Abu Mazen: ¿una nueva oportunidad para la paz?

A pesar del apoyo recibido, el margen de maniobra palestino es limitado y la paz sólo será posible con el apoyo de la comunidad internacional y un cambio del lado israelí.

Ignacio Álvarez-Ossorio, profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante

La elección de Mahmud Abbas (Abu Mazen)como presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y la formación de un gobierno de Unidad Nacional en Israel han allanado el camino para la reanudación del proceso de paz. A pesar de que se trata de la primera vez que palestinos e israelíes se manifiestan dispuestos a retomar el diálogo tras cuatro años de Intifada, las posiciones en torno a las cuestiones del estatuto final siguen distantes.

Los retos de Abu Mazen

El pasado 9 de enero, la población de los territorios ocupados eligió al sucesor de Yasir Arafat al frente de la ANP. La participación –que se cifra en menos de un 50%– distó de la registrada en las presidenciales de 1996. Las razones habría que buscarlas en los llamamientos al boicoteo realizados por Hamás y en la intimidante presencia militar israelí, aunque también debería aludirse al hartazgo generalizado ante un proceso de Oslo que ha deteriorado notablemente las condiciones de vida de los palestinos y ha alejado la posibilidad de establecer un Estado independiente.

En Jerusalén Este, donde viven unos 200.000 palestinos, sólo pudieron registrarse 5.000 votantes ante las trabas impuestas por las autoridades israelíes. Como habían pronosticado todos los sondeos, Abu Mazen, el candidato del oficialista Al Fatah, se impuso con holgura al obtener un 62,52% de los votos, un porcentaje muy alejado del 88% obtenido en su día por el rais. Mustafá Barguti, el candidato de la Alianza Nacional Palestina, se hizo con un meritorio 19,48%, aunque no logró atraer a los islamistas que, durante la campaña electoral, amagaron con torpedear la candidatura de Mahmud Abbas respaldando a su más directo rival. Los otros cuatro candidatos apenas sumaron un 11%.

En total, uno de cada tres votos fue a parar a la oposición. En su toma de posesión, el 15 de enero, Abu Mazen dejó claro por qué era el candidato predilecto de la comunidad internacional. Como si tratase de no defraudar las esperanzas en él depositadas, tuvo buen cuidado en subrayar su compromiso con un acuerdo negociado y se manifestó dispuesto a alcanzar “una paz justa: la paz de los valientes”, expresión acuñada por el desaparecido primer ministro, Isaac Rabin. Además recordó a la comunidad internacional su disposición a aplicar la Hoja de Ruta elaborada en 2003 por el Cuarteto (Estados Unidos, la Unión Europea, las Naciones Unidas y Rusia). Sin duda, la Hoja de Ruta marcará las dos prioridades de la agenda palestina.

De una parte, la reforma de las instituciones (y, en particular, de los cuerpos de seguridad) y, de otra, la interrupción de la violencia (con el desarme de las facciones armadas). La comunidad internacional ha terminado por aceptar como válido el argumento israelí de que es necesario que los palestinos hagan avances en estos dos terrenos antes de reanudar las negociaciones. Por el momento, el fin de la ocupación y el establecimiento de un Estado independiente, los dos principales objetivos del movimiento nacionalista palestino, han quedado relegados a un segundo plano.

A nadie se le pasa por alto que las palabras de poco sirven si no van acompañadas de hechos. Como miembro destacado de la “vieja guardia” de Al Fatah, el nuevo presidente de la ANP tiene su parte de responsabilidad en la situación que atraviesa la dirección palestina, cuestionada por su inoperancia y corrupción. Sólo el olfato político de este superviviente nato le habría llevado a distanciarse de Arafat en sus últimos meses de vida y a presentarse como el máximo valedor de las reformas que demandaba la comunidad internacional. La reforma de la ANP está estrechamente ligada con la interrupción de la violencia.

Abu Mazen se ha distinguido por sus críticas a la militarización de la Intifada, que llegó a considerar un “error histórico”. En su discurso de toma de posesión, reclamó un inmediato alto el fuego que pusiese fin a la violencia, pero insistió en que éste debía ser recíproco e involucrar también a Israel. El endurecimiento de su posición quizá guarde relación con las esperanzas de alcanzar una tregua de largo alcance. De hecho una de sus primeras medidas al frente de la ANP ha sido reclamar la disolución de las Brigadas de los Mártires de al Aqsa a las que ofreció integrarse en las fuerzas de seguridad palestinas.

