal y su disponibilidad de túneles hacia territorio israelí. La incursión terrestre ha sido una fase más de esa estrategia, para rematar la tarea realizada inicialmente por los bombardeos aéreos y navales y por el fuego artillero, calibrando a diario el nivel de penetración en zonas urbanas para lograr un mayor grado de desmantelamiento de la infraestructura de sus enemigos, sin exponerse a sufrir más bajas propias o a la posibilidad de que alguno de sus soldados fuera capturado.

Por su parte, Hamás ha vuelto a demostrar su capacidad para rearmarse tras los daños sufridos en 2012, invalidando los esfuerzos tanto del Tsahal como de los servicios de inteligencia israelíes (que se traducen incluso en golpes quirúrgicos hasta en Sudán) para prevenir la llegada de cohetes a la Franja. Aun así, y a pesar de que los 71 muertos israelíes indican un notable incremento de su capacidad de combate, es un hecho evidente que ni con sus comandos ni con sus cohetes ha logrado perturbar seriamente la vida israelí, ni mucho menos modificar el rumbo de su estrategia de hechos consumados para terminar dominando de manera efectiva toda la Palestina útil.

A partir de esa constatación, y dada la sobresaliente eficacia del sistema antimisiles israelí (se estima que al menos el 85% de los más de 1.800 cohetes lanzados han sido interceptados), cabe concluir que Hamás en el inmediato futuro tratará de añadir a los cohetes iraníes Fajr-5 y a los sirios M-302 Khaibar otros ingenios con mayor alcance y precisión. Del mismo modo, es previsible que vuelva a activar a sus milicianos para llevar a cabo acciones (secuestros y/o atentados) en territorio israelí. En el terreno diplomático, el paso de los días fue diluyendo las propuestas de mediadores como Turquía y Qatar, en la misma medida que Egipto volvía a asumir su papel de único mediador operativo. Así lo han reconocido tanto el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, como el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, ambos desplazados a la capital cairota para impulsar algún tipo de acuerdo.

Y así, aunque sin la confianza de otros tiempos, lo ha tenido que asumir también Hamás, aun a sabiendas de que lo que hoy venga de El Cairo (tras la irrupción en escena del presidente Abdel Fatah al Sisi) tenderá a ser más sensible a los requerimientos israelíes que a los del Movimiento de Resistencia Islámico. En ese mismo sentido se ha alineado el propio presidente palestino, Mahmud Abbas, al que se le ha dejado en esta ocasión tener algún protagonismo, tras su entrevista en Doha con el líder principal de Hamás, Jaled Meshaal.

Aunque Hamás mostró inicialmente su rechazo a las ofertas de alto el fuego, por entender que ni siquiera había sido consultado por El Cairo, era bien consciente de su debilidad negociadora. Aunque es un hecho que Hamás ha sido tradicionalmente un más que aceptable cumplidor de las treguas establecidas hasta hoy, resulta evidente que en su actual situación de debilidad política y aislamiento creciente (sin el apoyo de Egipto y con Irán mostrándose muy reticente a sus actuales intentos de acercamiento) no dispone del peso político suficiente para lograr que sus peticiones sean atendidas en ninguna mesa de negociaciones.

La posición de Israel

Sin olvidar en ningún caso esa diferencia de fuerzas y de apoyos, lo único que se ha logrado por el momento es un simple cese de hostilidades. Dados los antecedentes registrados por ambos bandos y las líneas rojas que ninguno de ellos va a traspasar, salvo que sus dirigentes decidan su suicidio político, resulta muy aventurado suponer que se van a cumplir las estipulaciones centrales acordadas. En primer lugar, no es realista imaginar que Israel (y Egipto) va efectivamente a levantar por completo el asedio a la Franja, permitiendo el libre movimiento de personas y mercancías; aunque solo sea para no contribuir al fortalecimiento de Hamás (que “vendería” políticamente ese paso como una victoria propia) y para evitar que parte de los materiales que se introduzcan sea empleada para la reconstrucción de túneles que puedan llegar a territorio israelí.

Tampoco cabe esperar que el gobierno israelí vaya a liberar a los prisioneros palestinos que se acumulan en sus cárceles (tanto a los que aun quedaban pendientes tras el acuerdo por la liberación del soldado Ghilat Shalid, como a los detenidos desde el secuestro de los tres jóvenes israelíes el pasado mes de junio). Lo mismo cabe decir, en sentido contrario, de la desmilitarización de Hamás (y el resto de grupos armados operativos en Gaza), dado que sus dirigentes saben que eso les dejaría política y militarmente desactivados, sin contar con ningún recurso alternativo con el que puedan seguir soñando con presionar a Israel.

