Coedición con Estudios de Política Exterior
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Al sur de Tánger. Un viaje a las culturas de Marruecos

Mohamed el Morabet
Escritor y periodista
Gonzalo Fernández Parrilla, La línea del horizonte, 2022
176 pág.

¿Cómo meter el cruce de las dos orillas del Mediterráneo en 163 páginas? Es el antiguo rompecabezas del joven San Agustín a propósito del Océano y el reto vale igual en estas líneas. Marruecos es una realidad finita, sí, pero ilimitada y cambiante. Además, sinérgica, porque la suma de sus partes no coincide con el todo. Se queda corta. De ahí que el único modo de abarcarla para llegar a conocer el país estriba en pateárselo. Un paisaje, dijo William Faulkner, solo se conquista con la suela de los zapatos.

En esto consiste la proeza de Gonzalo Fernández Parrilla (Nueva York, 1962) respecto a Marruecos. Cuarenta años de paseos por sus calles, monumentos, literaturas, museos, gastronomías, cementerios, archivos, músicas, universidades, ruinas, artes, religiones, plazas, conflictos, historias y mitos. Y si hay un espacio donde el saber de la ciencia, la curiosidad de la observación y la magia del arte de narrar se dan la mano, ese es el del viaje. Al sur de Tánger. Un viaje a las culturas de Marruecos aúna esta triple inquietud en un libro con alma enciclopédica y corazón intrépido y aventurero.

Arribado a Tánger y una vez que el mareo ha dado paso a la serenidad, el autor se arma de voluntad de crítica e inicia su andadura. Puesto el sombrero de crítico literario, despliega ante nuestros ojos la diversa literatura marroquí, tanto la escrita en árabe como en francés, recorriendo casi dos siglos de corpus y tradición. Mohamed Chukri, Abdellatif Laabi, Fatima Mernissi, Mahi Binebine, Tahar Ben Jelloun, Abdelkader Chaui, Leila Slimani ocupan un lugar ponderado en el telar literario del Marruecos de hoy. Al recuperar y resaltar ensayos, poemas, novelas y obras teatrales, todos traducidos al español, Fernández Parrilla nos advierte con sutileza de la imposibilidad de vislumbrar las dimensiones y ambigüedades de un país, de cualquier país, sin leer a sus escritores. El mensaje es claro: la lectura como anteojos para empatizar con el vecino.

El crítico literario en ocasiones concede la palabra al crítico de arte para bucear en las raíces artísticas del Marruecos moderno que, sin perder su anclaje costumbrista, aspira a lo universal a través de lo naíf y abstracto. Del arte llegamos a la sociología y a la antropología para ilustrar el convulso mosaico étnico marroquí y las vicisitudes, todavía hoy en disputa, del legado de los años de plomo que vivió el país bajo el reinado de Hassan II. Sin dejar de mencionar el interés del autor sobre el tayín de lenguas, cuestión mayor, para fundamentar la riqueza de unas gentes que, sin hablar los mismos idiomas, se esfuerzan por construir una comunidad de destino, donde la convivencia y la concordia priman sobre las demás divergencias.

Un apartado destacado lo acaparan las relaciones bilaterales entre España y Marruecos. Dos países adiestrados en el oficio de darse la razón y la espalda según sopla el viento. El levante es por naturaleza propicio a la discordia. El poniente, sedoso y suave, anuncia épocas de recíproca seducción y cortejo. Aquí es donde Fernández Parrilla nos deleita con las virtudes de la traducción, esa lengua común, esa vocación de ponerse los zapatos del otro para sentir su trayectoria vital.

El paralelismo entre el bien o mal entendimiento entre dos países y el viaje que experimentan ciertos vocablos es un ejemplo sugerente de cómo debemos cuidar de las palabras porque son ellas las que nos pueden socorrer en cualquier momento. «A veces las palabras viajan mal. Por carambolas etimológicas, la muerte ha acabado siendo macabra. Una simple maqbara árabe se transmutó en la ya olvidada almacabra castellana, que se hizo en francés macabre y acabó volviendo al español como macabro. Y en este recorrido, al final, la simple muerte se vuelve macabra, lo que no deja de ser una tontería supina». Un párrafo maravilloso que condensa la ruta de las relaciones hispano- marroquíes que, a menudo, las salpica la influencia francesa y no siempre en beneficio.

Pero este viaje además de ser instructivo y sugestivo por su contenido, lo es porque está exquisitamente bien narrado. Fernández Parrilla se sirve de una prosa limpia, conmueve por su textura e interpela por su hondura, que linda con la esencia de la poesía juanramoniana. Aunque también conecta con el compromiso existencial que registra Albert Camus en los dos viajes que realiza por América del sur y del norte.

Cómo no terminar esta odisea recreándonos en el sueño que la cierra. «A veces sueño que hay levante. Oigo el rumor de las ramas de las palmeras. Oigo la furia del mar. Ese viento siempre trae voces y algarabías. Sueño que salgo volando. Sueño que me tragan las aguas del Estrecho una noche sin luna ni estrellas y que me salva una cigüeña a lomos de un delfín». Sin duda, esa cigüeña salvará a los futuros lectores de Al sur de Tánger de la indigestión de las ideas precocinadas y los transportará, con su libre aleteo, de nuevo a las primaveras del Sur. Lejos, muy lejos, del cansancio de los estereotipos y de la pereza de la imaginación. ¡Buen viaje!   

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