Terrorismo internacional en los países mediterráneos
España, 11 de marzo y terrorismo
internacional
Fernando Reinares
Catedrático de Ciencias Políticas
Universidad Rey Juan Carlos, Madrid1
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El 11 de marzo de 2004,
terroristas inspirados en una concepción neosalafista del credo
islámico perpetraron una matanza en Madrid. Como consecuencia de
dicho atentado, el más cruento registrado hasta el momento en España
y el segundo más letal de los perpetrados en toda Europa, fallecieron
191 personas y se registraron cerca de 1.500 heridos. Aquel día,
diez bombas ocultas en mochilas y bolsas de plástico, compuestas
por entre ocho y doce kilogramos de dinamita cada una, estallaron
en otros tantos vagones de cuatro trenes de cercanías que cubrían
a primera hora de la mañana el trayecto entre Alcalá de Henares
y la estación de Atocha. Dos días después, la autoría de los hechos
fue reclamada por Abu Dujhan al Afgani como portavoz de Al Qaeda,
mediante una declaración que no aludía a las inminentes elecciones
generales, pero en la que recordaba que habían transcurrido dos
años y medio, es decir exactamente 911 días (el precedente mes de
febrero fue bisiesto) desde los atentados de Nueva York, Washington
y Pensilvania.
Si en la masacre de Madrid no hubo terroristas suicidas, una característica
frecuentemente asociada con los actos del terrorismo internacional
actual, es porque quienes la ejecutaron no llegaron a concluir sus
planes. Apenas tres semanas después, intentaron atentar de nuevo,
esta vez contra un tren de alta velocidad, pero su tentativa se
vio frustrada. Siete de los terroristas implicados en esos sucesos
decidieron quitarse la vida el 3 de abril en el inmueble de Leganés
donde habían sido localizados y cercados por la policía. España
pasó a ser el primer país europeo en el que unos terroristas de
orientación islamista optan por inmolarse, rodeados de sus propios
explosivos, mientras profieren letanías coránicas. Del mismo modo,
nuestro país era ya el primero dentro de ese escenario geopolítico
en el que individuos y grupos relacionados con el movimiento de
la yihad neosalafista global completaban con éxito una acción terrorista
sin precedentes, tal y como planearon volver a hacerlo meses después
y en la misma ciudad, poniendo así de manifiesto la existencia de
una amenaza real y persistente. De entre los numerosos interrogantes
que los atentados del 11 de marzo de 2004 suscitan, voy a detenerme
en dos: ¿desde cuándo es España blanco de Al Qaeda y, por tanto,
de las entidades asociadas o alineadas con dicha estructura terrorista?
y ¿qué enseñanza podemos obtener de lo acontecido el 11 de marzo
de 2004 sobre el modo en que actualmente se configura el terrorismo
internacional vinculado al movimiento de la yihad neosalafista global?
¿Desde cuándo es España blanco de Al Qaeda?
España es blanco genérico de Al Qaeda desde al menos el año 1996,
blanco específico desde finales del año 2001 y blanco declarado
desde octubre del año 2003.¿Por qué blanco genérico desde al menos
el año 1996? En agosto de ese año, poco después de que Osama bin
Laden y los suyos retornaran a Afganistán tras haber consolidado
su estructura terrorista en Sudán, una fatua o edicto emitido por
el propio dirigente de Al Qaeda dejaba bien claro cuál era la extensión
de los objetivos y la amplitud de los blancos de una violencia inspirada
en el fundamentalismo islámico más belicista. En dicho documento
podía leerse: «la orden de matar a los estadounidenses o sus aliados,
civiles o militares, es una obligación individual para todo musulmán,
que puede hacerlo en cualquier país donde le sea posible». Dos años
después, en febrero de 1998, los líderes de Al Qaeda promovieron
el denominado Frente Mundial para la Guerra Santa contra Judíos
y Cruzados. Tiempo antes, los ideólogos de la yihad neosalafista
global habían incluido a Al Andalus entre los territorios que estuvieron
bajo dominio musulmán y que debían ser recuperados por medio de
la violencia.
