Catalizadores del cambio

En su lucha por la participación y la transparencia, la nueva generación digital busca construir una ciberdemocracia como la mejor garantía para controlar a las instituciones.

Lali Sandiumenge

El hackerspace de Nawaat es una sala amplia y confortable amueblada con una gran mesa de reuniones y un par de sofás. Está ubicada en el edificio que el blog colectivo Nawaat alquiló cerca de la céntrica plaza de la Kasba de Túnez tras la caída de Zine el Abidin ben Alí. El reglamento interior del hackerspace (http://hackerspace.tn), el primero que ha visto la luz en el mundo árabe, se guía por un axioma que vincula el mundo offline con el online y que se adapta a la perfección a los nuevos vientos que soplan en el mundo árabe: “Aceptamos parches: en la vida como en el código, todo es dinámico y susceptible de ser modificado; no os quejéis, cambiad”. Nawaat (http://nawaat.org) era antes de la revolución tunecina una de las plataformas digitales más potentes de disidencia contra el régimen.

Fundada en 2004 por Sami ben Gharbia y los hermanos Riad y Sufien Guerfali, a los que se sumó un poco más tarde Malek Khadraui, actuó siempre desde el exilio, diseminando la información prohibida y ayudando a través de Internet a los activistas en el interior a contactar y airear en el exterior los trapos sucios de la dictadura. Durante la transición, se ha transformado en una asociación que controla que el camino hacia la democracia preserve los valores de la revolución y, en especial, la libertad de expresión y de información y el poder de los ciudadanos de participar activamente en los asuntos públicos y de fiscalizar a sus gestores.

También busca proteger e impulsar la libertad en Internet y utilizar la tecnología para fortalecer la sociedad civil y promover una democracia participativa. De eso van muchos de los proyectos que se están desarrollando en el hackerspace, una suerte de laboratorio colaborativo de ideas que surgió del encuentro entre los miembros de Nawaat y dos veteranos defensores del código libre, Chemseddine ben Jemaa y el tuitero Slim Amamu. Juntos organizan de vez en cuando “reuniones de programadores” o hackathon, un término compuesto por “hack” y “maratón”. En el primero que celebraron, a finales de diciembre de 2011, el local se llenó y, como símbolo de que una nueva era arrancaba, contó con la participación de Moez Chakchuk, el nuevo director de la Agencia de Internet Tunecina (ATI), el antiguo aparato de censura del régimen.

El encuentro, de tres días, puso en marcha el desarrollo de varios proyectos que reflejan bastante en lo que anda metida la comunidad digital del país: la mayoría tiene que ver con la libertad de acceso y flujo de la información, la transparencia y la participación ciudadana. Nawaat es un ejemplo que ilustra cómo los blogueros y activistas digitales árabes que lucharon contra los regímenes autocráticos de la región han asumido un papel relevante en las transiciones. Desde el retiro forzoso de Ben Ali y Hosni Mubarak, en los dos países ha florecido una plétora de iniciativas digitales para la movilización social y política, especialmente en Egipto. Los nombres que lideran algunos de los proyectos son los mismos pioneros que empezaron a usar Internet como herramienta de cambio hace una década, a los que se ha añadido una enorme cantidad de activistas y ciudadanos periodistas.

Reconociendo el rol promotor que Túnez jugó en la llamada Primavera Árabe, muchos de ellos –casi un centenar de toda la región– se reunieron en octubre de 2011 en la capital tunecina en la Tercera reunión de blogueros árabes, una conferencia organizada por Nawaat, Global Voices Online y la Fundación Heinrich Böll, para valorar qué papel desempeñaron en la historia reciente de sus países, explorar las nuevas formas de activismo y debatir la participación de los medios sociales en la construcción de una nueva sociedad. Para todos ellos, la revolución continúa y no acabó con la caída de los dictadores. Así, las herramientas de Internet son tan importantes durante la transición cómo lo fueron para preparar el camino hacia la revuelta. Su contribución se ha articulado de maneras distintas.

