Med.2005 Anuario del Mediterráneo

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Med.2005 Anuario del Mediterráneo
   
   
   
   
   
   
   
Diez años del Proceso de Barcelona. Balance y perspectivas
Partenariado Euromediterráneo o Partenariado Euro-Árabe

Bichara Khader

Director Centre d’Étude et de Recherche sur le Monde Arabe Contemporain (DVLP-SPED) Université Catholique de Louvain
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En 1995, el Partenariado Euromediterráneo emprendió el vuelo en Barcelona. Hoy en día, han transcurrido nueve años y no ha conseguido coger altitud. Como diría un inglés: «it took off but flies too low». Es una constatación. Y sin embargo, en el momento de hacer los balances, los puntos de vista entrechocan. Es la clásica historia del vaso medio lleno o medio vacío. El balance varía según quien lo hace.

La Comisión Europea se da generalmente por satisfecha: Acuerdos de Asociación firmados, algunas veces iniciados, con los países del sur (excepto Siria), estabilización macro-económica de los países del sur del Mediterráneo relativamente exitosa, inflación bajo control, programa MEDA mejorado, reuniones periódicas a todos los niveles, ayuda financiera acrecentada, participación más importante del BEI. Ciertamente, la Comisión reconoce cierta lentitud en la ratificación de los Acuerdos firmados, los embudos administrativos, el impacto negativo ejercido sobre el conjunto del Proceso de Barcelona a causa del empeoramiento de la situación tanto en Palestina como en Irak, las repercusiones después del 11 de septiembre en los imaginarios respectivos, los posibles efectos de la ampliación sobre las economías mediterráneas. La Comisión también se ha encargado, desde el año 2000, de corregir el rumbo para acallar las críticas:

1. Introduciendo el programa MEDA II (Medidas de Acompañamiento) y dotándolo de un presupuesto de 5.300 millones de euros, comprometiendo al BEI a asignar 6.400 millones de euros para el programa Euromed.

2. Proponiendo el Plan de Valencia (abril de 2002) para «revitalizar» el proceso euromediterráneo.

3. Creando durante el encuentro extraordinario de ministros Euromed, reunidos en pleno en Heraclion (Creta, el 26 y 27 de mayo de 2003) bajo la presidencia griega (FEMIP), idea propuesta durante la reunión de Barcelona (octubre 2002).

4. Decidiendo, durante la conferencia de Nápoles (diciembre 2003), la constitución de una nueva asamblea parlamentaria en sustitución del Foro parlamentario euromed, y una Fundación para el Diálogo de las Culturas.

5. Publicando una importante comunicación sobre «una Europa más amplia» (COM 104 final 11.3.2003) para neutralizar los temores de los países mediterráneos ante la ampliación, prevista para mayo de 2004.

6. Proponiendo una profundización de las relaciones globales, aunque sin llegar a la admisión. En resumen, todo salvo las instituciones, como se complació en recordar Romano Prodi, idea desarrollada en la Comunicación de la Comisión titulada «Sentar las bases de un nuevo instrumento de vecindad » (COM, 393 final 1.7.2003), así como en el documento de orientación «Política europea de vecindad» (COM 373 final 2004).

En paralelo a las actividades de la Comisión, la Presidencia europea puso en marcha «El grupo de Sabios para el diálogo entre los Pueblos y las Culturas en el Mediterráneo» cuyo informe fue publicado en 2004 y cuya propuesta general, que era crear la Fundación Euromediterránea para el Diálogo de las Culturas con sede en Alejandría, acaba de ser ratificada.

A la vista de estos desarrollos, parece que el Proceso de Barcelona va por buen camino y que la Comisión vela constantemente para que siga su ruta hasta su primer término: 2010. Queda un aspecto, puesto que si bien la ruta tiene balizas, está sembrada de obstáculos. En efecto, si globalmente todos los países europeos y mediterráneos se ponen de acuerdo sobre la oportunidad del proyecto (viaje colectivo hacia un Mediterráneo reconciliado y próspero), son muchos los que muestran sus dudas ante la suficiencia de los medios y la conveniencia del método. Algunos llegan a rechazar la ideología subyacente, incluso a mostrar su perplejidad en lo referente a los objetivos fijados.

Tomemos, en primer lugar, el caso de los estados miembros de la UE. Es evidente que la mayoría de ellos –y este hecho es todavía más patente tras la última ampliación– no consideran el Mediterráneo como tal, sino más bien como una fuente de nuevas inestabilidades que hay que contener. Si los países del norte le prestan una atención distraída, los países europeos del sur ven el partenariado a través del prisma de sus estrategias y de sus prioridades.

