Al Qaeda en el Magreb, entre terror y bandolerismo

La conexión entre ‘yihadismo’ y los asaltos –secuestro de occidentales, tráfico de drogas, explotación de inmigrantes ilegales– es evidente.

Ridha Kéfi

En un artículo publicado en Le Monde diplomatique (septiembre de 2004) sobre los posibles cambios de Al Qaeda, Olivier Roy, director de investigación del Centro Nacional de Investigación Científica francés (CNRS, siglas del francés) y autor de numerosas obras sobre el Islam y los movimientos yihadistas, menciona, entre estas posibles mutaciones, lo que llama “mercenarización o bandolerismo”. “Si el núcleo de Al Qaeda se neutraliza finalmente, una serie de antiguos ‘afganos’ o de miembros en potencia de la organización pondrán en el mercado las técnicas aprendidas, las redes establecidas y la imagen de marca.

Podrían vincularse con redes mafiosas o transformarse ellos mismos en mafia; también podrían servir de mercenarios a los servicios secretos, como hicieron en su época el palestino Abu Nidal y Carlos”, escribe Roy. Y añade: “Por el momento, ningún Estado se aventura por el camino de una colaboración de este tipo, por temor a una reacción americana directa. Pero la situación podría cambiar si un fracaso en Irak evidenciara que Estados Unidos está en una posición débil y si el desamparo de las redes de Al Qaeda, así como la confusión sobre el fin y los medios de la guerra contra el terrorismo, terminaran por abrir una zona gris en la que ya no se sabría demasiado bien quién es quién.

Un proceso de este tipo podría verse facilitado por el hecho de que los espacios donde se mueven los militantes “internacionalistas” implican conexiones y apoyos que proceden de redes de traficantes, con posibles cómplices en el aparato del Estado (las regiones tribales de Pakistán, por ejemplo). En África del Norte, como en otros lugares, las operaciones terroristas requieren mucho dinero y una de las mejores maneras de reunirlo rápidamente y en grandes cantidades sigue siendo el bandolerismo a gran escala. Del mismo modo, como explica el experto belga Joseph Henrotin, del Centro de Análisis y Prevención de Riesgos Internacionales, en una entrevista con la cadena de televisión belga RTL el 20 de febrero de 2008, “El bandolerismo a gran escala puede requerir la protección de una serie de personas que actúan en los medios terroristas”.

Eso se comprobó recientemente en el caso de los dos turistas austriacos secuestrados por elementos de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), y en el de Abdelkader Belirah, jefe de la red terrorista cuyo desmantelamiento anunciaron en febrero pasado las autoridades marroquíes. El Centro Africano de Estudios e Investigación del Terrorismo (CAERT, siglas del francés), organismo creado en la Unión Africana (UA) y con sede en Argel, organizó, el 2 de abril de 2008, un seminario sobre el “contraterrorismo en África del Norte”, con la participación de unos cuarenta expertos africanos. Uno de los temas que se debatieron fue la conexión entre el terrorismo y las redes de tráfico, contrabando y bandolerismo a gran escala en África del Norte y sus “manifestaciones tipo metástasis” en la región del Sahel.

Así, “la amenaza del terrorismo en el continente es global y se apoya en todas las formas posibles de crímenes transfronterizos”, declaraba el comisario para la Paz y la Seguridad de la UA, Ramtane Lamamra. También Bubacar Gaussou Diarra, director del CAERT, mencionó el vínculo entre terrorismo y tráfico. “Como las metástasis de un cáncer, el terrorismo, que ha golpeado a los países de África del Norte, extiende sus manifestaciones a los países limítrofes (…), transformando la zona del Sahel y el Sáhara, antaño apreciada por la dignidad y la hospitalidad de sus habitantes y por la belleza de sus paisajes, en un extenso territorio donde se desarrollan maniobras extrañas”.

El caso de los dos turistas austriacos

Este seminario de Argel se desarrollaba al mismo tiempo que, a miles de kilómetros de allí, en pleno Sáhara, se llevaba a cabo una negociación para la liberación de dos turistas austriacos, Andrea Kloiber, de 44 años, y su compañero Wolfgang Ebner, de 51, secuestrados el 22 de febrero de 2008 en la frontera entre Argelia y Túnez por miembros de AQMI. Como contrapartida de la liberación de la pareja austriaca, los secuestradores exigieron en primer lugar la liberación de los islamistas presos en Argelia y Túnez, pero también el pago de un rescate de cinco millones de euros.

Es cierto que esta información no se ha confirmado oficialmente, pero la sucesión de los acontecimientos es una prueba, ya que sólo la satisfacción de esta exigencia podría justificar la prosecución de las negociaciones, puesto que la liberación de los presos de Al Qaeda encarcelados en Argelia y Túnez estaba fuera de toda discusión. El 8 de abril, el gobierno austriaco negó formalmente la información transmitida por los medios de comunicación locales e internacionales que indicaba que los secuestradores se abstuvieron de matar a los rehenes –después de la expiración del ultimátum – porque “el gobierno de Viena pagó la mitad del rescate exigido para su liberación”. Oficialmente, “Austria no negocia con terroristas”, según las palabras textuales del canciller Alfred Gusenbauer.