¿En qué sentido España constituye un blanco específico desde finales
de 2001? Los atentados acaecidos el 11 de septiembre de ese mismo
año en Estados Unidos contribuyeron a poner de manifiesto que nuestro
país se había convertido, desde mediados de la década de los 90
y sin que aparentemente nadie se hubiera percatado, en base principal
de Al Qaeda dentro de Europa. En otoño de aquel año, una acción
judicial emprendida por la Audiencia Nacional conforme a las investigaciones
policiales desarrolladas por la Unidad Central de Información Exterior
desmanteló sustancialmente la primera célula que los seguidores
de Osama bin Laden habían establecido en España. Estos mismos yihadistas,
de entre los cuales unos se encontraban ya en prisión por su presunta
implicación en las tramas del terrorismo internacional y otros habían
eludido su eventual procesamiento, albergaron a partir de entonces
irrefrenables deseos de venganza. Sería, por tanto, una simplificación
relacionar directa y exclusivamente la matanza cometida el 11 de
marzo en Madrid con la presencia de tropas españolas en Irak. ¿Blanco
declarado desde octubre del año 2003? ¿Qué quiere decir esto? Efectivamente,
fue ese mes cuando un mensaje de Osama bin Laden, divulgado a través
de un canal qatarí de televisión, señalaba expresamente a España
entre una serie de naciones amenazadas por hallarse implicadas en
la invasión y posterior ocupación de Irak. En su proclama, el dirigente
de la conocida estructura terrorista sostenía: «nos reservamos el
derecho a tomar represalias en el momento y lugar adecuados contra
todos los países involucrados, especialmente el Reino Unido, España,
Australia, Polonia, Japón e Italia, sin excluir a aquellos Estados
musulmanes que tomaron parte, especialmente los países del Golfo,
y en particular contra Kuwait, que se ha convertido en la lanzadera
de las tropas cruzadas». Al poco tiempo, en una página web conocida
por su orientación yihadista y su afinidad con las posiciones de
Al Qaeda, aparecieron dos documentos en los que se hacía referencia
a la Guerra Santa en Irak y se instaba a llevar a cabo ataques contra
las tropas españolas allí desplegadas e incluso contra intereses
españoles fuera de ese entorno.
Con anterioridad al 11 de marzo de 2004, los impulsores y fieles
adheridos a la yihad neosalafista global habían intentado sin éxito
cometer algún atentado igualmente letal e indiscriminado en otros
países de nuestro entorno europeo inmediato. Una serie de actos
terroristas que afectaron a blancos alemanes, franceses, británicos
o españoles en el sur de Asia, Oriente Medio o el norte de África
anticipaban lo que finalmente acontecería en territorio de la Unión
Europea. Aquel infame día se hizo evidente, sin embargo, que las
redes del terrorismo internacional actual encontraron en España
las condiciones de accesibilidad, vulnerabilidad y oportunidad adecuadas.
Su proximidad geográfica al Magreb, un atractivo especial para los
terroristas islamistas derivado del remoto pasado hispanomusulmán,
los dispositivos antiterroristas desarrollados pero escasamente
adaptados a los desafíos del yihadismo neosalafista y, por último,
una coyuntura de tenso debate político interno sobre el alineamiento
del gobierno español con el estadounidense respecto a la intervención
militar en Irak, crearon un marco comparativamente propicio para
un atentado tan espectacular y cruento como fue el de Madrid.
¿Qué nos dice el 11-M sobre Al Qaeda?
Un año después del 11 de marzo, lo que sabemos sobre la masacre
nos permite entender algo mejor la configuración y la estrategia
que en la actualidad adopta el terrorismo internacional. El análisis
de los actores y procesos que culminaron en la serie concatenada
de explosiones que se produjeron aquel infame día en Madrid proporciona
una imagen más que aproximada del violento entramado islamista cuyo
núcleo fundacional y estructura de referencia es Al Qaeda. Ahora
bien, el alcance y las dimensiones del fenómeno van mucho más allá
de los contornos propios de esta estructura terrorista constituida
a finales de los años 80 y consolidada durante la primera mitad
de los 90. Así, la compleja urdimbre del terrorismo internacional
denota en nuestros días tres componentes básicos de composición
y escenario de actividad diferentes, incardinados en pos de un objetivo
último común. Dicho objetivo consiste, según los ideólogos de esa
violencia yihadista, en la instauración de un califato acomodado
al riguroso concepto neosalafista del credo musulmán, una suerte
de imperio político islámico que se extienda desde el extremo occidental
del Mediterráneo hasta los confines del sudeste asiático.
El primero de esos componentes no es otro que la propia Al Qaeda.
Una vez que le fue arrebatado el santuario del que disfrutó en connivencia
con el régimen talibán, como resultado de la intervención militar
estadounidense desarrollada tras los atentados del 11 de septiembre,
la organización se fragmentó, descentralizó e incluso cayó en una
decadencia operativa. Una buena parte de sus dirigentes han sido
capturados a lo largo de los últimos tres años y medio. Sin embargo,
es posible que conserve un grado de coordinación en el mando y la
planificación, al igual que una disponibilidad de fondos, mayores
de lo que a menudo se supone. El segundo componente del terrorismo
internacional lo constituyen las diversas organizaciones armadas
islamistas de ámbito nacional o regional asociadas a Al Qaeda. Algunas
están formalmente afiliadas desde febrero de 1998 y otras se adhirieron
con posterioridad, al ser de más reciente creación. Estas entidades
son, de cualquier manera, las responsables de gran parte de los
incidentes que anualmente se atribuyen al terrorismo internacional,
pues los cuadros de Al Qaeda solían reservarse la preparación y
ejecución de unos pocos atentados, incluyendo algunos particularmente
espectaculares.
