Economía y territorio | Relaciones comerciales
Desarrollo en un mundo difícil:
los retos del Magreb
Martin Wolf
Editor Asociado y Analista
Económico Jefe
Financial Times, Londres
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Vivimos en un mundo
de economía globalizada. Esto es un simple tópico. Aunque también
es verdad. ¿Qué significa para los países del norte de África, especialmente
para Marruecos, Argelia y Túnez? ¿A quién debemos formular dicha
pregunta? Para poder responderla yo tendría en cuenta estos cuatro
puntos: primero, ¿quiénes son los conductores de esta economía globalizadora?
En segundo lugar, ¿cuál es el reto para el Magreb? En tercer lugar,
¿cómo está respondiendo el Magreb? Y, finalmente, ¿cuál es la tarea
a desempeñar por parte de estos países?
Los conductores de la economía global
La globalización es, en el fondo, un proceso económico, aunque goza
de gran poder político y consecuencias culturales y sociales. Consiste
en la integración de las economías a través de distintos mercados,
traspasando fronteras. Son tres las fuerzas «madre» de la globalización:
la mundialización aplicada al mercado y, en particular, a la liberalización
de las barreras en el momento de hacer transacciones transnacionales;
la reducción de los gastos derivados del transporte y, aún más,
de las comunicaciones; y el crecimiento del este y sur asiático,
que abarcan, entre ambos, más de la mitad de la humanidad.
El Informe Mundial de Inversión que publica anualmente
las Naciones Unidas da un claro ejemplo del auge en la integración
global entre 1990 y 2003. En este corto período, las exportaciones
mundiales de bienes y servicios crecieron de un 18,9 por ciento
a un 25,5 por ciento del producto mundial; las exportaciones provenientes
de socios extranjeros pasaron del 5,3 por ciento a un 8,5 por ciento,
y el producto bruto de socios extranjeros aumentó de un 6,4 por
ciento a un 10,2 por ciento; el valor interior de inversión directa
internacional subió del 8,6 por ciento al 22,8 por ciento y las
ventas de socios extranjeros aumentaron de un 25,1 por ciento a
un 48,6 por ciento.
En cada caso, la actividad orientada hacia un mercado internacional
creció más rápido que el producto mundial. Éste es quizás un mundo
de integración rápida. Quizás sea más significativo el crecimiento
del papel que desempeña la inversión directa extranjera (IDE). Tras
un largo período en el que los países lucharon para mantener a las
multinacionales fuera de sus economías, ahora luchan para atraerlas.
El movimiento del mercado es un hecho bastante generalizado. Fueron
momentos realmente importantes la finalización de las negociaciones
comerciales de la Ronda de Uruguay y la creación de la Organización
Mundial de Comercio; la decisión de todos los países desarrollados
de abandonar los controles bursátiles; la reforma progresiva de
la economía China llevada a cabo por Deng Xiaoping tras la muerte
de Mao Zedong; el fracaso del imperio soviético entre 1989 y 1991
y las reformas económicas de la India, bajo la dirección del entonces
ministro de Finanzas (y actualmente Primer ministro) Manmohan Singh,
después de la crisis económica internacional de junio de 1991. Unos
3 mil millones de personas ingresaron en el mercado global durante
los últimos veinticinco años. Ésta fue una transformación sin precedentes
en lo que se refiere a la velocidad y al alcance geográfico.
Consideremos solamente dos de los aspectos de esta rápida liberalización.
Durante la década de los noventa, tan sólo una cuarta parte de los
países en vías de desarrollo estaban libres de los controles de
circulación de capital, según el Fondo Monetario Internacional (FMI).
En los primeros años de esa década, la proporción era de hasta un
42 por ciento, a pesar de la ola de crisis financieras que golpeaba
las economías emergentes. Por otra parte, en 1992, la tarifa ponderada
media en China era superior al 40 por ciento, según el FMI. En 2002,
diez años más tarde, había bajado hasta el 6,4 por ciento. Durante
una década, por consiguiente, China pasó de tener niveles de protección
casi prohibitivos a niveles comparables a los de las principales
potencias de la época. Por lo que se refiere a la agricultura, los
niveles de protección en China eran más bajos que los de los países
desarrollados.
Tan significativas como los cambios en política fueron las revoluciones
tecnológicas. Este hecho se hizo más evidente en el coste de las
comunicaciones que no en el de los transportes. La última revolución
fundamental en la tecnología de los transportes fue la aviación,
que ya cuenta más o menos con un siglo de antigüedad, aunque hubieron
otras muchas innovaciones significativas: una de ellas fue la navegación
con buques porta-container y otra el cargamento aéreo en masa. Entre
1980 y 2000, el coste del flete marítimo descendió, como media,
un 20 por ciento y el coste del transporte aéreo un 30 por ciento.