En lo que respecta a las opiniones europeas, fuera de los cenáculos cerrados de los especialistas o de las organizaciones restringidas de la sociedad civil, éstas son del todo indiferentes. El partenariado apenas ha llamado la atención de los medios de comunicación, más atentos a cuestiones más candentes (Irak), más inmediatas (el terrorismo) o más movilizadoras (los velos islámicos o la inmigración ilegal). ¿Cuántos medios han hablado del Informe del Grupo de Sabios para el diálogo entre los pueblos y las culturas? Sin duda alguna, el Partenariado Euromediterráneo y sus corolarios, la Wider Europe y la política de vecindad, no han suscitado jamás coberturas mediáticas importantes como el proyecto americano del «Gran Oriente Medio».

Los estados mediterráneos del sur se enfrentan también a una paradoja. Firmaron la declaración de Barcelona, por lo que se supone que conocen las reglas del juego, es decir, su parte de responsabilidad en el éxito del proyecto. Y sin embargo, se retrasan a la hora de aplicar las medidas acordadas, tardan en mejorar los criterios para hacerlos atractivos, y aunque sí han registrado algunos progresos en la situación macroeconómica, las tasas de crecimiento no son suficientes para dar respuesta a las necesidades de una mano de obra en constante aumento. Y en vez de empezar a barrer en su propia casa (luchar contra la lentitud administrativa, crear un contexto «investment-friendly», acabar con la corrupción, la economía de renta y el enriquecimiento especulativo y mejorar el funcionamiento de las instituciones), se muestran constantemente reivindicativos, y suelen responsabilizar a la UE de la lentitud y las incoherencias del Proceso de Barcelona. Es evidente que la verticalidad excesiva de los intercambios (el 80 % de los intercambios de Túnez se hicieron con la UE), la desigualdad de la relación de fuerza (la UE es 15 veces más rica que el conjunto de países mediterráneos), la asimetría en la exigencia de la apertura comercial, incluso los efectos potenciales de la ampliación, representan retos importantes para el Partenariado Euromediterráneo y falsean el juego. Sin embargo, sorprenderse es dar prueba de ingenuidad y lamentarse es inútil. El partenariado no consiste en rivalizar para poderse asignar una renta bajo la forma de financiamiento MEDA, sino que implica, sobre todo, actuar colectivamente para promover la integración subregional, vaciar los abscesos de fijación que obstaculizan la acción común, defender los derechos humanos y dar a las mujeres el lugar que merecen.

En cuanto a los intelectuales del sur, éstos se balancean entre sentimientos contradictorios y pertenecen a varias escuelas de pensamiento. En primer lugar están los que creen que el partenariado se asemeja a un enfoque neocolonial, que busca transformar el Mediterráneo en una especie de patio trasero, incluso de anexo de la UE. Hay quienes ven lo contrario, una oportunidad histórica de salir adelante, viendo que todas las demás experiencias históricas en solitario fracasaron lamentablemente. Después están los que, sin idealizar demasiado el proyecto, piensan que es un paso obligado para conseguir la transformación de las economías y quizá, el cambio gradual y pacífico de las elites políticas.

Sin duda alguna, el partenariado no suscita un entusiasmo loco, pero ningún Estado del partenariado lo cuestiona fundamentalmente ni tampoco se retira. Se trata también de incluir a Libia, incluso a Irak. Es sin duda el lado sorprendente del proceso: en la inercia se perpetúa.

Pero el objetivo de Barcelona no es que el proceso se perpetúe, sino que conduzca a la paz, la estabilidad y la prosperidad en el Mediterráneo, objetivos manifestados de la Declaración de 1995. Sin esto, se parecerá al proceso de paz arabo-israelí, donde ha habido muchos procesos y poca paz. Es decir, que la UE deberá seguir una política más innovadora, quizá más valiente y sacar las conclusiones de las evoluciones recientes.

Transformación del entorno geopolítico

En primer lugar, el entorno geopolítico mundial de 2004 no es el mismo que en 1995. En aquella época, se vivía una fase de euforia: la URSS había sido vencida sin librar ninguna batalla, la economía europea salía del marasmo, el proceso de paz arabo-israelí acababa de empezar y parecía que proseguiría. Hoy en día, el contexto se ha ensombrecido: el proceso de paz en Oriente Próximo ha descarrilado, el terrorismo transnacional ha acaparado la atención pública y la guerra de Irak y sus secuelas continúan ocupando la plena actualidad.

Por otra parte, la ampliación de la UE a 10 nuevos miembros, hizo salir a Malta y Chipre del grupo TPM (Terceros Países Mediterráneos). Al mismo tiempo, la concesión del estatus de país «candidato» a Turquía obliga a darle un trato particular. De este modo, hoy en día, nos encontramos ante dos bandos más desiguales que nunca: 25 + 10, de los cuales 8 países son árabes, Israel (que no necesita partenariado dado su nivel de desarrollo económico y político y que ya goza del libre mercado y participa en los programas de Investigación de la UE) y Turquía (que ya ha firmado una unión aduanera y es un país candidato).