Sin embargo, hasta finales de abril, fecha de la redacción de este artículo, el gobierno austriaco garantizaba que “los negociadores no se pusieron de acuerdo con los secuestradores respecto al pago total ni parcial del rescate, con el fin de prolongar el plazo fijado para continuar las negociaciones” y que “todavía hay mucho tiempo por delante para negociar la liberación de sus ciudadanos”. Lo cual hace pensar que el grupo de Abu Zeid, que retiene a los dos rehenes austriacos, no tiene intención de poner fin a las negociaciones matándolos. Así pues, la interrupción de los contactos entre los negociadores – una misión de cuatro personas desplegadas desde mediados de marzo en el norte de Malí – y los secuestradores que, por razones de seguridad, se desplazan sin cesar por lo más recóndito del desierto entre el norte de Malí y el sur de Argelia, es sólo momentánea.

Esto significa también que los terroristas de Al Qaeda, que atraviesan actualmente una fase de aguda crisis financiera, están incluso más atados que las autoridades austriacas al desenlace de las negociaciones para la liberación de los dos rehenes y el pago del rescate exigido. Para comprender la confusión actual, es necesario recordar las peripecias de un caso similar de hace cinco años en el desierto argelino. En mayo de 2003, el ejército de Argelia había intervenido para liberar a unos rehenes occidentales secuestrados por el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), incorporado en septiembre de 2006 a la red de Osama bin Laden y que se convirtió después en AQMI. El ejército argelino liberó a 17 de esos 32 turistas suizos, alemanes y neerlandeses, al norte de Tamanrasset (en el extremo sur argelino).

Otros 14 fueron liberados el 18 de agosto siguiente en Kidal (Malí) después de que Berlín –o la fundación Gadafi dirigida por el hijo del líder libio, según fuentes argelinas– pagara un rescate de alrededor de cinco millones de euros. Una rehén alemana había muerto en el desierto, a finales de junio, a consecuencia de una insolación. El principal instigador de esta espectacular toma de rehenes es el islamista argelino Amari Saifi llamado Abderrazak El Para, ex funcionario del ejército argelino reconvertido al yihadismo (otras fuentes aseguran que se había infiltrado en la dirección de Información y de Seguridad del ejército argelino), que fue posteriormente detenido en Chad en 2004 y devuelto a Argelia, donde permanece encarcelado desde entonces a la espera de un juicio anunciado y aplazado en varias ocasiones.

En el caso de la pareja austriaca, encontramos –prácticamente– los mismos ingredientes: secuestro de europeos en la banda sahariana, petición de rescate de un valor equivalente, distintos servicios secretos desplegados en la zona y en particular el servicio de espionaje francés (DGSE), llamada de auxilio a Libia –por sus relaciones con los movimientos revolucionarios y/o tribales que actúan en la región– y negociadores que tratan de establecer contactos con los secuestradores. Haciéndose eco de los temores expresados en voz baja por las autoridades de Argel, la prensa argelina está alterada y se lamenta de la mala decisión, afirmando que el dinero conseguido cuando todo esto acabe permitirá a AQMI financiar a su guerrilla, comprar armas y organizar nuevas operaciones terroristas en territorio argelino.

El GSPC convertido en AQMI no consigue mantener una presencia coherente en su espacio “natural”, Argelia. Aunque de vez en cuando consiga perpetrar atentados espectaculares, el cerco cada vez más estrecho en torno a sus feudos en los montes del Norte y en las Mesetas argelinas le obliga a reforzar su implantación en el gran Sáhara. Este espacio inmenso le permite desplegarse a la vez en varios países, en especial Malí, Níger, Argelia, Mauritania y, en menor grado, Túnez, pero no le proporciona realmente los medios de supervivencia necesarios. Por eso la unión con los tuareg rebeldes de Malí y de Níger permite a los dos grupos desplazarse más fácilmente a través de un terreno desnudo y desértico y establecer vínculos útiles con las tribus nómadas de la zona, así como con los grupos de traficantes que se mueven a través de fronteras muy permeables, por su gran extensión y porque escapan al control de las autoridades locales.

Y es lógico: en una región en la que la frontera sólo tiene una existencia virtual, legal o jurídica, pero difícilmente física o étnica, las poblaciones nómadas, las relaciones familiares interétnicas, los usos y costumbres, y la identidad sahariana de esta gente que hace de la libre circulación la base de su personalidad, no permiten perspectivas de seguridad demasiado sólidas. De ahí las dificultades que experimentan las autoridades de los países limítrofes del Sáhara para controlar la circulación de las personas y los bienes, la fiabilidad de los documentos de viaje, para poner fin a todo tipo de tráfico (drogas, coches robados, armas ligeras…) –que, por otra parte, suele verse facilitado por agentes corruptos–, por no hablar de la inmigración clandestina, gestionada actualmente por redes de traficantes transnacionales.

