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EGIPTO: UNA VISIÓN PARTICULAR

GAMAL AL-GHITANI
Escritor y periodista, El Cairo

Ampliar imatgeEl Mar Mediterráneo tiene para mí una dignidad especial, y cuando oigo a alguien que habla del Mar Mediterráneo, mi mente y mi imaginación vuelan inmediatamente hacia él, no hacia el Mar Rojo, ni hacia el Mar Negro, ni el Mar Muerto, ni hasta el Océano, no se me aparece sino el Mar Mediterráneo, el cual tiene una presencia especial, diferente a la de los otros mares que haya podido llegar a ver, o surcar en barco, o sobrevolar en avión. El Mar Mediterráneo es el único en el que me he sumergido, he observado las olas que surgen de sus profundidades desde los pequeños ojos de buey redondos durante mis viajes en un submarino militar en tiempos de mi labor como corresponsal de guerra, mientras se adiestraban los soldados cuando se preparaban las hostilidades.

¿De cuales fuentes surgen para mí las peculiaridades del Mar Mediterráneo?

No puedo definirlas, pero puedo conjeturarlo…

Tal vez porque sea este el primer mar que vi. Sucedió esto en el año 61 del siglo pasado, cuando tenía 16 años, y era estudiante de secundaria. Hasta ese instante de mi vida la palabra mar tan solo significaba para mí el Río Nilo, pero ciertamente la cuestión es relativa, y se dice, “quién no ha visto el árbol no puede describirlo”. Yo no lo creo. Así estaba en el pueblo de “Juheyna”, en el sur de Egipto, oía a la gente que hablaba del mar, pero se referían al Río Nilo, aquel río antiguo y venerable, el cual se desborda cada año y cubre con sus aguas las tierras, y la vida se renueva. Cierta vez oí a alguien que hablaba del “Gran Mar”, pero jamás pude ver este mar hasta que cumplí los dieciséis años. Mi familia no tenía la costumbre de ir de veraneo, ni de pasar una semana o dos en Alejandría o Ras el-Barr, los lugares de vacaciones veraniegas más famosos de Egipto durante los años sesenta. Vivíamos en uno de los barrios del Viejo Cairo, y tan solo había una familia, de entre todas las familias del barrio, que iba en verano dos semanas a Alejandría. La señora de la familia era blanca y hermosa, y tenía un cariño especial por su esposo el abarrotero. Y oí que se iba al mar, que se sacaba las ropas y se ponía el vestido de baño, el bañador, y oí de una vecina que esto era algo detestable. Aquel día subí al tren hacia el norte por primera vez, aunque realmente me dirigía hacia el sur, hacia “Sa?id”, ¡cuantas veces deseé cambiar la dirección!, hacia la que nosotros llamamos “la dirección del mar” o “marina”, pues ésta es en Egipto el origen de las brisas suaves y refrescantes. Por esto en la construcción de los edificios se recomienda que las ventanas estén orientadas a la “marina”, y marina viene de mar, y el mar al que aquí se refiere es el Mar Mediterráneo. No olvidaré nunca ese momento. Cuando se posaron mis ojos en el mar azul e interminable por primera vez, entre Alejandría y “Abu Qayr”, por la ventana del tren regional, una mirada que se infiltra entre las casas que hay a primera línea de mar, un camino estrecho que desciende y acaba allí en el mar, como supe después, todos los caminos acaban en el mar, y empiezan otros caminos de maneras diferentes. Un color azul profundo, que se hace más claro en otros lugares, se extiende por el infinito, donde se une con el horizonte, donde toca los cielos y sube hasta ellos para volver a descender, donde se encuentran los límites del planeta.

Su color sublime y floreciente renovó mi existencia, y estableció el no-anhelo, el indeterminado, la pasión eterna por las orillas que no se muestran a la vista; por primera vez mis ojos se posaron en el camino que se desborda hacia el infinito, hacia la eternidad, especialmente en su color, aquel azul, que no sé de donde nace, por donde empieza. Totalmente igual que los mares, ¿acaso tal vez puede el hombre indicar el punto en dónde empieza o acaba el mar? Tal y como dice Mavlana Jalal al-Din Rumi en su Mathnavi, “no preguntes dónde está el centro del mundo, tu eres el centro”.

