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Entrevista

Ahmed Nejib Chebbi, líder del Frente de Salvación Nacional de Túnez

Después de un receso que parecía una retirada, Ahmed Nejib Chebbi (Túnez, 1944) ha vuelto al primer plano de la escena política tunecina. Y lo ha hecho con el mismo rol que adoptó durante décadas bajo los regímenes de Habib Burguiba y Zine el Abidin Ben Ali: la organización de la disidencia en la lucha por la democracia. Chebbi es el líder del Frente de Salvación Nacional (FSN), la principal plataforma opositora frente a la deriva autoritaria del presidente Kais Said iniciada el 25 de julio de 2021.

El FSN integra diversas personalidades y sensibilidades políticas, además de los dos partidos más votados en las útimas elecciones legislativas: Ennahda, el histórico movimiento islamista tunecino, y el populista Qalb Tunis. A pesar de que Chebbi es una reconocida figura de la socialdemocracia tunecina, no ha conseguido que se sumen al FSN los principales partidos de esta tendencia ideológica, como Attayar o Ettakatol. afkar/ideas ha conversado con Chebbi en su despacho de la capital tunecina sobre la aprobación este verano de una nueva Constitución y las crisis que atraviesa el país.

Ahmed Nejib Chebbi, líder del Frente de Salvación Nacional

¿Cómo ve el futuro de Túnez? ¿Es optimista?

Túnez nos preocupa, y sufrimos por él. No estoy inquieto a largo plazo. Hemos conocido crisis en el pasado, y las hemos superado. Esta es especialmente aguda, pero no puede durar mucho tiempo. Estoy convencido de que Túnez encontrará su camino democrático, se sabrá reformar a nivel económico y recuperará su equilibrio.

Pero estoy muy preocupado a corto plazo. No sabemos qué pasará en las próximas semanas. La crisis financiera está en su punto álgido. Túnez no tiene dinero para pagar sus deudas. Está a punto de poner en tensión su sistema financiero interno, y no puede honrar sus compromisos con sus proveedores, y tampoco sus acreedores. Podría llegar a no ser capaz de pagar sus deudas. Hay muchos productos básicos que escasean, la inflación escala. La situación se puede precipitar, y no se puede excluir una implosión social. Si la hubiera, escaparía a todo control, ni los sindicatos, ni los partidos políticos ni la sociedad, nadie la podría dominar.

Esta crisis económica y social solo puede resolverse a través de la política. Hace falta un líder político con un programa a medio plazo, a cinco años. No hay una varita mágica para solucionar los problemas a corto plazo, a uno o dos años. Hay una doble crisis económica en Túnez: un déficit presupuestario y de cuenta corriente exterior. Eso supone reformas, pero con eso no basta. Hay que relanzar la economía, es decir, la inversión pública y privada, así como la extranjera. Deberemos pactar con el Fondo Monetario Internacional (FMI), presentar un programa serio y creíble, porque hay que reformar el gasto público. Es decir, hace falta un liderazgo con un fuerte apoyo en el interior que apruebe un amplio programa de reformas. La solución a la crisis social y económica ha de ser política, y emergerá a través de un diálogo nacional inclusivo.

¿Cómo definiría el proceso político liderado por el presidente Kais Said?

Este proceso deriva de un golpe de Estado. El [presidente] fue elegido en base a una Constitución que prometió, pero no respetó. Durante sus dos primeros años de presidencia no hizo otra cosa que atizar la crisis política.

La crisis en Túnez no tiene un año. Ya existía en 2019, y habíamos empezado a negociar con el FMI. Ya había un bloqueo entre el Parlamento, el gobierno y la presidencia. Kais Said ha agravado esta crisis. La idea del golpe la tenía ya hace tiempo, lo advertí en abril [del año pasado]. Said hacía incesantes visitas a los cuarteles del ejército, de la policía, lanzaba discursos de odio hacia sus adversarios …

Said justificó sus medidas excepcionales basándose en la Constitución …

El 25 de julio [de 2021] recurrió al artículo 80, pero lo violó. El artículo establece que no puede disolver el Parlamento, pero lo hizo. Establece que el Parlamento permanece en sesión abierta. Pero su primer acto fue enviar un tanque para que el Parlamento no se pudiera reunir. Después, tomó la decisión de otorgarse todas las prerrogativas legislativas, disolvió el Consejo de la Magistratura, metió la mano en el ISIE [la Junta Electoral], envió a civiles a tribunales militares, procesó a un centenar de diputados por haberse reunido online, y declaró que la Constitución estaba suspendida. ¿Quién le dio ese derecho?