Algunos de ellos decidieron hacerlo desde la participación en las nuevas instituciones políticas y fueron candidatos a las elecciones en sus países, aunque ninguno fue elegido (es el caso de Riad Guerfali y Amira Yahyaui a la Asamblea Constituyente de Túnez o de Mahmud Salem Sandmonkey y Dalia Ziada en las legislativas de Egipto). Otros, como Nawaat en Túnez o Wael Abbas en Egipto, se han centrado en la promoción del periodismo ciudadano y en la formación de nuevas hornadas de activistas e informadores. La mayoría están implicados hoy en iniciativas que tratan de seguir empoderando a los ciudadanos, fiscalizar el nuevo poder o ajustar cuentas con el pasado. Por poner unos pocos ejemplos, la página de Facebook “Todos somos Khaled Said” (http://www.facebook.com/ElShaheeed) que abrió bajo el anonimato en junio de 2010 el egipcio Wael Ghonim, responsable de marketing de Google en Oriente Medio, tiene cerca de 2,4 millones de seguidores y sigue siendo hoy un foro de debate político muy activo e influyente (cada una de las entradas tiene decenas o centenares de comentarios y miles de “me gusta”) y una máquina de movilización muy bien engrasada cuando se convocan protestas.

Otra iniciativa interesante para promover el diálogo y la reflexión es la que lanzó en junio de 2011 el bloguero Alaa Abd el Fattah, considerado como el padre de la blogosfera local, cuando organizó el primer “tweet nadwa”, o “encuentro de tuiteros” para trasladar al mundo offline las discusiones políticas que se mantienen de forma cada vez más creciente en Twitter. En la primera sesión, dedicada a debatir con los jóvenes blogueros islamistas el papel de los Hermanos Musulmanes en el futuro del país, se proyectaron en una gran pantalla los tuits relacionados con el tema y se limitaron a 140 segundos (por los 140 caracteres máximos de un mensaje de Twitter) cada una de las intervenciones. Desde entonces, se han celebrado periódicamente más reuniones.

Mantener viva la revolución

Túnez y Egipto son los dos países pioneros de la Primavera Árabe y los dos más hábiles y veteranos en el uso de la tecnología para el cambio social y el activismo. En ambos, los medios sociales se están utilizando con ingenio y eficacia para mantener viva la revolución, promover la transparencia y la rendición de cuentas, ampliar las barreras del periodismo clásico y reforzar el papel de la sociedad civil. En Egipto, gran parte de la actividad se ha centrado en difundir la información censurada por la Junta Militar que asumió el poder interinamente tras la caída de Mubarak y en promover el debate político y social sano y sin tapujos.

Tras una corta luna de miel después de la revolución del 25 de enero, cuando el ejército abrió una página en Facebook (http://www. fac e b o o k . c om/ Eg ypt i an.Arme d . Fo r c e s ) p a r a “comunicarse” con la joven generación revolucionaria y cuando todo parecía posible, incluido el desmantelamiento del ministerio de Información, los viejos hábitos regresaron: la cúpula militar se resistió a ceder el poder a una autoridad civil y resucitó las líneas rojas que amordazaban la prensa en época de Mubarak y, especialmente, las críticas al ejército o a la mala gestión de la transición. Sintomático resulta que varios blogueros, como ha sido el caso de Mikael Nabil, Asma Mahfuz, Hossam el Hamalawy o Alaa Abd el Fattah, fueran interrogados, detenidos o procesados (Nabil fue condenado a tres años de prisión), al mismo tiempo que se arrestaba y juzgaba en tribunales militares a miles de civiles.

Como contrapartida, los revolucionarios crearon distintas plataformas digitales de denuncia y activismo. En esta suerte de guerra por la información que usa de forma combinada y estratégica el espacio público e Internet, una de las iniciativas más destacadas es “No a los tribunales militares para civiles” (http://en.nomiltrials. com/), impulsada por Mona Seif, hermana de Alaa Abd el Fattah, y Nur Nur, hijo de Ayman Nur, el político liberal que osó desafiar a Mubarak en las presidenciales de 2005 y acabó condenado a cinco años de prisión. La campaña cuenta con una web para difundir la información en la que identifica y documenta el caso de cada uno de los detenidos. Además, ha organizado protestas que se celebran tanto en la calle como online: una de las más efectivas es cuando consiguieron que cerca de 8.000 usuarios de Facebook bombardearan a comentarios la página oficial del ejército en esta red social en agosto de 2011, lo que obligó al administrador a cerrarlos.