Y los mares por ejemplo, no tienen un centro concreto, cada punto de ellos es un centro, un inicio y un final, destino y regreso, pero el color, me quedé prendado de él, y me dominó, el azul, el color de la vida, ¿acaso no se muestra nuestro planeta Tierra desde el espacio exterior lejano, de color azul, el color de las aguas que cubren la mayoría de su superficie.

El azul del Mar Mediterráneo tiene también sus peculiaridades. Un azul que nace de un azul como él mismo, claro y oscuro, pero un azul que muda constantemente. Me dirigí a él, a partir de ese instante, no tan solo con la mirada, sino con todo lo que soy y poseo, con todo lo que puedo dar y tomar, y no me hallo en este estado hasta que no me encuentro cara a cara con el mar, no hay sitio en absoluto donde se haga libre mi viaje, excepto dentro de mi alma, en el corazón del ser, como cuando me siento delante del mar, ¿Cuántos instantes placenteros he pasado así, sentado delante suyo directamente, sobre la arena y las rocas, en un balcón o por la ventana! Pero el súmmum de la expectación llega con la puesta de sol, cuando el astro rey empieza su descenso, cuando se multiplican los colores al hundirse profundamente en las aguas interminables. Me acostumbré en Alejandría a observar la puesta de sol en su estado natural, allí en el mar. Cuando viajé por primera vez al Mar Rojo, en el año setenta, en tiempos aquellos de guerra, antes de que Al-Gharda y Al-Šati? Al-Tawil se convirtieran en los más famosos destinos turísticos de Egipto, estuve visitando la zona como corresponsal de guerra, me asombré cuando observé el amanecer en el Mar Rojo, y la puesta de sol en el Sáhara. La puesta de sol en el Mar Mediterráneo tiene para mí una autoridad propia, a pesar de que yo he vivido la puesta de sol en diferentes y variados lugares del globo. Me imagino esta puesta de sol en los ojos de un hombre de la Antigüedad, que no conoce aún el movimiento de los astros, o los peligros a los que se expone al observar la fuente del calor y la luz que se refleja en las aguas majestuosas. Tal vez el temor, tal vez el miedo de que el sol no regrese jamás…

Me fue concedido el ver el Mar Mediterráneo y su azul desde varios y diferentes lugares allí donde se muestra, desde la costa egipcia en Port Said, Marsa Matruh, al-Arish, o desde Túnez, en Hamamet, Susa, Gabés, desde Argel, desde Tánger, desde Montpellier en Francia, desde un pueblo pequeño y cercano llamado Gabes, desde las pequeñas y bellas ciudades de la costa francesa, desde aquellas aguas que acarician las costas aquí, en España, desde Génova en Italia, desde las islas griegas, desde Adana en Turquía, Lataquia y Tartus en Siria, Beirut, Trípoli, en estas aguas que acarician las costas mediterráneas. Las vi en Marsella, y estoy convencido de que vienen de Alejandría, o de que se dirigen a ella. No podemos controlar la dirección del agua con la mirada, ¿acaso viaja alejándose o acaso se acerca?, ¿acaso se va o acaso viene?