Por lo tanto, ¿no considera legítimo el proceso constitucional?

No, porque es fruto de un golpe de Estado populista, y se ha redactado una nueva Constitución excluyendo a todos los actores políticos, partidos, sociedad civil. Lo hizo él solo. ¿En base a qué derecho, divino? Creó una comisión consultiva, y luego no la hizo caso. Incluso el presidente [de la comisión] se volvió en su contra. Esta Constitución le da un poder personal y absoluto más fuerte que el que tenían Ben Ali o Burguiba. Se elegirán dos asambleas, pero su papel será nulo. La Comisión de Venecia ha sido consultada, y su informe censuraba todo el proceso. Su respuesta fue declararla persona non grata. Nos hundimos en una crisis sin precedentes. Yo he vivido muchas crisis, porque ya tenía uso de razón en el periodo de la independencia. Pero una crisis como la actual, a la vez política y económica, no la he conocido.

Dicen que en el referéndum votó el 30%, pero con sinceridad, no creo que haya habido ni un 10%. No diré que menos para que no me acusen de exagerar. Ese es el nivel de su popularidad. Esta Constitución no ha sido avalada por el pueblo. Incluso si tomamos cifras oficiales, el 70% no la ha apoyado. No ha habido ningún debate.

¿Cuáles son las raíces de esta crisis?

Es el resultado de un fracaso. El pueblo tunecino eligió la democracia y confió en una clase política que ha fracasado. En las elecciones de 2019, dos tercios no participaron. Y el otro tercio eligió un Parlamento muy fragmentado, y se refugió en un hombre que ha dicho ser limpio, ya veremos si lo será… Obtuvo 600.000 votos [en la primera vuelta de las presidenciales]. Luego, [en la segunda vuelta] le dijeron al pueblo que había que elegir entre la virtud y el vicio. El otro candidato salió de prisión el día antes de las elecciones. Fue así cómo consiguió el 70%. Su popularidad ahora ha remitido, y los que todavía están con él, lo apoyan de manera pasiva. Por ejemplo, no responden a sus llamadas a salir a la calle, a participar en una consulta online

Algunos opositores comparan a Said con Ben Ali. ¿Está de acuerdo?

Eso sería un insulto a Ben Ali. Yo lo conocí. Era un hombre inteligente, que procedía del Estado, con experiencia en la gestión pública. Ahora que está muerto, puedo decir que fue el mejor sucesor de Burguiba. Su política fue la continuación de Burguiba, en las relaciones internacionales, las decisiones económicas, el papel de la mujer … Tomó el poder con el país en crisis, todo estaba bloqueado, diseñó un programa estructural con el FMI y Túnez fue el primer país en firmar un partenariado con la Unión Europea (UE). No era estúpido, ni venía de otro planeta. Yo fui el primer opositor de Ben Ali. Mi diferencia con él era por la cuestión de los derechos humanos. La gente moría bajo la tortura… Fue un déspota que nos hizo sufrir. Pero no solo hubo eso, logró resultados económicos que no tenían otros países del Sur del Mediterráneo.

Con Said, estamos aún en su primer año, con Ben Ali la represión no llegó hasta el tercer año. Said es imprevisible, impulsivo, no sabe qué hará mañana. Solo hay un discurso oficial político que es el de la división entre los traidores y los patriotas. Ha llegado a decir que el lugar para sus oponentes es la prisión o bajo tierra. Por ahora, esto no ha pasado, y por eso podemos estar aquí hablando tranquilamente. Lucharemos por conservar nuestros logros democráticos. Pero es que no hay contrapesos, y si el Estado profundo continúa con esta posición, [Said] puede ir muy lejos. Pero creo que la crisis social evitará que pueda llegar a hacerlo.

Said es un populista clásico, que habla de un pueblo verdadero que responde solo a la imaginación del líder. Los cuerpos intermedios le molestan. En el populismo, no debe haber nada entre el líder y el pueblo. El pueblo que él imagina, claro, no el pueblo real.

¿Han decidido ya si participarán en las elecciones legislativas de diciembre?