El debate se trasladó entonces a Twitter, desde donde la plataforma sigue difundiendo hoy la información a través de su cuenta (@NoMilTrials, más de 15.000 seguidores) y el hashtag #nomiltrials. Otra iniciativa interesante, ésta de periodismo ciudadano, que ha conseguido en poco tiempo muchos seguidores y prestigio es “Mosireen” (Determinados, http://mosireen.org/), nacida de la misma experiencia de la plaza Tahrir, cuando todo aquel que tenía un móvil equipado con cámara tomó fotografías y vídeos y los difundió por Internet. Mosireen, en el que participa la veterana bloguera Salma Said, organiza talleres de formación, facilita equipos para documentar los acontecimientos y difunde online sus vídeos, fotografías y testimonios (en un año su canal en Youtube ha recibido cerca de 3,5 millones de visitas). Además, organiza proyecciones al aire libre para dar la oportunidad de ver sus trabajos a los que no están conectados a Internet.

Ambas plataformas colaboran de forma transversal con otro proyecto muy creativo y eficaz de denuncia de los abusos del ejército: “3askar Kazeboon” (Los militares son unos mentirosos). Más conocida como “kazeboon”, la campaña se presenta como una alternativa posmedia para llegar a esa audiencia que sigue la información a través de los medios estatales o que simplemente no está al tanto de lo que ocurre. Cargando un proyector a cuestas, sus integrantes exhiben en calles y plazas de barrios populares y pueblos a lo largo del país las imágenes tomadas por ciudadanos en protestas. Los actos se difunden en directo por la red y desembocan en marchas y manifestaciones posteriores.

El impacto de todas estas iniciativas es difícil de valorar a corto plazo. Aunque nadie subestima el potencial de la red para organizar y movilizar a la ciudadanía e influir en la opinión pública, la brecha digital en Egipto, donde solo una cuarta parte de la población está conectada, impide que la información que circula libremente en Internet llegue a una parte nada desdeñable de los ciudadanos, especialmente a los menos jóvenes. Por ello, y como ya sucedía en época de Mubarak, los proyectos de periodismo ciudadano buscan que los medios convencionales recojan sus historias para catapultarlas a audiencias mucho más amplias.

Uno de los últimos Tweet Nadwa se dedicó a discutir los obstáculos que afrontan los ciudadanos periodistas y a ofrecer consejos para mejorar la diseminación de la información: “Tenemos que mantener el vínculo con los medios tradicionales. El periodismo ciudadano está jugando un papel clave en las historias que cubren los medios tradicionales, pero recordad que el porcentaje de gente que está online es muy inferior a los que miran la televisión y siguen a los medios tradicionales”. Cuanta más información, más posibilidades de cambio.

Hacia la ciberdemocracia

La transición hacia la democracia de los países árabes que se han librado de sus dictaduras es un experimento nuevo en muchos sentidos y no solo porque los resultados en las urnas tanto en Túnez como en Egipto hayan dado la victoria al islamismo político. Por un lado, las nuevas tecnologías, como ya mostraron las revoluciones en ambos países, permiten a los ciudadanos participar activamente en política sin necesidad de recurrir a intermediarios. Por otro, el mundo occidental, antaño acostumbrado a dar lecciones de democracia más allá de sus fronteras, ya no puede presentarse como modelo e inspiración para el mundo árabe.

La palabra clave para la nueva generación digital árabe ya no es tanto “democracia” como “participación” y “transparencia”. De eso va el “Morsi Meter” (El contador de Mursi, http://www.morsimeter.com/en), una plataforma digital inspirada en el “Obama Meter” que documenta y controla el cumplimiento de las promesas electorales del presidente egipcio, Mohamed Morsi, a lo largo de sus primeros 100 días de mandato. Sus creadores son los mismos que pusieron en marcha Zabatak (http://www.zabatak.com), que recopila en un mapa virtual los casos de corrupción y sobornos denunciados por los ciudadanos a través del país. En Túnez, la lucha por la transparencia y la participación está mucho más avanzada.

En la era de Internet, la propuesta es buscar un camino distinto al de la democracia representativa articulada por los partidos políticos clásicos y construir una ciberdemocracia, o democracia directa y en red, como la mejor garantía para controlar las nuevas instituciones. Ese es el objetivo de OpenGovTn (http://opengovtn.info/), un proyecto en el que también participa el hackerspace de Nawaat y que promueve una red de activistas y miembros de la Asamblea Constituyente tunecina y defiende que el nuevo sistema político del país incorpore medidas de open government (gobierno abierto). OpenGovTn lanzó a principios de este año una campaña, bautizada como “7ell” (“abrir”, en dialecto tunecino, https://www.facebook.com/7elll) para reclamar que la nueva Constitución incluya provisiones que garantizen buenas prácticas democrátivas y el control ciudadano sobre los procesos políticos. Se trata de la mejor receta, sostienen, para evitar un retorno a la dictadura.