Ciencia y conciencia ecológicas

Maria-Àngels Roque

Directora de Quaderns de la Mediterrània

Cuando hablamos de medio ambiente, es necesario recurrir al término «equidad», que define el nuevo reto que emerge ante las consecuencias del cambio climático y la destrucción de la naturaleza. A poco que entremos en materia, vemos que la ONU advierte en el Informe sobre Desarrollo Humano de 2011 que la degradación del medio ambiente amenaza el progreso global y, en especial, el de los países más pobres. Las desigualdades en este ámbito son manifiestas: así, el habitante de un país con un Índice de Desarrollo Humano (IDH) muy alto emite 30 veces más dióxido de carbono  que un habitante de un país con un IDH inferior. Estas emisiones tan elevadas se deben al gasto de energía derivado de la conducción de vehículos, la calefacción y el aire acondicionado, así como al consumo de alimentos procesados y empaquetados. Por ello, muchas veces el crecimiento económico corre parejas con la degradación ambiental. El estudio El mundo en 2050, que se basa en las proyecciones del PIB per cápita y en el crecimiento de la población para presentar posibles escenarios de futuro, prevé que la demanda energética  es un reto difícil pero asequible con inversiones importantes en eficiencia energética y con energías alternativas de baja emisión de carbono. No obstante, satisfacer las necesidades nutricionales y el acceso a recursos sostenibles para 9.000 millones de personas en 2050, una población cuyo nivel de vida se prevé más elevado que el actual, presenta numerosas incógnitas. En 2050 sería necesario aumentar el nivel de producción agrícola en un 70%, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO), con las dificultades que ello supone para la erosión del suelo y la obtención de agua. Las proyecciones para 2025 apuntan que dos terceras partes de la población mundial –es decir, 5.500 millones  de personas- vivirán en zonas de escasez de agua.

Estos datos son especialmente preocupantes para nuestra región mediterránea, que presenta un ecosistema cada vez más fragilizado, por lo que  el  medio ambiente constituye uno de los desafíos principales. Las sociedades de los países ribereños deben afrontar grandes retos democráticos en los que  la economía, la cultura y la ecología son decisivos en el presente y lo serán todavía más en el futuro. El acceso al agua, la contaminación del aire, el empobrecimiento de los recursos marinos, la contaminación y la gestión de las aguas residuales, la urbanización incontrolada del litoral, la consecuente desaparición y debilitación de la fauna y la flora, y el aumento incontrolado de los  medios de transporte tanto por mar como por tierra deberán ser gestionados para no producir un colapso de las capacidades y conseguir una mayor eficiencia energética en el marco de un desarrollo sostenible. Este gran objetivo deberá ser considerado por los diversos actores en todos los niveles de la sociedad, con el fin de encontrar soluciones a unos problemas que afectan no sólo a los que vivimos actualmente en estos territorios, sino también a las generaciones futuras.

El presente dossier, titulado «Ecología y Cultura», constituye una reflexión de carácter interdisciplinar llevada a cabo por pensadores, escritores, expertos en diversas disciplinas técnicas y medioambientales para abordar los  importantes retos territoriales, políticos y culturales, por lo que también ofrecen  algunos ejemplos de buenas prácticas. Se trata, en definitiva, de buscar la necesaria  adecuación entre ciencia y conciencia ecológicas. En este sentido, el pensador Edgar Morin en la entrevista que aparece en este número, nos insta a desarrollar en el siglo XXI el pensamiento ecologizado, basándose  en tres puntos: primero, la reintegración de nuestro entorno en nuestra conciencia antropológica y social; segundo, la resurrección ecosistémica de la idea de naturaleza; y tercero, la aportación decisiva de la biosfera a nuestra conciencia planetaria.

Las limitaciones de espacio que impone la revista nos obligan a escoger aquellos temas que nos parecen más importantes en el ámbito de la ecología, así como a dar la palabra a algunos actores de la sociedad civil que, con sus reflexiones o experiencias, nos puedan incitar a afrontar ese gran desafío ecológico en nuestra zona mediterránea. Los autores, en general, reclaman una visión ecosistémica para incidir de una forma justa y global en nuestro entorno, pero teniendo en cuenta la diversidad geográfica y cultural.