Todo eso concede un gran margen de maniobra a los grupos islamistas radicales para establecer vínculos con las poblaciones nómadas, infiltrarse en las bandas de traficantes y tomar parte directamente en este tráfico, con el fin de reunir los fondos necesarios para su supervivencia en una zona en la que las condiciones naturales son muy difíciles y para la financiación de sus operaciones destinadas a desestabilizar los regímenes de la región.

El caso de Abdelkader Belirah

El 18 de febrero de 2008, las autoridades marroquíes detuvieron a 32 individuos, entre ellos tres belgas: uno era Abdelkader Belirah, jefe de la red terrorista desmantelada y autor de seis asesinatos en Bélgica a finales de los años ochenta, entre otros un representante de la comunidad judía y dos responsables moderados de la Gran Mezquita de Bruselas. Es la “banda de los ancianos” (los presuntos fundadores de la red tienen una media de edad de 50 años). Enseguida se llevaron a cabo registros en los domicilios y locales donde residían o trabajaban las personas detenidas. Esto permitió descubrir, en especial en Casablanca y en Nador, importantes lotes de armas y municiones, artefactos pirotécnicos, así como artículos que debían servir para garantizar el anonimato de los autores de los crímenes planeados.

El comunicado del Ministerio marroquí de Interior hablaba de un arsenal de armas y municiones. El abogado de Belirah, Mohamed Ziane, citado por Le Monde (1 de abril de 2008), sostiene que estas armas ligeras descubiertas “estaban destinadas a los islamistas argelinos. No fueron entregadas porque la concordia civil del presidente Buteflika puso punto final a sus operaciones”, versión que los servicios marroquíes consideran poco creíble. Las investigaciones de la policía judicial permitieron determinar el origen de la financiación de la red, que procede principalmente del tráfico de armas, de atracos, de receptaciones y de contribuciones directas de miembros de la estructura terrorista. En este marco, añadía el comunicado, se encuadra el atraco a la sede en Luxemburgo de la empresa de transporte seguro Brinks, efectuado por un miembro de la red, con la complicidad de mafiosos europeos, en 2000, y cuyo botín estaba valorado en 17,5 millones de euros, de los cuales parte se introdujo en Marruecos en 2001.

El grupo también habría cometido supuestamente otros atracos en Bruselas, en 2005. Los fondos así reunidos se invirtieron, con el fin de blanquearlos, en proyectos turísticos, inmobiliarios y comerciales, en varias ciudades de Marruecos, inversiones que sirvieron para financiar la red. En cuanto a los bienes inmuebles adquiridos, indicaba el comunicado, debían servir de refugio a los terroristas. Según precisaba el Ministerio, las receptaciones se referían a joyas robadas en Bélgica, que se introdujeron después en Marruecos y se transformaron en lingotes, por medio de un miembro de la estructura terrorista, orfebre de profesión, para ser revendidas.

Lo más grave es que la investigación de la policía marroquí puso de manifiesto que las personas implicadas en la red Belirah tienen vínculos demostrados con el Movimiento de la Juventud Islámica Marroquí (MJIM), el Movimiento Revolucionario Islámico Marroquí (MRIM), el Movimiento de los Muyahidines de Marruecos (MMM) y el Movimiento para la Umma (MPU), no reconocidos, pero también con Al Badil Al Hadari (Alternativa de Civilización), partido político reconocido legalmente. En realidad, la investigación efectuada en Marruecos y Bélgica sobre la red dirigida por Belirah, encarcelado actualmente en la prisión de Rabat-Salé, indica que la estructura establecida por este último era de primera categoría. Fundada en 1992 en Tánger y Casablanca, su objetivo consistía en derrocar al régimen marroquí. Su método: cobijarse tras la fachada legal de los partidos islamistas.

En su momento, se presentó a su jefe como un informador a sueldo de la Seguridad del Estado (los servicios de información belgas). En 2005, antes de los atentados de Londres, la información que éste proporcionó habría permitido desmantelar una célula terrorista en Liverpool, en Reino Unido. ¿Estaba protegido por la Seguridad del Estado belga? La cuestión está lejos de haber sido aclarada. Sin embargo, es seguro que Belirah es un islamista convencido desde su adolescencia, que se convirtió en un activista a partir de los años noventa y que se benefició de la ayuda de una veintena de personas en Bélgica, país cuya nacionalidad obtuvo en 2003. Estuvo también en contacto con el GSPC argelino, y con el Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM).

Ascendido a jefe militar de su red clandestina a principios de esta década, viajó a Irán, Arabia Saudí y Argelia. Igualmente, se habría reunido con Ayman Al-Zawahiri, número dos de Al Qaeda, en Afganistán, y habría establecido contactos entre su grupo y Hezbolá, en 2002, con vistas a entrenar a sus hombres en Líbano, pero finalmente éstos fueron a campos afganos, o eso es al menos lo que afirman fuentes de la seguridad marroquí y lo que quizá el juicio del grupo permitirá aclarar.