El gran cambio, sin embargo, se halla en el coste de las comunicaciones
y el procesamiento de datos. El descenso de los costes de análisis
y diseminación de información facilitó, entre otras cosas, la integración
de la producción tanto de bienes como de servicios entre fronteras.
A medida que crece el uso de Internet, esta revolución continúa
aumentando y ampliándose. En 2002, según datos del FMI, solamente
el 13 por ciento de la población mundial usaba Internet. Pero ya
era mucho más que el 2,5 por ciento de 1997. En la emergente Asia,
el promedio era del 18 por ciento en 2002. En EE UU, ya era de casi
la mitad de la población. La manera como las sociedades respondan
a esta avalancha de información determinará en gran medida su destino
político y económico en el siglo XXI.
La tercera fuerza, junto a la liberación del mercado y el descenso
de los costes de los transportes y las comunicaciones, es el crecimiento
de Asia, y sobre todo, de China y la India. Estos dos países constituyen
casi dos quintas partes de la humanidad. Actualmente, ambos forman
parte de dicho movimiento.
China es ya la tercera entidad comercial más grande del mundo, por
delante de Japón, aunque por detrás de Alemania y EE UU. Parece
que va a convertirse en la primera potencia comercial en menos de
una década. El producto interior bruto per cápita de China, en paridad
de poder adquisitivo, es aún cinco veces inferior al de EE UU, incluso
después de dos décadas y media de rápido crecimiento. Es menor que
el PIB per cápita de Japón, en relación con el de EE UU, en 1950.
En ese momento, sin embargo, Japón aún tenía más de dos décadas
de crecimiento excepcionalmente rápido por delante. Por consiguiente,
China aún puede seguir creciendo de manera muy rápida durante dos
o tres décadas. La India se encuentra aún por detrás, y por lo tanto,
tiene un período más largo de crecimiento rápido por delante.
Los retos del Magreb
Entonces, ¿qué significan para el norte de África estos avances
en la economía mundial? Significan que un mundo duro se ha vuelto
aún más duro. Lo que aún queda por hacer es muchísimo. Como comentó
Mustapha Nabli del Banco Mundial, el mundo árabe necesita un 100
por cien de crecimiento en empleo durante las próximas dos décadas.
Pero China experimentó un crecimiento de solamente un 40 por ciento
entre 1980 y 2000, Corea del Sur consiguió un crecimiento del 55
por ciento y Malasia alcanzó solamente un crecimiento del 90 por
ciento. Para lograrlo, el crecimiento económico en el mundo árabe
debe ser como mínimo del 6 por ciento anual, más o menos el mismo
que experimentó la India durante las dos últimas décadas. Sin embargo,
durante la última década, el mundo árabe solamente ha logrado un
3,7 por ciento anual.
Por otra parte, como también comentó el señor Nabli, las economías
árabes son estructuralmente débiles. La proporción entre la inversión
privada y la inversión pública se ha establecido alrededor del 1,8,
mientras que en el este de Asia es de 5. Los sectores industriales
de los países árabes tienen más o menos la mitad de la envergadura
de los de los típicos países con ingresos bajosmedios. La proporción
entre comercio y PIB en Oriente Medio y el Magreb ha disminuido
desde más o menos un 90 por ciento en 1980 hasta alrededor de un
65 por ciento a día de hoy, aunque gran parte de la economía mundial
se ha abierto más al comercio, no menos. Las exportaciones, aparte
del petróleo, son una tercera parte de lo que podrían ser, teniendo
en cuenta las características de la zona, mientras que la IDE podría
(o debería) ser cinco o seis veces mayor. El mundo árabe es un oasis
estructural.
Descubrir que los países del Magreb son también relativamente pobres
no es ninguna sorpresa. El PIB per cápita, en PPA, de Túnez, el
más rico de ellos, es aproximadamente una cuarta parte del de Francia
e Italia. Marruecos es mucho más pobre todavía, con un PIB per cápita
aproximadamente siete veces inferior al de Francia. Argelia se sitúa
entre Marruecos y Túnez, pero solamente gracias a sus recursos energéticos.
Aparte de eso, está bastante subdesarrollada. China es ya más rica
que Marruecos, y se acerca rápidamente a Túnez. Con los actuales
niveles relativos de crecimiento, sobrepasará los ingresos per cápita
de Túnez en una década. La India es más pobre que Marruecos, pero
va a superarlo durante la próxima década si se mantienen invariables
los niveles relativos de crecimiento.