Lo más extraño es que yo, cuando llegué a la costa del Mar Adriático, no sentía que estaba delante del Mar Mediterráneo, a pesar de que le es una prolongación natural, si nos fijamos en el mapa, y lo mismo me pasó en el Estrecho de los Dardanelos, o en Varna en Bulgaria, o en Sochi, en la (antigua) Unión Soviética, que se asoman en el Mar Negro. No es tan solo el poder del nombre, sino que hay algo especial en el Mar Mediterráneo, tiene una peculiaridad que requiere contemplación, estudio, hay algo oculto, que se refleja en sus aguas, en los rasgos de la gente, en su carácter, su alimentación, en sus costas. Me imagino que su fundamento es cultural, que ha forjado civilizaciones originales y antiguas en sus costas. Y el pilar firme de estas civilizaciones es la civilización egipcia antigua, que halló en el Valle del Nilo la contemplación, que elaboró las leyes del mundo, y descubrió la existencia de fuerzas ocultas que rigen este universo visible, y contactó con otras civilizaciones y pueblos a través del Mar Mediterráneo. La madera del cedro del Líbano era imprescindible para la construcción de los barcos sagrados con los que cruza el Sol la noche oscura y velada. A principios de los años cincuenta los arqueólogos descubrieron dos barcos del Sol, al lado de la gran pirámide de Kheops, y repitieron su construcción. El barco era un símbolo fundamental en el pensamiento egipcio antiguo, con los barcos cruzaron los egipcios el Mar Mediterráneo, y no traían estos barcos la madera del cedro, ni la seda fenicia, sino que sus tripulantes traían ideas y observaciones diversas. Por este mar llegó Alejandro Magno, y los griegos se establecieron en los templos egipcios, y en la famosa biblioteca que se asoma al Mar Mediterráneo. Y allí aprendieron la sabiduría de los antiguos egipcios, y las ciencias de los ancestros, y tradujeron los libros y las obras egipcias antiguas al griego, así se comunicaron los razonamientos, y las ideas se extendieron desde el Valle del Nilo hasta Atenas, Europa.

La navegación por el Mar Mediterráneo era bien conocida en el Antiguo Egipcio, y como resultado de estos viajes se escribió la leyenda de lo más maravilloso que nos sucedió, habla de las circunstancias por las cuales fue exiliado Sinuhé, uno de los hombres del faraón, a una isla del Mediterráneo, tal vez sea a la isla de Chipre, o Creta. Y cuando sintió Sinuhé la inminencia de la muerte, empezó a escribir emocionantes cartas al faraón, solicitándole el perdón, pues lo que más temía el egipcio antiguo era morir y ser enterrado en una tierra extraña, no en la tierra de “Kemet”, y es que “Kemet” es el nombre de Egipto en la Antigüedad.

La isla de Creta es la primera tierra que vi por la ventana del avión, cuando viajaba hacia el oeste, cruzando el Mar Mediterráneo, una hora después de la salida de Alejandría, observé las cumbres elevadas y rocosas de la isla, que los egipcios conocen desde antaño. Cuando el clima es agradable, y el aire puro, observo las aguas del mar, contemplo sus ondulaciones. Me interrogo sobre el día cuando el hombre pueda desentrañar su memoria y leer sus símbolos, pues las aguas tienen memoria, exactamente como la tierra firme, y tal vez la memoria del Mar Mediterráneo es de lo más antiguo y profundo que ha conocido la Tierra de recuerdos. Y el tránsito entre sus costas es antiguo, las flotas mercantes, y de guerra, la Ruta de la Seda, que empezaba en la China y acababa en la ciudad de Venecia. Cuando vi las ventanas del Palacio del Duque, en Venecia, percibí en su diseño las huellas del arte árabe, como si estuviera observando tapices colgando de un patio, azulejos y cerámica. En Sicilia vi cúpulas de apariencia islámica desde el exterior, en el interior iglesias, las pinturas sobre los muros, con variedad de arabescos árabes, y las unidades griegas y bizantinas. Sicilia era un lugar ejemplar de interacción, de convivencia y coexistencia, exactamente como lo era Al-Andalus, coexistían las religiones, y las ideas se influían mutuamente, y desde este rincón oriental del Mar Mediterráneo del cual formamos parte nosotros, se extendieron los fundamentos espirituales que han modelado el mundo moderno, desde aquí surgieron las ideas, las esperanzas. Y de todas las invenciones de la humanidad alrededor de sus margenes, obtiene este mar sus peculiaridades, y es lo que me permite diferenciar sus olas, y su azul, y el resto de los mares del planeta.




 
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