No lo hemos anunciado públicamente, pero en nuestros debates internos parece que optaremos por un boicot. Estimamos que se desarrollarán bajo la supervisión de una comisión que no es imparcial ni neutral, que no tiene credibilidad. El nuevo Parlamento no tendrá prerrogativas, porque la nueva Constitución instaura un poder personal. Y esto sucede en un clima político de profunda división, en el que no hay diálogo de ningún tipo. Creo que las elecciones se celebrarán en un clima de indiferencia popular, de apatía. Así que no participaremos. Si lo hiciéramos, solo seríamos un decorado inútil. Con Ben Ali, había una serie de partidos de la oposición que eran un simple decorado. No tenían fuerza. Después de la Revolución, estos partidos desaparecieron. Los que se integren en el sistema, no recogerán ningún fruto.

¿Cómo definiría el estado de la oposición?

La crisis política afecta a todas las fuerzas, tanto las que están en el FSN, como fuera. La población rechaza esta experiencia de transición que se ha vivido. Todos los partidos están desacreditados a ojos de la gente. Hay que decir que algunos partidos apoyaron el golpe de Said, y solo ahora han abierto los ojos, y ya están en la oposición. Las fuerzas liberales y de izquierda son muy débiles. Antes de crear el FSN, les dije: “Hagamos como decía Mao, golpeemos juntos, y luego marchemos separados”. Pero estos partidos, igual que parte de la sociedad civil, son amorfos. No pueden constituir una oposición fuerte. Después de seis meses, decidí que si quería entrar en acción solo lo podía hacer con aquellos que estaban sobre el terreno, como el grupo de Jaouhar Ben Mbarek [Ciudadanos contra el Golpe] y Ennahda. Así se creó el FSN.

¿Aún aspira a integrar a los partidos de centroizquierda en el FSN?

Aún estoy en contacto con ellos. Pero utilizan la presencia de Ennahda como coartada. Sus argumentos no convencen, porque algunos incluso gobernaron con Ennahda. Y yo les digo que la cuestión ahora no es Ennahda, el objetivo no es reinstaurarla en el poder. Una vez recuperemos la democracia, será el pueblo quien decida, y ya les dará el 10% o el 15% de los votos, o lo que sea. Hoy Ennahda no está en el poder y no tiene sentido convertirlo en el enemigo principal. Hasta el 25 de julio del año pasado, yo fui un adversario frontal de Ennahda, pero las cosas han cambiado. Tenemos necesidad de un contrapeso para restablecer la democracia.

Como Ennahda es impopular –le hacen asumir la responsabilidad de los fracasos de esta década–, estos partidos creen que si mantienen las distancias con los islamistas, ganarán la confianza del pueblo. Pero no es así. Es a través de la acción cómo ganarán esa confianza. Ahora hacen manifestaciones poco concurridas. Si vinieran con nosotros, impulsarían el retorno a la democracia. Pero no quieren venir, y no se les puede obligar. Lo más importante, en todo caso, es tener una posición común, unos mismos objetivos.

¿Una retirada de Rachid Ghanuchi de la vida política podría ayudar a unir la oposición?

No, solo serviría para envalentonar a Said. Ghanuchi fue elegido en un congreso de su partido que no ha sido contestado por nadie, ni dentro, ni fuera del partido. La decisión de retirarse o no le corresponde a él o a su partido. O a los diputados del Parlamento [del que es el presidente]. Nadie más puede hacerlo. Las fuerzas de izquierda están en contra de Ennahda en general, no solo de Ghanuchi. En las reuniones, no han puesto su marcha de la escena política como una condición para integrarse en el FSN, sino más bien lo han expresado como simple un deseo.

¿Y con Abir Musi, puede haber una concertación?

Su caso es diferente. Con los partidos de centroizquierda compartimos un diagnóstico y un objetivo, que es el retorno de la democracia. Simplemente, divergimos en la cuestión de la estrategia porque ellos se quieren desmarcar de Ennahda. Pero ella lo que quiere es un país sin islamismo político. Quiere erradicar a una parte de los tunecinos. Eso no es democracia. Todos los que respetan la ley deben tener el mismo derecho de expresarse y de participar en la gestión del país. Ennahda es un partido que se presenta a las elecciones, y que recibe el apoyo de una parte del pueblo. Hay que aceptarles como un componente de la sociedad tunecina, tengan un gran peso o no. La gente que no comparte su punto de vista, debe unirse y competir con ellos. Yo fui opositor de Ennahda, igual que de Essebsi. Pero cuando hay un golpe de Estado, no se puede hablar de adversarios.