Entre 1990 y 2002, el PIB per cápita de Marruecos y Argelia, asolada
por las guerras, creció menos de un 1 por ciento anual. Este triste
rendimiento significa que estos dos países se situaban muy por detrás
de los países desarrollados de crecimiento lento al norte, dejando
de lado las economías emergentes de Europa central, Europa oriental
y Asia. El rendimiento de Túnez fue mucho mejor. El crecimiento
de su PIB per cápita fue superior al 3 por ciento anual, lo cual
le situaba por delante de Portugal, España, Grecia, Israel, Francia,
Italia y Turquía, por no mencionar a Marruecos y Argelia. Pero aún
así, el crecimiento de Túnez era más lento que el de China, Polonia,
la India y Malasia durante ese mismo período.
La historia de la atracción por la IDE es bastante parecida. Túnez
trabajó bien: la proporción entre su reserva de IDE y su PIB era
del 66 por ciento en 2003, por delante de Portugal y China. Marruecos
estaba muy por detrás, en el 26 por ciento, y Argelia aún más, por
debajo del 10 por ciento, cercano a los bajos niveles de Italia,
Grecia y Turquía.
En resumen, Túnez dispone de una economía emergente razonablemente
exitosa, aunque tampoco se trata de algo exagerado. Muchas opiniones
apuntan que Marruecos y Argelia fracasaron.
La respuesta del Magreb
¿Cómo pueden estas pequeñas economías responder a los retos a los
que se enfrentan? Con dificultad, debe ser la respuesta. La industria
de trabajo intensivo se ha complicado muchísimo, a causa del resurgimiento
de China como fuente energética industrial. La agricultura sigue
estando muy protegida en los principales mercados del norte. En
cualquier caso, lo que deben hacer estos países es sacar provecho
de las oportunidades de que disponen. La ventaja más importante
es la proximidad con Europa, aunque Europa central y oriental están
aún más cerca.
Para obtener resultados, debe crearse un clima de inversión en estos
países; También debe haber cambios en la gobernanza. Los análisis
de la calidad de gobernanza por parte del Banco Mundial situaron
a Oriente Medio y el norte de África por delante del sur de Asia
en 2004, pero por detrás de Europa central, Europa oriental y Asia
oriental en la mayoría de categorías.
La media de Oriente Medio y el norte de África se situó en el percentil
número 25 por la cola en voz y responsabilidad, el 39 en estabilidad
política y calidad reguladora, el 50 en estados de derecho, el 51
en efectividad gubernamental y el 52 en control de la corrupción.
Es decir, la actuación de la región fue mediocre en la mayoría de
categorías, pero sorprendentemente mala en activo y responsabilidad
política. Es lo que cabía esperar. Si echamos un vistazo a los países
del Magreb individualmente, observamos que evolucionaron pobremente
en voz y responsabilidad: Argelia estaba en el percentil número
24 y Marruecos en el 33, mientras que Túnez languidecía en el 18.
Sin embargo, Túnez estaba en el percentil número 52 en estabilidad
política, mientras que Argelia estaba en el 8 y Marruecos en el
40. En efectividad gubernamental, Túnez se situó en el percentil
número 70, Argelia en el 37 y Marruecos en el 56.
La calidad reguladora oscilaba desde el percentil número 18 de Argelia
hasta el 42 de Marruecos y el 45 de Túnez. De nuevo, en estado de
derecho, Argelia se situaba en el percentil 28, Marruecos en el
52 y Túnez en el 58. Finalmente, en control de corrupción, Argelia
estaba en el percentil número 42, Marruecos en el 57 y Túnez en
el 65. En resumen, Túnez tenía el gobierno más efectivo, Argelia
el peor y Marruecos se encontraba en medio de ambos.
Ahora veamos el clima de inversión, definido más detalladamente.
En tiempo de arranque de un negocio, tanto Marruecos como Túnez
y Argelia ofrecen un rendimiento favorable, de acuerdo con el Banco
Mundial, con 11, 14 y 26 días respectivamente. El tiempo de regulación
de un contrato también es aceptable: solamente 27 días en Túnez,
aunque Marruecos y Argelia quedan rezagados (240 y 407 días respectivamente).
Pero aún así, era mejor que el de la India, Polonia o Italia. Los
tres países también evolucionaron bien, relativamente, en el tiempo
necesario para registrar una propiedad y el tiempo necesario para
determinar insolvencias.
La tarea pendiente
¿Cuál es, entonces, la conclusión? En la época actual, los países
pequeños en vías de desarrollo sin grandes recursos humanos o gran
cantidad de recursos naturales (cuya gestión aporta grandes retos)
deben promover políticas superlativas y entornos institucionales.
Aunque el Magreb está lejos de encontrarse en una situación desastrosa,
sobre todo en comparación con África subsahariana, queda bastante
rezagado con respecto a los niveles más elevados. Flojea especialmente
en voz y responsabilidad. Lo que hace falta, en cambio, es un compromiso
firme para lograr una economía competitiva y una sociedad de mentalidad
abierta. Si dicha transformación no tiene lugar pronto, es poco
probable que la región pueda alcanzarlos.
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