¿Hacia un partenariado euroárabe?

Es necesario que la UE tome nota de esta evolución y que emprenda otra dirección: la de contribuir en hacer emerger una entidad política y económica árabe, sustentada sobre un sentimiento de pertenencia, sobre flujos interárabes, y la urgencia de terminar con los desafíos comunes. A decir verdad, no existe una identidad mediterránea: existe, sin duda alguna, una identidad árabe. Las fragmentaciones arbitrarias del espacio –Mediterráneo Occidental, Oriente Próximo, Oriente Medio, Gran Oriente Medio– diluyen la identidad colectiva árabe. Funcionales en materia de políticas de intervención, no son siempre pertinentes en términos sociológicos, culturales, incluso geopolíticos. Naturalmente, la UE no esta habilitada para forzar la integración económica y a fortiori política del Mundo Árabe. Esta integración depende, en primer lugar, de la responsabilidad de los dirigentes árabes. Pero, con una especie de avisos, con múltiples incitaciones, con condiciones positivas, con mensajes claros y con una visión futura basada en la solidaridad, la UE puede contribuir en romper el statu quo y comenzar las transformaciones deseadas.

¿Por qué una política árabe en Europa?

Europa cuenta actualmente con una población de 450 millones de habitantes, y pronto con 500 millones después de las próximas ampliaciones previstas para el 2007. Por otra parte, hay hoy en día 325 millones de árabes y pronto (2025) serán cerca de 500 millones de árabes. Se trata de un potencial demográfico considerable (mil millones), equivalente al de la India, apenas inferior al de China (1.300 millones) y más del doble que los países miembros de la asociación para el libre comercio TLCNA (Estados Unidos, Canadá y México).

Integrado (a semejanza de la UE), animado con visiones comunes, apoyándose sobre una sola lengua, dotado de instituciones comunes y de instrumentos que aseguren las políticas de convergencia entre sus partes, el mundo árabe puede dejar de ser el patio trasero y convertirse en un compañero fiable, igual, democrático y próspero. Lo contrario significaría una división en entidades políticas rivales, que seguirían estrategias individuales, sin ninguna garantía de poder hacer frente a los retos de este contexto mezquino y con unas consecuencias dramáticas dentro del mismo mundo árabe en términos de empeoramiento del desempleo, de corrupción de la situación y de inestabilidades múltiples. Igualmente, Europa se enfrenta al desarrollo de un escalafón de mafias de inmigración clandestina, un desbordamiento de los problemas internos del Mundo Árabe sobre las comunidades expatriadas, de agitaciones sociales, incluso de terrorismo transnacional.

Si antaño la política de los estados europeos apostaba por la división árabe, hoy en día, con la modificación del reparto geoestratégico, el interés de la UE le pide reforzar la integración regional árabe. La fragmentación actual del mundo árabe y la categorización de los Estados árabes en estados amigos, compañeros, «canallas» (rogue) o «desestructurados » (failed states) contribuye a hacer que en Europa se dude de la existencia del mundo árabe y de si el concepto mismo de «arabidad» es pertinente. Hace tiempo, la unidad del mundo árabe era vista a través del prisma «Nasserista» como un desafío a las estrategias europeas, o a través del prisma israelí, como una amenaza, o incluso a través del prisma huntingtoniano como «diferencias irreconciliables». Esta visión impidió percibir el potencial de estabilidad y de prosperidad que inducía a Europa a una vecindad árabe segura de sí misma, que confiaba en su futuro, reconciliada con su pasado, y que ofrecía a sus jóvenes otra perspectiva diferente al desempleo crónico, a convertirse en mártires o al exilio.

De hecho, el mundo árabe existe de verdad, aunque, escarmentados por los fracasos repetidos de uniones abortadas, actualmente parece que los pueblos árabes se resignan a un sentimiento de duda respecto a la adaptación de la existencia de la condición árabe, a una exigencia de unión.

Además de tener una historia compartida, una geografía que impone sus coacciones y una lengua común, el mundo árabe hace frente a desafíos comunes y continúa, a pesar de las estrategias de los regímenes rentistas y cleptómanos, teniendo un sentimiento por los pueblos árabes, como lo demuestran todos los días, los movimientos populares de solidaridad hacia los pueblos de Irak y Palestina. Ciertamente, este mundo ofrece cada día el espectáculo aflictivo de divisiones y diseminaciones, pero sus divisiones no son peores que las que caracterizaron el espacio europeo hace 60 años. Y están lejos de haber ocasionado los baños de sangre de la primera y la segunda guerra en Europa.

