Co-edition with Estudios de Política Exterior
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Balas para todas

Melania Brito Clavijo
Grupo de investigación TRANSMENA, Universitat Autònoma de Barcelona
Balas para todas
Natalia Sancha (coord.), Larrad Ediciones, Madrid 2021, 430 pág.

Seis mujeres con nombre propio: Khabat, Maya, Catalina, Eman, Nancy y Natalia. Seis periodistas que inmolan su sosiego y sus entrañas al tener que digerir toda clase de escollos y diatribas para ejercer su trabajo y su pasión. Porque la conjunción de la ocupación laboral con un estilo de vida deliberadamente no normativo también reclama su espacio en esta obra narrativa.

La metáfora no busca ser grandilocuente, no. Bisagras entre dos mundos –aquel lejano Oriente, y este cercano Occidente–, las autoras de Balas para todas ofrecen su identidad en tanto que mujeres unas veces, en tanto que periodistas siempre, para revertir este orden cartográfico y acercarnos una visión escéptica con el cansino cuento de las sociedades musulmanas como oprimidas por su elección confesional. El prólogo ya advierte de un doble propósito y habrá que avanzar pocas páginas para darse cuenta de que ambas militancias –la de hacer un periodismo crítico alejado de las audiencias sensacionalistas; y la lucha por la igualdad en un campo que por su naturaleza bélica se ha reservado a los hombres– corren a la par y no se dan la una sin la otra. Y es que lo elocuente de este libro radica, entre otras noblezas, en una destreza inmaculada para mostrar, sin sutilezas ni pugnas entre ellas, dos temáticas paralelas.

Respondiendo a la voluntad periodística, el libro presenta una compilación de historias que rinden homenaje a las víctimas de una región cuya cifra no tiene sentido numerar, pues la sucesión de un conflicto tras otro hace de las métricas una herramienta inservible. A esa mayoría desprovista de un nombre intentan amplificarles –que no darles– la voz. Otros que sí quedan grabados, como los difuntos Zana o Rizgam, contribuyen a una reflexión más profunda sobre la repetición de los elementos de la guerra; sobre la inmortalidad de los mártires y la alienación de los que continúan su día a día viendo cómo se les arrebata cualquier expectativa de futuro. De esta forma, el lector será testigo de un proceso de emancipación mental que confunde un carácter profundamente resiliente con la inercia de la supervivencia.

A la crudeza de unas escenas hostiles, esas a las que tan acostumbrados nos tienen las crónicas heroicas, las autoras interponen una imagen desapacible pero más humana que desmitifica la profesión del corresponsal de guerra. Preocupaciones menos espectaculares como encontrar un lugar donde orinar en medio de un descampado sin sombra; mantener una rutina de sueño, o evitar una intoxicación alimentaria –penurias algunas también padecidas por sus homólogos masculinos– nos acercan la figura del periodista vulnerable, de carne y hueso. Lo hacen cada una desde su propio bagaje, y tal es el nivel de honestidad en su modo de narrar, que rompen incluso con el tabú de aquellas privilegiadas que alguna vez flaquearon y pensaron volver a su refugio particular, como si añorar el bienestar las hiciera cómplices de una retórica orientalista.

Pero no solo nos revelan el lado triste y sucio de la guerra. Otras historias mucho más cotidianas muestran la cara de la vida e inscriben a la mujer, a sus duelos callados y su carácter de acero como actor social. Se toparán aquí con el otro eje transversal de la obra, y es que la condición híbrida de las mujeres periodistas y extranjeras les brinda la posibilidad de acceder a lugares vetados a los hombres. De ahí que sean capaces de reequilibrar la genealogía histórica del mundo arabo-musulmán, retransmitiendo fuera de sus fronteras su parte más afable, la que hasta ahora no ha sido objeto de interés. Su posición les permite no rendir cuentas ni a Oriente, ni a Occidente, y les ofrece una oportunidad que toman escrupulosamente para rescatar los testimonios de resistencia de las que suman alrededor de 200 millones de mujeres en este lado del mundo.

Como contraparte, usar la baza de ser mujer se convierte en un arma de doble filo que no siempre juega a favor de quien la porta. Porque si bien permite a nuestras interlocutoras acceder a aquellos espacios donde solo pueden entrar las féminas, el frente también está segregado, y habrán de desafiar unos roles patriarcales que requieren especial mano izquierda, como bien advierten. Paternalismos protectores, miradas que cuestionan su aguante físico, tonos jocosos y prejuicios sobre la validez de su trabajo están a la orden del día. Por descontado, su condición de género las expone a una réplica continua sobre su condición de periodistas en función de su trabajo y no de su sexo biológico.

El texto cierra con estas mismas reflexiones sobre los límites de instrumentalizar una falla del sistema patriarcal, y la certeza de la maleabilidad ideológica del ser humano. En última instancia, nos invita a ser conscientes de que no es suficiente con aprovechar estos espacios subversivos. Hay que despertar la conciencia social, empezando por los mismos compañeros del gremio. Su apropiación es necesaria en tanto que visibiliza un discurso que rebaja la imagen monolítica y sometida de la mujer, tan insertada en un Occidente nublado por los estereotipos. Pero siempre serán más los perjuicios, los riesgos que correrán al poner su cuerpo ya de por sí objetivado, que los beneficios de participar en un juego tan peligroso. Más, mucho más, si esa ocupación lleva el nombre de guerra.

Este libro va, efectivamente, de “llenar espacios rebosantes de invisibilidad”.

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