Diez años del Proceso de Barcelona. Balance y perspectivas
Partenariado Euromediterráneo
o Partenariado Euro-Árabe
Bichara Khader
Director
Centre d’Étude et de Recherche
sur le Monde Arabe Contemporain
(DVLP-SPED)
Université Catholique de Louvain
versión PDF 
En 1995, el Partenariado
Euromediterráneo emprendió el vuelo en Barcelona. Hoy en día, han
transcurrido nueve años y no ha conseguido coger altitud. Como diría
un inglés: «it took off but flies too low». Es una constatación.
Y sin embargo, en el momento de hacer los balances, los puntos de
vista entrechocan. Es la clásica historia del vaso medio lleno o
medio vacío. El balance varía según quien lo hace.
La Comisión Europea se da generalmente por satisfecha: Acuerdos
de Asociación firmados, algunas veces iniciados, con los países
del sur (excepto Siria), estabilización macro-económica de los países
del sur del Mediterráneo relativamente exitosa, inflación bajo control,
programa MEDA mejorado, reuniones periódicas a todos los niveles,
ayuda financiera acrecentada, participación más importante del BEI.
Ciertamente, la Comisión reconoce cierta lentitud en la ratificación
de los Acuerdos firmados, los embudos administrativos, el impacto
negativo ejercido sobre el conjunto del Proceso de Barcelona a causa
del empeoramiento de la situación tanto en Palestina como en Irak,
las repercusiones después del 11 de septiembre en los imaginarios
respectivos, los posibles efectos de la ampliación sobre las economías
mediterráneas. La Comisión también se ha encargado, desde el año
2000, de corregir el rumbo para acallar las críticas:
1. Introduciendo el programa MEDA II (Medidas de Acompañamiento)
y dotándolo de un presupuesto de 5.300 millones de euros, comprometiendo
al BEI a asignar 6.400 millones de euros para el programa Euromed.
2. Proponiendo el Plan de Valencia (abril de 2002) para «revitalizar»
el proceso euromediterráneo.
3. Creando durante el encuentro extraordinario de ministros Euromed,
reunidos en pleno en Heraclion (Creta, el 26 y 27 de mayo de 2003)
bajo la presidencia griega (FEMIP), idea propuesta durante la reunión
de Barcelona (octubre 2002).
4. Decidiendo, durante la conferencia de Nápoles (diciembre 2003),
la constitución de una nueva asamblea parlamentaria en sustitución
del Foro parlamentario euromed, y una Fundación para el Diálogo
de las Culturas.
5. Publicando una importante comunicación sobre «una Europa más
amplia» (COM 104 final 11.3.2003) para neutralizar los temores de
los países mediterráneos ante la ampliación, prevista para mayo
de 2004.
6. Proponiendo una profundización de las relaciones globales, aunque
sin llegar a la admisión. En resumen, todo salvo las instituciones,
como se complació en recordar Romano Prodi, idea desarrollada en
la Comunicación de la Comisión titulada «Sentar las bases de un
nuevo instrumento de vecindad » (COM, 393 final 1.7.2003), así como
en el documento de orientación «Política europea de vecindad» (COM
373 final 2004).
En paralelo a las actividades de la Comisión, la Presidencia europea
puso en marcha «El grupo de Sabios para el diálogo entre los Pueblos
y las Culturas en el Mediterráneo» cuyo informe fue publicado en
2004 y cuya propuesta general, que era crear la Fundación Euromediterránea
para el Diálogo de las Culturas con sede en Alejandría, acaba de
ser ratificada.
A la vista de estos desarrollos, parece que el Proceso de Barcelona
va por buen camino y que la Comisión vela constantemente para que
siga su ruta hasta su primer término: 2010. Queda un aspecto, puesto
que si bien la ruta tiene balizas, está sembrada de obstáculos.