Curiosamente, yo podría haber tenido una misma posición [erradicadora] de los desturianos en 2011. Pero no, fui el único en contra de disolver el partido desturiano. Dije que había que cortar el cordón umbilical que lo unía al Estado. Y había que juzgar a los implicados en casos de corrupción o asesinatos. El resto, son tunecinos que han cometido errores, pero hay que dejarles participar en la nueva Túnez. Incluida Abir Musi, que entonces firmó una carta de renuncia de su partido.

¿Cuál es su hoja de ruta para salir de la crisis actual?

Se debe celebrar un congreso de diálogo nacional, del que debe salir un gobierno interino con un programa acordado entre todos y que tenga como misión llevar al país a unas elecciones anticipadas legislativas y presidenciales. Con el fin de garantizar el mantenimiento de la legalidad, el Parlamento podría excepcionalmente reunirse para dar legitimidad a las decisiones del Congreso, incluida una reforma de la ley electoral si así fuera acordado, la investidura de un gobierno de salvación al que le otorgaría la capacidad de gobernar por decreto. Sería una sola sesión extraordinaria para apoyar estas decisiones. Eso sería lo ideal, pero nos adaptaremos en función de cuál sea la realidad.

Y entonces, ¿ya correspondería al nuevo Parlamento discutir la enmienda de la Constitución de 2014?

No, eso lo debería hacer el congreso de diálogo nacional porque la Constitución de 2014, cuando habla de la relación entre gobierno y Parlamento era errónea, y ha llevado a la parálisis del Estado. Ya lo advertí en su momento. No podemos volver a la situación de antes. Hace falta escoger un régimen parlamentario o presidencialista democrático, con contrapesos. El sistema híbrido actual, que ha seccionado al ejecutivo en dos cabezas, ha llevado a un sistema en el que los partidos se dividen el Estado. El resultado es el bloqueo institucional, y de ahí el rechazo popular que vivimos. El diálogo nacional deberá discutir un mínimo de reformas para no volver atrás. Y una de ellas es cómo dar estabilidad al ejecutivo.

¿Cómo valora la posición de la comunidad internacional ante el proceso político actual?

Estoy satisfecho con la posición de los países amigos y socios tradicionales. Han expresado su apoyo a la democracia, su inquietud por el camino adoptado en Túnez, pero no les han dicho a los tunecinos qué deben hacer. No se han inmiscuido, ni han dictado nada. Su posición nos reconforta. La comunidad internacional nunca ha calificado de golpe de Estado la acción de Said. Nosotros sí. Pero no creo que sea una divergencia de convicción. La comunidad internacional ha querido mantener el diálogo con Said, y lo comprendo. En lugar de perseguirlo, prefieren que se enmiende y vuelva a la senda democrática. Lo comprendo. Ellos tienen unos intereses militares, geostratégicos, económicos, que nosotros no tenemos. Y nosotros tenemos unos intereses que ellos entienden. Ahora bien, si mañana, después de las elecciones, dicen que han hecho lo que han podido, y que tienen que tratar con el régimen en vigor, lo comprenderé. Entonces nosotros libraremos nuestro combate solos, como lo hicimos con Ben Ali. Era él quien tenía el apoyo de la comunidad internacional. No tenemos ningún interés en integrarnos en este sistema.

¿Percibe diferencias entre la posición de Estados Unidos y la de la UE?

Sí, esta divergencia existe. Ambos, tienen una posición oficial clara y fuerte. Pero en las discusiones privadas hay una distancia. La UE, o al menos su representación en Túnez, está más inclinada en retomar la ayuda, el turismo, la inversión. Y me parece bien, pero eso no debe ser a expensas de la democracia. Percibimos que hay ciertas dudas.

Y usted, ¿qué papel jugará en el futuro de Túnez?

Soy una persona mayor, y eso pesa en mi concepción del rol que me gustaría asumir. Si mañana tenemos una democracia, y el país quiere ser dirigido por una persona que tenga una capacidad de unir el país, y yo me miro y veo que tengo salud y puedo asumir esa tarea, no podré decir que no. Pero si veo a un joven capaz de asumir el renacimiento, le ayudaré. Tengo ganas de descansar. Honestamente, no es una preocupación ahora. /

“Kais Said es imprevisible, ni él sabe qué hará mañana”





“Said es un populista clásico, que habla de un pueblo verdadero que responde solo a la imaginación del líder. Los cuerpos intermedios le molestan”


“Se debe celebrar un congreso de diálogo nacional, del que debe salir un gobierno interino con un programa acordado entre todos, con la misión de llevar al país a unas elecciones anticipadas”

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