Bush reelecto: ¿qué segundo mandato?

El presidente emprende un giro de 180 grados: tiende la mano a la Unión Europea, pide a Israel la contigüidad del territorio palestino, aunque es escéptico sobre Irán y China.

Darío Valcárcel, codirector de AFKAR/IDEAS y director de la revista POLÍTICA EXTERIOR

La reelección de George W. Bush, el 4 de noviembre de 2004, servía de pretexto a John Brademas, presidente emérito de la New York University, para reafirmar su posición, en un viaje a Madrid: “Bush ha sido reelegido: pues bien, yo como ciudadano americano y miembro de la mayor universidad del país debo decir que Bush es un presidente arrogante, ignorante, autoritario y peligroso”. Éste es el tono de no pocos oponentes. De este lado del Atlántico, otros piensan en la peculiaridad de una parte del electorado norteamericano. Se ha dicho que Bush ganó por un puñado de unos pocos miles de votos en Ohio: si hubieran cambiado de signo, John Kerry hubiera sido elegido presidente…

Al revés que en la elección de 2000, con un menor porcentaje de voto popular que su contrincante. Hubiera sido curioso. Pero dejemos los futuribles: al final Bush se ha impuesto para emprender tres meses después su primer viaje oficial. ¿Adónde? A la Vieja Europa. Al cabo de tantos desplantes, tantos gestos de hostilidad, resulta que Europa existe. No, Europa no. La Unión Europea, tal como la nombró, nada menos, el presidente. De acuerdo, es notable que un líder de estas características pueda ser reelegido si se apoya en un electorado al que todavía da escalofríos el 11 de septiembre de 2001. Añádase una franja, quizá pequeña, pero relevante en términos europeos: el voto religioso, quizá mejor, pseudoreligioso (a no ser que por religión entendamos un extraño conglomerado de supersticiones, miedos apocalípticos, valores verdaderos, telepredicadores de ultraderecha a tanto el minuto, incapacidad del ciudadano medio para la crítica, altos niveles de incultura…).

Pero surgen dos hechos: Bush está al mando y no parece dispuesto a renunciar a ese entramado de intereses y dogmas neoconservadores. Segundo, algo profundo le dice que ha errado en distintos frentes. Que su política exterior va mal. Que su política interior tampoco avanza. Que sus sueños sobre privatización de la seguridad social serán –no a la larga sino a plazo medio y corto– inviables. Esto es lo que deja transparentar la conducta de la nueva administración. De ella han desaparecido hombres de sensatez y experiencia, como Colin Powell o Paul O’Neill. La divergencia aparece entre los dos modelos de sociedad. Así lo explica Tony Judt en New York Review of Books (10 de febrero 2005). La América de Bush, fundada en la riqueza y la abundancia –modelos que tratan de subrogarse en la “búsqueda de la felicidad” predicada por la Constitución– resulta para los europeos poco soportable en el plano estético y en su dimensión ecológica.

Los grandes ejecutivos americanos ingresan hoy 475 veces lo que el trabajador medio de una fábrica, opciones aparte (la diferencia era, en los años ochenta, de 40 a uno). En Reino Unido la distancia es de 24 a uno; en Francia, 15 a uno; en Suecia, 13 a uno. En EE UU, una minoría tiene la mejor medicina del mundo, pero 45 millones de americanos no tienen seguridad social (EE UU, único país desarrollado sin cobertura médica universal). Según la Organización Mundial de la Salud, EE UU es número uno del mundo en gasto sanitario, pero 37º por calidad del servicio. En EE UU el 1% de la población controla el 38% de la riqueza producida: Bush favorece a esa capa de propietarios, mientras un 20% vive en la pobreza. Los europeos, cree Jeremy Rifkin, “han conseguido situarse en el pulso del cambio que hoy transforma el mundo… No se trata de tener mejores carreteras o trenes, hospitales y enseñanza universales. Se trata de adivinar los cambios posibles y de forzar algunos de esos cambios”.

Prudencia y justicia

Pero el hecho de la reelección de Bush tiene consecuencias inmediatas. El poder puede ejercerse sin prudencia política. Aunque en ese caso, la realidad pase inmediatamente sus facturas. Prudencia, lo hemos repetido, no tiene que ver con inamovilidad, pusilanimidad. La Prudencia, con la Justicia, la Fortaleza y la Templanza, son las cuatro virtudes cardinales, las cuatro virtudes romanas, republicanas, anteriores a Cristo: la Prudencia es el discernimiento que permite distinguir aquello que hemos de seguir de aquello que debemos dejar como si de peste se tratara. Prudencia es sensatez y buen juicio.