El papel de Hamás

Aunque es posible que algunos jefes locales de las Brigadas de los Mártires del Aqsa rechacen tal oferta y desafíen su autoridad, no cabe duda de que el principal reto para la presidencia de Abu Mazen lo representa Hamás. En lugar de recurrir al palo, el dirigente palestino parece haberse inclinado, por el momento, por la zanahoria, confiando en que mediante el diálogo pueda atraer a los islamistas hacia el juego político. La disposición de los mandos de Hamás a dar un paso de esta envergadura es hoy mayor que nunca.

Aunque durante los cuatro años de Intifada ha logrado extender su influencia al presentarse como la principal defensora de la causa palestina, también es cierto que el precio pagado ha sido demasiado alto puesto que buena parte de sus dirigentes políticos y militares han sido asesinados por el ejército israelí a través de los denominados “asesinatos selectivos”. La nueva coyuntura podría favorecer una posición más pragmática de Hamás que tuviera en cuenta la distribución de fuerzas existente sobre el terreno.

Las recientes declaraciones de algunos de sus responsables, favorables a una solución negociada basada en la fórmula de los dos Estados (algo que el propio programa político de la formación rechaza de manera expresa), indicaría un cambio de actitud de la dirección islamista. Hamás, que en el pasado ha rechazado intervenir en las instituciones creadas por los acuerdos de Oslo, ha dado un paso de gigante en el proceso de incorporación al juego político al anunciar que lo hará en las elecciones que se celebrarán el 17 de julio para elegir al nuevo Consejo Legislativo Palestino.

Como anticipo, Hamás ya ha participado en la primera fase de las elecciones municipales donde ha cosechado un importante éxito al conquistar nueve ayuntamientos (frente a los 14 de Al Fatah) lo que le ha servido para calibrar su peso político (se hizo con un 35% de los votos). La evacuación de Gaza, que el gobierno israelí prevé iniciar en agosto de 2005, mostrará a las claras si Al Fatah y Hamás son capaces de superar sus diferencias para garantizar la gobernabilidad de la superpoblada Franja de Gaza donde malviven más de 1,3 millones de palestinos en unas condiciones de pobreza alarmantes.

De llevarse a cabo la salida de los 8.000 colonos judíos y el desmantelamiento de los 18 asentamientos, la ANP tendrá una extraordinaria oportunidad para mostrar que está suficientemente preparada para asumir retos de mayor envergadura (como la creación de un Estado independiente). De fracasar en su cometido, Gaza podría sumirse en el caos o, lo que es peor, en una confrontación civil.

¿Pueden reanudarse las negociaciones?

La interrupción o, al menos, la congelación de la Intifada no parece factible mientras la ANP se encuentre en una situación de manifiesta debilidad y las tropas israelíes se mantengan en los territorios autónomos. Como mostró el ataque contra el puesto fronterizo de Karni el pasado 13 de enero, reivindicado por las Brigadas de Ezzedin al Qassam y los Mártires de al Aqsa, los llamamientos al alto el fuego no tendrán éxito mientras no se reconstruya la confianza entre las partes. La imposición de castigos colectivos y la interrupción de los contactos oficiales entre las partes no parecen ser los medios adecuados para reanudar el proceso de paz.

El margen de maniobra palestino es tan limitado que no puede preverse un cambio en la situación actual de no darse una activa implicación de la comunidad internacional. Paradójicamente, gran parte del éxito o el fracaso de la tarea que pretende acometer Abu Mazen depende del gobierno israelí. Como parte fuerte de la ecuación, Israel ha decidido desde el arranque del proceso de paz los ritmos de la negociación, mientras que los palestinos sólo han tenido dos opciones: aceptar o rechazar lo que se les ofrecía.

En su toma de posesión, el líder palestino hizo toda una declaración de intenciones de lo que esperaba del tercer gobierno que preside el primer ministro israelí, Ariel Sharon: “La paz no se consigue mediante los dictados ni las soluciones parciales o temporales, sino mediante el trabajo conjunto para lograr una solución completa y definitiva basada en el principio de los dos Estados”. Cabe preguntarse, en último término, qué tipo de avances pueden darse mientras no se modifique la actual repartición de fuerzas.

Pese a que se han registrado ciertos cambios positivos, las causas del conflicto palestino-israelí siguen sin abordarse. Israel mantiene sus planes de anexionarse importantes porciones del territorio palestino y profundizar en la “cantonización” de Cisjordania mediante la construcción del muro, mientras que los palestinos cada vez están más lejos de su objetivo de erigir un Estado independiente y viable sobre las fronteras de 1967. Las diferencias en torno a Jerusalén, los asentamientos y los refugiados no sólo no se han desvanecido desde el fracaso de la cumbre de Camp David, sino que han aumentado como resultado de los cuatro años de Intifada. En esta coyuntura no parece factible que Sharon acepte ir más allá de lo ofrecido por Ehud Barak en Camp David, ni tampoco que Abu Mazen se conforme con menos de lo que en su día rechazó Arafat.