En efecto, si globalmente todos los países europeos y mediterráneos
se ponen de acuerdo sobre la oportunidad del proyecto (viaje colectivo
hacia un Mediterráneo reconciliado y próspero), son muchos los que
muestran sus dudas ante la suficiencia de los medios y la conveniencia
del método. Algunos llegan a rechazar la ideología subyacente, incluso
a mostrar su perplejidad en lo referente a los objetivos fijados.
Tomemos, en primer lugar, el caso de los estados miembros de la
UE. Es evidente que la mayoría de ellos –y este hecho es todavía
más patente tras la última ampliación– no consideran el Mediterráneo
como tal, sino más bien como una fuente de nuevas inestabilidades
que hay que contener. Si los países del norte le prestan una atención
distraída, los países europeos del sur ven el partenariado a través
del prisma de sus estrategias y de sus prioridades.
En lo que respecta a las opiniones europeas, fuera de los cenáculos
cerrados de los especialistas o de las organizaciones restringidas
de la sociedad civil, éstas son del todo indiferentes. El partenariado
apenas ha llamado la atención de los medios de comunicación, más
atentos a cuestiones más candentes (Irak), más inmediatas (el terrorismo)
o más movilizadoras (los velos islámicos o la inmigración ilegal).
¿Cuántos medios han hablado del Informe del Grupo de Sabios para
el diálogo entre los pueblos y las culturas? Sin duda alguna, el
Partenariado Euromediterráneo y sus corolarios, la Wider Europe
y la política de vecindad, no han suscitado jamás coberturas mediáticas
importantes como el proyecto americano del «Gran Oriente Medio».
Los estados mediterráneos del sur se enfrentan también a una paradoja.
Firmaron la declaración de Barcelona, por lo que se supone que conocen
las reglas del juego, es decir, su parte de responsabilidad en el
éxito del proyecto. Y sin embargo, se retrasan a la hora de aplicar
las medidas acordadas, tardan en mejorar los criterios para hacerlos
atractivos, y aunque sí han registrado algunos progresos en la situación
macroeconómica, las tasas de crecimiento no son suficientes para
dar respuesta a las necesidades de una mano de obra en constante
aumento. Y en vez de empezar a barrer en su propia casa (luchar
contra la lentitud administrativa, crear un contexto «investment-friendly»,
acabar con la corrupción, la economía de renta y el enriquecimiento
especulativo y mejorar el funcionamiento de las instituciones),
se muestran constantemente reivindicativos, y suelen responsabilizar
a la UE de la lentitud y las incoherencias del Proceso de Barcelona.
Es evidente que la verticalidad excesiva de los intercambios (el
80 % de los intercambios de Túnez se hicieron con la UE), la desigualdad
de la relación de fuerza (la UE es 15 veces más rica que el conjunto
de países mediterráneos), la asimetría en la exigencia de la apertura
comercial, incluso los efectos potenciales de la ampliación, representan
retos importantes para el Partenariado Euromediterráneo y falsean
el juego. Sin embargo, sorprenderse es dar prueba de ingenuidad
y lamentarse es inútil. El partenariado no consiste en rivalizar
para poderse asignar una renta bajo la forma de financiamiento MEDA,
sino que implica, sobre todo, actuar colectivamente para promover
la integración subregional, vaciar los abscesos de fijación que
obstaculizan la acción común, defender los derechos humanos y dar
a las mujeres el lugar que merecen.
En cuanto a los intelectuales del sur, éstos se balancean entre
sentimientos contradictorios y pertenecen a varias escuelas de pensamiento.
En primer lugar están los que creen que el partenariado se asemeja
a un enfoque neocolonial, que busca transformar el Mediterráneo
en una especie de patio trasero, incluso de anexo de la UE. Hay
quienes ven lo contrario, una oportunidad histórica de salir adelante,
viendo que todas las demás experiencias históricas en solitario
fracasaron lamentablemente. Después están los que, sin idealizar
demasiado el proyecto, piensan que es un paso obligado para conseguir
la transformación de las economías y quizá, el cambio gradual y
pacífico de las elites políticas.