Así, el agua es un tema prioritario, que abordamos mediante diferentes aproximaciones. El profesor Pedro Arrojo, partiendo de una problemática global, arguye la necesidad de enfocar su distribución desde un punto de vista ético. En este sentido, nos advierte que los graves perjuicios causados a los ecosistemas acuáticos durante las últimas décadas hacen necesaria la aplicación del principio de sostenibilidad en la gestión de aguas a nivel mundial. La actual escasez de agua impone, en efecto, la administración de este recurso como un derecho de ciudadanía universal. Para ello, las políticas ambientales que se han llevado a cabo hasta hace bien poco, caracterizadas por la ineficiencia y la irresponsabilidad, deben cambiar de forma radical. Por esta razón, Arrojo defiende asumir como base de la gestión de aguas el principio de sostenibilidad, desde ese enfoque ecosistémico antes mencionado, al tiempo que exige reforzar la responsabilidad pública en esta materia. Por su parte, el investigador  Habib Ayeb, residente en El Cairo, nos advierte cómo en los países del sur del Mediterráneo la escasez de agua se vive desde hace décadas de forma preocupante. A lo largo de los siglos, las condiciones físicas y climáticas de esta zona han obligado a los pueblos que la habitan a idear mecanismos que garantizaran la producción agrícola al tiempo que respetaban la biodiversidad vegetal del territorio. La supervivencia de los pequeños agricultores y, en general, de toda la población del sur del Mediterráneo ha estado siempre basada en la consideración del agua como un bien preciado y escaso. Sin embargo, en los últimos años han ido desapareciendo las infraestructuras hidráulicas tradicionales para dar paso, en nombre del progreso, a la sobreexplotación sin freno de los recursos naturales. Para Ayeb, dicha sobreexplotación beneficia únicamente a los inversores con intereses económicos en la zona y a los responsables políticos vinculados a ellos.

No obstante, podemos encontrar también muchas buenas prácticas innovadoras  que van ganando terreno,  sobre todo  gracias a la iniciativa de una sociedad civil activa que está a favor del medio ambiente y de la revisión del modelo de desarrollo en la región. Latifa Almou nos presenta una buena práctica de gestión del agua por parte de las asociaciones y cooperativas en la zona sur de Marruecos. En buena parte de las zonas áridas del sur del Mediterráneo el acceso al agua potable en las zonas rurales es  o incluso inexistente, lo que condiciona la vida cotidiana de estas comunidades, ya difícil de por sí. Para hacer frente a esta situación se han puesto en marcha proyectos de cooperación, que intentan garantizar el acceso de algunas poblaciones rurales al agua potable mediante el uso de un sistema de gestión comunitario. Desde 1994, la Asociación Tichka, a la que pertenece Almou, trabaja en distintos programas para el abastecimiento de agua en el sur de Marruecos. Estos proyectos, que abarcan aspectos tanto técnicos como sociales y educativos, han logrado mejorar en gran medida las condiciones de vida y la gobernanza local en las zonas en las que se han implantado.

Otro tema mayor vinculado a los recursos marinos, concretamente a la pesca, es el que trata el investigador Jordi Lleonart, que explica que la tradición pesquera en el Mediterráneo atraviesa en la actualidad una situación muy precaria debido a la sobreexplotación de los recursos llevada a cabo en las últimas décadas. Las dificultades de una gestión común entre los distintos países que poseen aguas jurisdiccionales en la cuenca, así como la demanda cada vez mayor de especies capturadas, ponen de manifiesto la ineficacia del modelo de pesca actual. A ello cabe añadir otros factores que contribuyen al agotamiento de los recursos, como la degradación de los ecosistemas, el avance del cambio climático o la competencia de precios que impone la globalización. Todo esto hace que el futuro de la pesca pase por una serie de decisiones que garanticen la preservación de las especies y acaben con las políticas de obtención de rendimientos económicos a corto plazo. Un factor de especial impacto en este sentido son las subvenciones. Lleonart manifiesta que el dinero público puede ser útil para orientar la pesca hacia una actividad más racional y respetuosa, evitar la sobrepesca y recuperar recursos, sin embargo, suele utilizarse de modo opuesto y tiende a potenciar la sobreexplotación, a menudo bajo el escudo de intereses nacionales.