Quizá Bush se ha lanzado a la confrontación equivocada, quizá haya gastado su capacidad bélica en la mala guerra. Nadie puso obstáculos a la invasión de Afganistán, un Estado opresor en lo policiaco, inexistente en lo demás. Todos, salvo los más históricamente debidos a América (como Reino Unido) o los más partidarios del servicio a la oportunidad (El Salvador, Bulgaria, otros) mantuvieron, en la aventura iraquí, una distancia inequívoca ante la Casa Blanca de George W. Bush. Los poderes europeos más serios, Alemania o Francia, se negaron a colaborar con aquella acción militar, injusta.

Como consecuencia hoy Bush se encuentra atrapado en Irak, donde no existían armas de destrucción masiva, donde no había relación de Sadam Husein con Al Qaeda. Los dos grandes partidos, vencedores de las elecciones del 30 de enero de 2005 –chiíes y kurdos– incluyen en su programa la inmediata retirada de los invasores. Hoy Bush se siente poco legitimado para lanzarse a otra aventura en Irán. Aunque añada esa tontería: “Decir que vamos a invadir a los iraníes es ridículo… pero todas las posibilidades están sobre la mesa”. Irán tendrá la bomba nuclear. Quizá, milagrosamente, sus tres interlocutores europeos, Alemania, Francia y Reino Unido, sean capaces de convencer al régimen de Teherán para que renuncie al armamento atómico. ¿Se imaginan a EE UU de nuevo solo, invadiendo a Irán? Se habla del primer ministro británico, Tony Blair. Su gesto, su rostro parecen decir: la guerra de Irak es un error pero nosotros, nietos de Churchill, iremos a ella por 1917, por Pershing, por la Ley de Préstamo y Arriendo, por Normandía, por Eisenhower, por 1945…

En las Azores, Bush trataba de pasar un puñal. Necesito que mates a esa, parecía proponer a uno de sus interlocutores. Pero esa no se dejaba. Era esquiva. Meses después el panorama cambia. Ahora Bush pide colaboración a esa. Y esa se compromete a formar 770 jueces, fiscales, registradores y funcionarios de prisiones en Irak. Bien hecho. No volvamos al pasado. En Gran Bretaña pesan mucho Pershing y Eisenhower. En España debe pesar el acorazado Maine, el recuerdo de la escuadra española hundida en Santiago de Cuba, el de la splendid little war, el tratado de París, que hubimos de beber hasta las heces, el apoyo a Franco desde 1953… Algunos apostaron no ya por Bush, lo cual, repetimos, era legítimo.

Apostaron por hacer el trabajo sucio, apostaron –con poco conocimiento de la áspera, correosa realidad– por dar muerte a la Unión Europea, cuya sede visita poco después de un año el mismísimo George W. Bush, reelegido en EE UU, menesteroso del apoyo europeo. Empujada por la perentoria realidad, quizá nos encontremos con una buena secretaria de Estado, Condoleezza Rice.

Fortaleza y templanza

Bush es un hombre de pocas lecturas. Su trabajo consiste en leer informes, no libros. Pero los buenos presidentes suelen coincidir con gentes que antes, durante 20 o 30 años, se han preparado, en parte con esos extraños objetos, los libros. Cuando por fin cae en manos de Bush un volumen impreso, su alegría es desbordante: ¡estoy leyendo a Natan Sharansky, hay que leer a Natan Sharansky! Digamos en los términos del informe de Münzenberg al Comintern : Bush es un operador, no un teórico. El problema consiste en que el operador ha de seguir una línea tenazmente, testarudamente. Bush ha cambiado varias veces de línea.

Su debilidad no es la persistencia, como sostienen algunos, sino la tendencia al zigzag. De acuerdo, Bush puede ser un mal presidente, pero es el presidente de EE UU. Su capacidad de decisión es mayor que la de sus aliados. Ocurre que la capacidad de decisión de EE UU era como de 10 durante las presidencias de Ronald Reagan, de George H. W. Bush o de Bill Clinton. Y, disculpen el modo simple de expresarlo, George W. Bush entregará a su sucesor esa capacidad de decidir reducida a seis. Asunto grave. Hay otro punto aparentemente anecdótico pero de gran alcance. Una parte de los regímenes del mundo había renunciado a la tortura institucionalizada: no hablamos de la tortura, presente de una manera u otra en comisarías y cárceles argelinas, tunecinas, libias, egipcias, israelíes, sirias, turcas…

También hay casos aislados en comisarías griegas, italianas, austriacas, alemanas… No hablamos de la tortura sino de la institucionalización-reivindicación-oficialización de la tortura llevada a cabo en tiempos de Bush, de John Ashcroft (ya desaparecido) y de Al Gonzales, el nuevo Fiscal General. Es cierto, Blair protesta: la seguridad está por encima de las libertades. Y en esto no hace más que seguir a la gran mayoría de los votantes. Pero mire usted por donde, hay ocasiones en que el gobernante está en el poder para hacer lo contrario de lo que pide la mayoría.