Sin duda alguna, el partenariado no suscita un entusiasmo loco,
pero ningún Estado del partenariado lo cuestiona fundamentalmente
ni tampoco se retira. Se trata también de incluir a Libia, incluso
a Irak. Es sin duda el lado sorprendente del proceso: en la inercia
se perpetúa.
Pero el objetivo de Barcelona no es que el proceso se perpetúe,
sino que conduzca a la paz, la estabilidad y la prosperidad en el
Mediterráneo, objetivos manifestados de la Declaración de 1995.
Sin esto, se parecerá al proceso de paz arabo-israelí, donde ha
habido muchos procesos y poca paz. Es decir, que la UE deberá seguir
una política más innovadora, quizá más valiente y sacar las conclusiones
de las evoluciones recientes.
Transformación del entorno geopolítico
En primer lugar, el entorno geopolítico mundial de 2004 no es el
mismo que en 1995. En aquella época, se vivía una fase de euforia:
la URSS había sido vencida sin librar ninguna batalla, la economía
europea salía del marasmo, el proceso de paz arabo-israelí acababa
de empezar y parecía que proseguiría. Hoy en día, el contexto se
ha ensombrecido: el proceso de paz en Oriente Próximo ha descarrilado,
el terrorismo transnacional ha acaparado la atención pública y la
guerra de Irak y sus secuelas continúan ocupando la plena actualidad.
Por otra parte, la ampliación de la UE a 10 nuevos miembros, hizo
salir a Malta y Chipre del grupo TPM (Terceros Países Mediterráneos).
Al mismo tiempo, la concesión del estatus de país «candidato» a
Turquía obliga a darle un trato particular. De este modo, hoy en
día, nos encontramos ante dos bandos más desiguales que nunca: 25
+ 10, de los cuales 8 países son árabes, Israel (que no necesita
partenariado dado su nivel de desarrollo económico y político y
que ya goza del libre mercado y participa en los programas de Investigación
de la UE) y Turquía (que ya ha firmado una unión aduanera y es un
país candidato).
¿Hacia un partenariado euroárabe?
Es necesario que la UE tome nota de esta evolución y que emprenda
otra dirección: la de contribuir en hacer emerger una entidad política
y económica árabe, sustentada sobre un sentimiento de pertenencia,
sobre flujos interárabes, y la urgencia de terminar con los desafíos
comunes. A decir verdad, no existe una identidad mediterránea: existe,
sin duda alguna, una identidad árabe. Las fragmentaciones arbitrarias
del espacio –Mediterráneo Occidental, Oriente Próximo, Oriente Medio,
Gran Oriente Medio– diluyen la identidad colectiva árabe. Funcionales
en materia de políticas de intervención, no son siempre pertinentes
en términos sociológicos, culturales, incluso geopolíticos. Naturalmente,
la UE no esta habilitada para forzar la integración económica y
a fortiori política del Mundo Árabe. Esta integración depende, en
primer lugar, de la responsabilidad de los dirigentes árabes. Pero,
con una especie de avisos, con múltiples incitaciones, con condiciones
positivas, con mensajes claros y con una visión futura basada en
la solidaridad, la UE puede contribuir en romper el statu quo y
comenzar las transformaciones deseadas.
¿Por qué una política árabe en Europa?
Europa cuenta actualmente con una población de 450 millones de habitantes,
y pronto con 500 millones después de las próximas ampliaciones previstas
para el 2007. Por otra parte, hay hoy en día 325 millones de árabes
y pronto (2025) serán cerca de 500 millones de árabes. Se trata
de un potencial demográfico considerable (mil millones), equivalente
al de la India, apenas inferior al de China (1.300 millones) y más
del doble que los países miembros de la asociación para el libre
comercio TLCNA (Estados Unidos, Canadá y México).