Por otra parte, desde hace milenios el paisaje mediterráneo tiene la impronta humana que han ido dejando sus consecutivas civilizaciones. El socioécologo Ramon Folch afirma que los territorios socioeconómicamente avanzados, también llamados desarrollados, son siempre territorios que han sufrido una gran transformación pero, por intensa que sea esta transformación antrópica, es decir, originada por el ser humano, no se puede obviar la realidad previa de la matriz de base. Esto constituye una evidencia elemental olvidada con demasiada frecuencia. El conocimiento y reconocimiento de las posibilidades y limitaciones de la matriz biofísica, así como de la matriz ambiental que de ella se deriva, es un componente capital de la gestión territorial «sostenibilista».  De acuerdo con esta apreciación pero desde otro punto de vista, Luis Díaz Viana y Gianluca Solera retoman el paisaje y lo llevan al mundo del conocimiento propio para incidir, el primero en el valor de las ciencias sociales y el segundo en diversos ejemplos de buenas prácticas de la sociedad civil tanto en el norte como en el sur y este del Mediterráneo.

Para el antropólogo Luis Díaz Viana, con el desarrollo de las ciudades, el éxodo de la población rural a las zonas urbanas comenzó hace siglos como un fenómeno de búsqueda de la naturaleza y retorno al mundo rural que, desde entonces, ha acompañado al ser humano. En este retorno, además de razones prácticas y económicas, influye sin duda un aspecto psicológico: volver al campo es un sueño perseguido, un anhelo de reencontrarse con los lugares y tiempos de nuestra infancia. Así pues, la memoria juega un papel fundamental en este fenómeno de regreso al mundo rural que, en algunos países de Occidente, se está convirtiendo en una práctica bastante común. Por ello, las dinámicas de redistribución poblacional, observadas desde una perspectiva multidisciplinar, pueden dar respuesta a las grandes cuestiones planteadas por las ciencias sociales. Para  Gianluca Solera, coordinador de red de la Fundación Euromediterránea Anna Lindh para el Diálogo entre Culturas, hablar de conservar el paisaje conocido ya no es cuestión simplemente de proteger ciertos espacios de la urbanización y la industrialización salvajes. El autor admite que también se trata  de eso, y afirma: «Mi país  Italia, ostenta la triste primacía de tener el nivel más alto de producción de cemento y consumo de suelo de Europa, junto con España». Pero subraya básicamente la pérdida de la identidad territorial, la pérdida de la memoria de los lugares, la simplificación de la diversidad biológica y la superposición de comunidades culturales y étnicas diferentes. Hoy en día, manifiesta Solera, es necesario trabajar para recuperar la diversidad biológica valorando la diversidad cultural, que se enriquece día tras día con los desplazamientos y los flujos migratorios, algunos de los cuales están provocados por las crisis ecológicas o las perturbaciones climáticas.

Si nos adentramos en el terreno de la cultura, el concepto de dieta mediterránea aparece desarrollado en el artículo de Sandro Dernini. Para el coordinador del Foro sobre Culturas Alimentarias del Mediterráneo, se trata de un concepto que va más allá de la comida y que define más bien de un estilo de vida basado en la tradición, la sostenibilidad y el bienestar. De esta manera, el consumo de productos locales de temporada, la preparación de platos siguiendo recetas tradicionales y el respeto por la biodiversidad del entorno constituyen los pilares de esta dieta tan variada y reconocida como una de las más saludables del mundo. Asimismo, Dernini argumenta que el seguimiento de la dieta mediterránea asegura la conservación del territorio y el desarrollo de actividades tradicionales características de cada comunidad frente a los cambios que conlleva la globalización. La dieta representa, así, la «memoria» colectiva de las diversas comunidades que viven en el Mediterráneo, que ha sido desde la Antigüedad una encrucijada de gentes diversas que han desarrollado civilizaciones, lenguas, religiones, y tradiciones y prácticas alimentarias distintas. Los conceptos de estacionalidad, producción local y variedad de colores para las frutas y verduras se introdujeron junto con los de frugalidad, comidas principales del día, entorno alegre y actividad física. Para Dernini, éste es el modelo que caracteriza las dietas sostenibles, en las que la nutrición, la producción local de alimentos, la biodiversidad y la cultura  se hallan fuertemente interconectadas, con un bajo impacto en el medio ambiente.