Si Blair cae en semejante simplificación podría replicársele de inmediato: no, un momento por favor, usted no ha entendido. Si los ciudadanos participamos en elecciones y más elecciones desde hace 200 años es precisamente para que los políticos no resuelvan el teorema con el hacha del carnicero, dicho sea con respeto a los carniceros. ¿De qué se trata? De dar al mismo tiempo seguridad y libertad. De dar al mismo tiempo prosperidad y un mínimo de igualdad. De dar al mismo tiempo producción y redistribución. Son planteamientos que circulan, al menos desde el Renacimiento, aunque se defendieran ya en la Atenas de Pericles: “Atenas se funda en la igualdad, en la libertad y en el respeto a la ley y a la justicia”.

Fe y espezanza

Por qué este deseo de matar –difícil– y este regreso a la consideración, moderada pero visible, de la Unión Europea? Por dos razones. La rivalidad de mañana, incierta, hipotética, está en el frente de intereses que pudieran formar India y China: la primera, la democracia más poblada del mundo. La segunda, un enorme poder demográfico, económico, sin reglas políticas, comerciales, laborales, ni financieras. Pero todo esto es hipotético, conjetural.

La única realidad palpable –a enorme distancia, pero palpable– es la Unión Europea, un poder comercial parecido al de EE UU, un poder financiero más sólido que el de EE UU; un poder jurídico que, en tiempos de paz, donde manda el Derecho, es comparable al de EE UU. La Unión Europea es aún un poder futuro: sus instituciones viven todavía incoadas, pero avanzan. Sus fuerzas armadas son todavía simbólicas. Pero empiezan a existir. La Unión Europea habla y repite el éxito de Airbus. Pero hay más. China acaba de manifestar su interés por Galileo.

Novartis se convierte en la primera firma de medicamentos genéricos (es suiza, pero de capital sobre todo alemán). El ITER pelea por su emplazamiento en Francia, con lo que eso significa, desde el futuro motor que sustituya al de explosión, a las centrales eléctricas que puedan reemplazar a las térmicas y nucleares. Nokia es una primera firma global, aunque su base esté en Finlandia, un país de seis millones de habitantes, miembro de la Unión Europea. Porque al final, y esto se olvida a veces, los Estados pierden peso desde el siglo pasado, mientras las empresas lo ganan. Los Estados son muy relevantes políticamente. Pero quienes deciden en ese nuevo panorama de la globalización no son sólo los Estados sino las sociedades. En su sentido primario, la sociedad como tal, y en el sentido del Derecho Mercantil.

El teléfono móvil nacía una mañana en un garaje californiano, mientras Internet surgía del Pentágono. Pero ambos han escapado a la filiación americana para convertirse en fenómenos mundiales, globales. Si de China dependiera, la globalización se haría con pocas reglas. Pero EE UU, la Unión Europea, Japón, Canadá, Australia, exigen reglas… Esas mismas que Bush y Al Gonzales acaban de saltarse en Guantánamo y Abu Ghraib. En el mundo que trata de abrirse paso, la Unión Europea, con sus indecisiones y dificultades, ha logrado una marca de defensora del Derecho. En un excesivo resumen, significa respeto a la ley –igual para todos– y respeto al procedimiento. Otro resumen: Civilización y Derecho son inseparables.

Estos eslóganes son útiles en un tiempo en que, aparte de minorías reducidas y dudosamente influyentes, pensamiento y análisis brillan por su ausencia. En la calle predomina el criterio de una minoría de varones, de más de 50 años y extremistas. Pero cuando se profundiza y se ejerce esa cualidad, la capacidad de pensar, de analizar, se llega a conclusiones notables. Ejemplo: EE UU no puede decidir solo. Los europeos son un apoyo indispensable. Segundo ejemplo: las imperfectas Naciones Unidas son una institución necesaria de defensa de la paz. Tercero: los chinos serán quizá un peligro, pero no en vida de George W. Bush (a no ser que se revele centenario). Cuarto: los rusos emprendieron la vía de la democracia hace 20 años, gracias a Mijail Gorbachov y la perestroika, pronto abandonada. Quinto: después de su viaje, los mensajes de Bush valen lo que valen. Pero hay una gran novedad, una importante noticia: un grupo de fuerzas encabezadas por EE UU y la Unión Europea supervisará la seguridad en los territorios palestinos. Ésta es una perspectiva, pero no son sólo palabras; estamos ante una realidad, un compromiso con fechas. El presidente Bush no quería esta internacionalización del conflicto israelo-palestino.

Al final ha tenido que plegarse a su propia política. El resultado es un gran tanto para el actual presidente de EE UU, para Tony Blair, para la Unión Europea y –sobre todo, sobre todo– para palestinos e israelíes, habitantes de un infierno durante los últimos 57 años.