Integrado (a semejanza de la UE), animado con visiones comunes,
apoyándose sobre una sola lengua, dotado de instituciones comunes
y de instrumentos que aseguren las políticas de convergencia entre
sus partes, el mundo árabe puede dejar de ser el patio trasero y
convertirse en un compañero fiable, igual, democrático y próspero.
Lo contrario significaría una división en entidades políticas rivales,
que seguirían estrategias individuales, sin ninguna garantía de
poder hacer frente a los retos de este contexto mezquino y con unas
consecuencias dramáticas dentro del mismo mundo árabe en términos
de empeoramiento del desempleo, de corrupción de la situación y
de inestabilidades múltiples. Igualmente, Europa se enfrenta al
desarrollo de un escalafón de mafias de inmigración clandestina,
un desbordamiento de los problemas internos del Mundo Árabe sobre
las comunidades expatriadas, de agitaciones sociales, incluso de
terrorismo transnacional.
Si antaño la política de los estados europeos apostaba por la división
árabe, hoy en día, con la modificación del reparto geoestratégico,
el interés de la UE le pide reforzar la integración regional árabe.
La fragmentación actual del mundo árabe y la categorización de los
Estados árabes en estados amigos, compañeros, «canallas» (rogue)
o «desestructurados » (failed states) contribuye a hacer que en
Europa se dude de la existencia del mundo árabe y de si el concepto
mismo de «arabidad» es pertinente. Hace tiempo, la unidad del mundo
árabe era vista a través del prisma «Nasserista» como un desafío
a las estrategias europeas, o a través del prisma israelí, como
una amenaza, o incluso a través del prisma huntingtoniano como «diferencias
irreconciliables». Esta visión impidió percibir el potencial de
estabilidad y de prosperidad que inducía a Europa a una vecindad
árabe segura de sí misma, que confiaba en su futuro, reconciliada
con su pasado, y que ofrecía a sus jóvenes otra perspectiva diferente
al desempleo crónico, a convertirse en mártires o al exilio.
De hecho, el mundo árabe existe de verdad, aunque, escarmentados
por los fracasos repetidos de uniones abortadas, actualmente parece
que los pueblos árabes se resignan a un sentimiento de duda respecto
a la adaptación de la existencia de la condición árabe, a una exigencia
de unión.
Además de tener una historia compartida, una geografía que impone
sus coacciones y una lengua común, el mundo árabe hace frente a
desafíos comunes y continúa, a pesar de las estrategias de los regímenes
rentistas y cleptómanos, teniendo un sentimiento por los pueblos
árabes, como lo demuestran todos los días, los movimientos populares
de solidaridad hacia los pueblos de Irak y Palestina. Ciertamente,
este mundo ofrece cada día el espectáculo aflictivo de divisiones
y diseminaciones, pero sus divisiones no son peores que las que
caracterizaron el espacio europeo hace 60 años. Y están lejos de
haber ocasionado los baños de sangre de la primera y la segunda
guerra en Europa.
Todavía ayer, los enfrentamientos petroleros causaron diferencias
entre las rentas por cápita de los habitantes y desplazaron, durante
cierto tiempo, los centros de gravedad política. No obstante, hoy
en día, a parte de algunos minúsculos Emiratos, las disparidades
económicas se diluyen: los países petroleros, como Arabia Saudí,
a pesar de la calma pasajera de 2004 debida al disparo de los precios
del petróleo, son presa, igual que los demás, del problema punzante
del desempleo. Mientras que los países dotados de factores de liderazgo,
como Egipto, largamente eclipsados, se sitúan en el panorama internacional.