Todavía ayer, los enfrentamientos petroleros causaron diferencias entre las rentas por cápita de los habitantes y desplazaron, durante cierto tiempo, los centros de gravedad política. No obstante, hoy en día, a parte de algunos minúsculos Emiratos, las disparidades económicas se diluyen: los países petroleros, como Arabia Saudí, a pesar de la calma pasajera de 2004 debida al disparo de los precios del petróleo, son presa, igual que los demás, del problema punzante del desempleo. Mientras que los países dotados de factores de liderazgo, como Egipto, largamente eclipsados, se sitúan en el panorama internacional.

No digo esto para actualizar un nacionalismo sentimental árabe un poco anticuado. Más bien para decir que la Europa ampliada tendrá en su proximidad inmediata unos quinientos millones de árabes dentro de veinte años. Y que este mundo es y llegará a ser mucho más, un criterio que tener en cuenta en su política exterior. Actualmente, los subconjuntos (Europa-CCG y euromediterráneo) se han tomado como rehenes: el primero, por la cuestión petroquímica y el integrismo exportado, y el segundo, por el conflicto arabo-israelí. Ahora bien, una acción europea en el conflicto arabo-israelí es ineficaz ya sea por defecto o por obstrucción: de hecho, una acción europea en el conflicto arabo-israelí es ineficaz por la obstrucción israelí y por la indecisión de los Estados europeos, mientras que una apertura en el Golfo encuentra la oposición de Estados Unidos. Sólo una política árabe de Europa puede ser eficaz y generar un apoyo de opiniones públicas tanto árabes como europeas. Tendrá, además, la ventaja de serenar las comunidades árabes inmigradas y facilitar su integración. El mundo árabe se encuentra en las afueras de Europa, aunque existe también dentro de las ciudades y cercanías de Europa.

Este alegato no es contra el Euromed. Le es incluso favorable. Porque le ayuda a salir de su ambigüedad «constructiva », de sus estancamientos conceptuales, casi del anonimato fuera de ciertos círculos. En primer lugar, el Euromed no es más que un instrumento. No se trata de una visión de un futuro compartido, de una zona de intercambio donde se ejercen las cuatro libertades, incluida la de la circulación de personas. Es una visión heterogénea (8 países árabes, Israel y un país candidato, Turquía). Su gestión es burocrática y diferenciadora. Y genera frustraciones permanentes por buenas o malas razones.

Una estrategia EU-Mundo Árabe se deberá fundar bajo otra perspectiva:

1. Se activará para estimular los intercambios interárabes por encima de los intercambios con la UE (éstos llegarán como añadidura).

2. Aspirará a la estabilidad y la prosperidad del Mundo Árabe para fomentar el crecimiento interno y las reformas estatales y sociales. El desarrollo del Mundo Árabe se verá como un fin en sí mismo y no solamente como un medio para estabilizar a los jóvenes y reducir las presiones migratorias.

3. Tendrá en cuenta las condiciones positivas y actuará de forma diferenciada con respecto a los países diferentes que se comprometen rápidamente con las reformas y que constituirán los países líderes, a los que se les unirán progresivamente los demás.

4. No se hipotecará por la presencia de Israel, pero no tendrá como objetivo levantar la UE contra Israel. No nos encontramos en el contexto de los años setenta, durante el inicio del diálogo euro-árabe. Al contrario, una acción europea favorable a la democratización y a la integración del Mundo Árabe debería funcionar de espuela para Israel, para vencer sus inclinaciones a imponerse por la fuerza y a buscar una solución pacífica al problema persistente que envenena el contexto mediterráneo y que es una de las raíces profundas del resentimiento que encuentran los árabes con respecto a Occidente.

5. No aspirará más a enfrentarse a Estados Unidos o a levantar el polo euroárabe contra Estados Unidos. Es igualmente posible, y por tanto deseable, que este partenariado reciba el apoyo de Estados Unidos, en la medida en que éstos renuncien a sus proyectos, sin futuro, de la democratización «a la fuerza», a las terapias de choque, al quimérico «Gran Oriente Medio» y reconociendo la necesidad de un gran plan regional, basado en el concepto de «Region-Building», el único susceptible de invertir las dinámicas actuales perversas y suavizar las relaciones entre los árabes y los occidentales europeos y americanos.

Para acabar

Romano Prodi lanzó, ante mis alumnos en noviembre de 2002, sobre la cooperación con los países árabes: «Todo salvo las instituciones». Desde entonces, hemos tenido las comunicaciones sobre la «Wider Europe» y la «Política de vecindad». El mensaje es claro: Europa no se ampliará hacia el sur. Sin embargo, ampliará su política para integrar el sur árabe en tanto que dimensión estructural de su política exterior, pues Europa no puede ser un actor importante a escala mundial mientras permanezca siendo un actor subalterno dentro de su primera zona de proximidad: el Mundo Árabe.

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