Numerosos grupúsculos o células locales autoconstituidas y relativamente
autónomas en su funcionamiento, pero que tienden a relacionarse
entre sí a través de las fronteras dentro de un espacio geográfico
contiguo forman, en conjunto, el tercero de los componentes que
se observan en la red del terrorismo internacional actual. Estos
colectivos de dimensiones reducidas se rigen en sus actividades
por la línea marcada por los doctrinarios de la yihad neosalafista
a través de Internet o los medios de comunicación. Es así como el
terrorismo internacional se ha convertido en un fenómeno cada vez
más complejo y difuso, más impredecible y hasta más peligroso si
cabe. En buena medida, se encuentra asentado sobre un nutrido elenco
de entidades con un grado variable de articulación interna y que
se alinean con una vanguardia común, cuya pérdida de consistencia
apenas parece haber afectado a su relevancia simbólica. Es tan inexacto
reducir el fenómeno del terrorismo globalizado a Al Qaeda como afirmar
que esta última se ha transformado de organización en movimiento.
En realidad, desde sus comienzos fue creada como base para desarrollar
un extendido sector multiorganizativo de yihadismo neosalafista
en distintos países del mundo árabe e islámico. Cosa distinta es
que se encuentre progresivamente subsumida por los resultados de
su dinámica.
Pues bien, en el caso del 11 de marzo existen, en mi opinión, suficientes
datos e indicios como para argumentar con fundamento que los autores
de la matanza y el modo en que llevaron a cabo sus planes reflejan
esta configuración tripartita del terrorismo internacional panislámico.
Muchos de los supuestos implicados en la masacre de Madrid son individuos
de procedencia magrebí, socializados en el neosalafismo yihadista
dentro de círculos locales amalgamados por ligámenes de amistad,
vecindad o parentesco. Se dio también el caso, según parece, de
terroristas pertenecientes a organizaciones explícitamente vinculadas
con Al Qaeda, como el Grupo Islámico Combatiente Marroquí. Finalmente,
las relaciones entre ciertos sospechosos de haber intervenido en
la matanza del año pasado y otros imputados con anterioridad por
su presunta integración en la primera célula de Al Qaeda constituida
en España, algunos de ellos relacionados con el núcleo central de
dicha estructura terrorista, sugieren la eventual existencia de
conexiones con el entorno decisorio de la entidad liderada por Osama
bin Laden.
¿Una estrategia de la yihad ofensiva?
No obstante, el 11 de marzo alude también a la estrategia dual diseñada
por los dirigentes de Al Qaeda, en especial por Ayman al Zawahiri,
una vez que el concepto neosalafista de la yihad fue reelaborado
hace aproximadamente una década en un sentido defensivo a la vez
que ofensivo. Dicha estrategia consiste básicamente en la práctica
de esa violencia que sus autores entienden a modo de Guerra Santa,
tanto contra el considerado enemigo cercano como contra el lejano.
Es decir, por una parte contra los gobernantes calificados de incrédulos
y tiranos debido a que rigen países de abrumadora mayoría musulmana
sin atenerse a una lectura fundamentalista de los preceptos coránicos
y, por otra, contra las sociedades occidentales que los neosalafistas
belicosos tienen por infieles, más concretamente de judíos y cruzados.
Sus intereses y poblaciones son el blanco propicio para esa violencia
yihadista, dentro y fuera del mundo musulmán. En este último supuesto,
mediante el recurso en particular a atentados altamente letales
e indiscriminados, como en el caso de Madrid. Este hecho, pese a
su escasa probabilidad pero creciente posibilidad, obliga a pensar
en la predisposición del terrorismo internacional al uso de elementos
químicos, bacteriológicos, radiológicos o nucleares para acrecentar
las repercusiones masivas del miedo inducido e incluso para incrementar
el número deseado de víctimas. Además, lo ocurrido en los trenes
de la muerte nos dice mucho sobre la llamativa habilidad que tienen
quienes instigan y ejecutan el terrorismo internacional para aprovecharse
de nuestras vulnerabilidades objetivas y quizá también de las situacionales,
así como de las fisuras en los sistemas de defensa y seguridad que
les permiten detectar blancos propicios y de las coyunturas sociopolíticas
acaso percibidas como favorables para explotar en beneficio propio
los efectos de un gran atentado. Los sucesos del 11 de marzo nos
recuerdan también que, en lo referido al terrorismo internacional,
la mayor amenaza para el conjunto de las sociedades europeas es
principal pero no exclusivamente de origen norteafricano y trae
consigo procesos de radicalización que a menudo acontecen en los
países de procedencia y otras veces en el seno de comunidades inmigrantes.
Asimismo, que se trata de un fenómeno inusualmente ligado tanto
al crimen organizado como a la delincuencia común y que se encuentra
lejos de remitir. Antes del 11 de marzo de 2004 se había intentado
sin éxito algo semejante en otros países de nuestro entorno inmediato
y nada invita a pensar que las tentativas hayan finalizado, cualesquiera
que sean los pretextos eventualmente utilizados por los yihadistas.
En otras palabras, el terrorismo internacional derivado del neosalafismo
belicoso continúa suponiendo un grave problema para España y el
resto de la Unión Europea, así como para los países de la cuenca
mediterránea y otros escenarios regionales que gocen de importancia
geoestratégica.
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