No digo esto para actualizar un nacionalismo sentimental árabe un
poco anticuado. Más bien para decir que la Europa ampliada tendrá
en su proximidad inmediata unos quinientos millones de árabes dentro
de veinte años. Y que este mundo es y llegará a ser mucho más, un
criterio que tener en cuenta en su política exterior. Actualmente,
los subconjuntos (Europa-CCG y euromediterráneo) se han tomado como
rehenes: el primero, por la cuestión petroquímica y el integrismo
exportado, y el segundo, por el conflicto arabo-israelí. Ahora bien,
una acción europea en el conflicto arabo-israelí es ineficaz ya
sea por defecto o por obstrucción: de hecho, una acción europea
en el conflicto arabo-israelí es ineficaz por la obstrucción israelí
y por la indecisión de los Estados europeos, mientras que una apertura
en el Golfo encuentra la oposición de Estados Unidos. Sólo una política
árabe de Europa puede ser eficaz y generar un apoyo de opiniones
públicas tanto árabes como europeas. Tendrá, además, la ventaja
de serenar las comunidades árabes inmigradas y facilitar su integración.
El mundo árabe se encuentra en las afueras de Europa, aunque existe
también dentro de las ciudades y cercanías de Europa.
Este alegato no es contra el Euromed. Le es incluso favorable. Porque
le ayuda a salir de su ambigüedad «constructiva », de sus estancamientos
conceptuales, casi del anonimato fuera de ciertos círculos. En primer
lugar, el Euromed no es más que un instrumento. No se trata de una
visión de un futuro compartido, de una zona de intercambio donde
se ejercen las cuatro libertades, incluida la de la circulación
de personas. Es una visión heterogénea (8 países árabes, Israel
y un país candidato, Turquía). Su gestión es burocrática y diferenciadora.
Y genera frustraciones permanentes por buenas o malas razones.
Una estrategia EU-Mundo Árabe se deberá fundar bajo otra perspectiva:
1. Se activará para estimular los intercambios interárabes por encima
de los intercambios con la UE (éstos llegarán como añadidura).
2. Aspirará a la estabilidad y la prosperidad del Mundo Árabe para
fomentar el crecimiento interno y las reformas estatales y sociales.
El desarrollo del Mundo Árabe se verá como un fin en sí mismo y
no solamente como un medio para estabilizar a los jóvenes y reducir
las presiones migratorias.
3. Tendrá en cuenta las condiciones positivas y actuará de forma
diferenciada con respecto a los países diferentes que se comprometen
rápidamente con las reformas y que constituirán los países líderes,
a los que se les unirán progresivamente los demás.
4. No se hipotecará por la presencia de Israel, pero no tendrá como
objetivo levantar la UE contra Israel. No nos encontramos en el
contexto de los años setenta, durante el inicio del diálogo euro-árabe.
Al contrario, una acción europea favorable a la democratización
y a la integración del Mundo Árabe debería funcionar de espuela
para Israel, para vencer sus inclinaciones a imponerse por la fuerza
y a buscar una solución pacífica al problema persistente que envenena
el contexto mediterráneo y que es una de las raíces profundas del
resentimiento que encuentran los árabes con respecto a Occidente.
5. No aspirará más a enfrentarse a Estados Unidos o a levantar el
polo euroárabe contra Estados Unidos. Es igualmente posible, y por
tanto deseable, que este partenariado reciba el apoyo de Estados
Unidos, en la medida en que éstos renuncien a sus proyectos, sin
futuro, de la democratización «a la fuerza», a las terapias de choque,
al quimérico «Gran Oriente Medio» y reconociendo la necesidad de
un gran plan regional, basado en el concepto de «Region-Building»,
el único susceptible de invertir las dinámicas actuales perversas
y suavizar las relaciones entre los árabes y los occidentales europeos
y americanos.
Para acabar
Romano Prodi lanzó, ante mis alumnos en noviembre de 2002, sobre
la cooperación con los países árabes: «Todo salvo las instituciones».
Desde entonces, hemos tenido las comunicaciones sobre la «Wider
Europe» y la «Política de vecindad». El mensaje es claro: Europa
no se ampliará hacia el sur. Sin embargo, ampliará su política para
integrar el sur árabe en tanto que dimensión estructural de su política
exterior, pues Europa no puede ser un actor importante a escala
mundial mientras permanezca siendo un actor subalterno dentro de
su primera zona de proximidad: el Mundo Árabe.
|