Si Ramon Folch mantiene que la desestructuración territorial y la deterioración ambiental resultan de la ocupación espacial sin directrices urbanísticas, Henri-Luc Thibault, director del Plan Azul, y Habib El Andaloussi, responsable del programa Energía del Plan Azul, nos recuerdan a través de un estudio prospectivo que, pese a las alarmas lanzadas desde 1992 en conferencias internacionales que tenían por objetivo frenar el calentamiento global, y pese a las perspectivas de disminución de los recursos energéticos fósiles que aconsejan moderar el consumo, lo cierto es que se han emprendido pocas acciones o medidas para incidir en la demanda energética. Sin embargo, hay medidas muy concretas que pueden tener importantes repercusiones en este ámbito, por lo que los autores nos ofrecen varios escenarios. Tal es el caso de todo lo relacionado con la mejora de la eficiencia energética en la construcción, imparable debida a la demanda demográfica. A partir de la labor realizada en el marco del Plan Azul, estos analistas han diseñado un escenario de ruptura para el año 2030 en el campo de la energía para los países del sur y el este del Mediterráneo. En él, Thibault y El Andaloussi destacan la importancia de la construcción en el consumo energético regional y los distintos instrumentos que podrían utilizarse para reducirlo.

Como escribe el director general del IEMed, Andreu Bassols, en la presentación de este número de Quaderns de la Mediterrània, todos estos aspectos nos llevan a una cuestión clave: la exigencia de impulsar una gestión, un gobernación regional del Mediterráneo. Sin la colaboración de todos los países y de todos los actores, el Mediterráneo podría no ser sostenible. Necesitamos esa cooperación regional para abordar juntos todos los temas que tienen una dimensión transnacional.

El contexto político de la Unión por el Mediterráneo, a pesar de las dificultades que el proyecto de integración está viviendo estos días, debería constituir un espacio de acción y reflexión para la implementación de elementos de desarrollo social, económico y cultural, donde la ecología no es un factor baladí, sino todo lo contrario. Gianluca Solera advierte que la misión de la UpM se focaliza sobre algunos ámbitos específicos, entre ellos el medio ambiente, por lo que necesita una visión política global en vistas a la sostenibilidad en un momento de fuerte demanda de puestos de trabajo. A pesar de la naturaleza estrictamente intergubernamental de las instituciones, es deseable que la sociedad civil organizada pueda «interferir» en la elección de algunas de las inversiones que se lleven a cabo por parte de los gobiernos. La  reunión celebrada en junio de 2011 en Barcelona entre una cuarentena de ONG en defensa del medio ambiente y la Secretaría de la UpM ha permitido poner en marcha la idea de crear un grupo permanente de coordinación que pueda desempeñar funciones de presión, consulta y formación sobre las instancias de la UpM, para que las inversiones en los ámbitos de la descontaminación, la biodiversidad y la energía tengan como objetivo la sostenibilidad ecológica.

No obstante, ésta es una tarea que nos compete a  todos y que conlleva nuestra propia transformación de simples consumidores en agentes mediadores con la naturaleza, con los otros pueblos y con nosotros mismos. En este  sentido, junto a los trabajos de los especialistas y de diversos actores del mundo asociativo, Quaderns de la Mediterrània integra las reflexiones  de dos reconocidos intelectuales, uno de Occidente y otro de Oriente, que nos exponen  una visión  ética  de la ciencia y la conciencia ecológicas. El primero, citado más arriba, es el pensador Edgar Morin, que propone desarrollar un pensamiento «ecologizado» en todas las disciplinas, para acabar con las visiones fragmentadas. El segundo es el escritor Haruki  Murakami, que explica la última y devastadora catástrofe sufrida en Japón y acaba con un llamamiento optimista: «No debemos tener miedo de soñar. No debemos dejarnos vencer por los desastres que se presentan con el nombre de “eficiencia” y “conveniencia”. Tenemos que ser “soñadores poco realistas” que avancen con paso firme. Los humanos morimos y desaparecemos. Pero la humanidad perdura. Es algo que se hereda indefinidamente. Por encima de todo, tenemos que creer en la fuerza de la humanidad».  

El diálogo para conseguir que nuestros países estén más cohesionados y sean más respetuosos con los derechos humanos y con la participación ciudadana es la base para innovar y para realizar sueños de forma conjunta en nuestro espacio euromediterráneo.