Si ninguna de esas condiciones se cumplen –y todo apunta a que así será– es fácil imaginar que cualquiera de las partes puede en cualquier momento bloquear el acercamiento, impidiendo que se llegue a abrir un nuevo proceso negociador, tal y como está en principio previsto. Por si eso no fuera suficiente, el gobierno israelí ya se está encargando de poner más piedras en la rueda de un siempre precario ejercicio diplomático, con decisiones tan negativas como el inicio del proceso para confiscar 400 hectáreas de terreno en las inmediaciones del pequeño asentamiento de Gvaot (en las cercanías de Gush Eztion, al sur de Jerusalén).

Con un gesto como este, Netanyahu pretende, en primer lugar, recuperar las simpatías del poderoso grupo de presión de colonos y ultraortodoxos. Pero también le sirve para mostrar su poder, desairando a Washington y sus más fieles aliados internacionales que, políticamente impotentes, se limitan a declarar su contrariedad por una iniciativa que obstaculiza cualquier solución al problema, sin adoptar ninguna medida efectiva ante lo que solo puede ser visto como una violación más del derecho internacional. Más aun, le sirve asimismo para volver a dejar a Mahmud Abbas en la estacada, justo cuando el rais palestino se empeña desesperadamente en convencer a su audiencia de que tiene el compromiso del gobernante israelí para crear un Estado palestino en las fronteras de 1967.

El lado palestino

Llegados a este punto, y mientras Netanyahu no ve peligrar su puesto a corto plazo, la situación es muy distinta para los palestinos. Abbas no solo ha agotado formalmente su mandato hace ya casi cinco años, sino que sigue siendo diariamente ninguneado por los gobernantes israelíes y criticado internamente por su incapacidad para mejorar siquiera ligeramente el nivel de bienestar de los palestinos y para alumbrar un Estado palestino.

Por su parte, Hamás sigue aferrado a una legitimidad electoral que se remonta ya a 2006 (sin que los electores hayan tenido desde entonces la oportunidad de manifestarse), sometido a un progresivo desgaste internacional (identificado como grupo terrorista por Washington y Bruselas y sin el apoyo que le prestaban los Hermanos Musulmanes egipcios) e interno (con una población sometida obligadamente a su dictado y castigada directamente como resultado de sus acciones). En esas condiciones no cabe dar por sentado que el acuerdo establecido el pasado mes de abril para la constitución de un gobierno de unidad, que debe organizar unas elecciones presidenciales y legislativas en el plazo de seis meses, vaya a salir indemne. Por último, queda por ver cómo se encara la reconstrucción de Gaza.

La primera incógnita a resolver es el volumen de recursos que los participantes en la prevista Conferencia de Donantes están dispuestos a movilizar. Desde el arranque de los Acuerdos de Oslo son innumerables ya las convocatorias internacionales diseñadas con fines similares (abarcando igualmente a Cisjordania) y, vistas en conjunto, el balance que presentan es netamente negativo. El problema principal no es el notable desfase entre lo prometido en cada conferencia y lo desembolsado finalmente, ni tampoco el hecho de que uno de los pilares principales que ahora destacan sus promotores sea la implicación del sector privado (como si los empresarios e inversores internacionales estuvieran deseando acudir a la Franja).

Más relevante aun es que sea cual sea el esfuerzo realizado, todo vuelve a quedar a expensas de la voluntad de los gobernantes israelíes para permitir que lo aportado pueda llegar a manos de sus potenciales beneficiarios. El bloqueo por tierra, mar y aire de mercancías en los pasos que controla Israel, el retraso en la transferencia de fondos que Tel Aviv debe realizar obligatoriamente a la AP en cumplimiento de los acuerdos ya firmados, los daños causados por Israel sistemáticamente en el Territorio Ocupado Palestino, y tantos otros factores resultantes del afán israelí por ahogar el futuro de sus vecinos, son hechos cotidianos que terminan provocando despilfarro de fondos, el agravamiento de la dependencia palestina de la ayuda internacional (con su correspondiente corolario de corrupción e ineficiencia) y obligados trasvases de fondos diseñados para la inversión y el desarrollo a mera ayuda humanitaria.

Al mismo tiempo, el propio concepto de reconstrucción parece inadecuado cuando se aplica a un territorio que ya antes del reciente estallido de violencia se encontraba en una situación de desastre total sin paliativos. Si reconstruir significa volver a ese punto, nos encontraríamos nuevamente en la casilla cero de un proceso que no avanza desde hace décadas. No por capricho la UNRWA sostiene que en las condiciones actuales serían necesarios 18 años para la reconstrucción de la Franja. ¿Tenemos ese tiempo?