Políticas mediterráneas | Oriente Próximo
Cambio y continuidad
en la política egipcia
Amr Hamzawy
Investigator principal
Carnegie Endowment for International
Peace
versión PDF 
El desarrollo de la
vida política en Egipto entre junio de 2003 y diciembre de 2004
viene marcado por un estancamiento político persistente. La situación
política en este país de gran importancia en la región del sur del
Mediterráneo se caracteriza por la continúa polarización entre el
Partido Democrático Nacional (PDN) en el poder y los partidos de
la oposición y demás movimientos de la sociedad civil. La estrategia
de «democratización a ráfagas» impulsada por la élite gubernamental
durante cerca de tres décadas sólo ha comportado leves transformaciones
en la vida política.
Durante el período de análisis, y en parte para dar respuesta a
las circunstancias regionales e internacionales, el PDN estaba llevando
a cabo una serie de reformas internas. Se estaba produciendo una
importante incorporación de jóvenes tecnócratas, versados en la
retórica de la gestión gubernamental y en los derechos humanos,
acompañada de serios esfuerzos para modernizar las estructuras del
partido. Especialmente después de la primera convención anual del
PDN, celebrada bajo el lema «Los derechos de los ciudadanos primero»
(septiembre de 2003), la impresión dominante era que el partido
en el poder estaba a punto de realizar un cambio radical en su forma
de trabajar y, en consecuencia, en su forma de percibir su propio
papel y sus interacciones dentro de la esfera política de Egipto.
Sin embargo, las políticas y programas del grupo reformista (formado
en su mayoría por profesionales en la mitad de su carrera profesional,
hombres de negocios jóvenes y miembros del personal universitario)
que rodea al hijo del presidente han resultado ser frágiles y estar
en total contradicción con las demandas de las principales fuerzas
políticas del país. La legitimidad pública concedida al Consejo
Supremo de Política, encabezado por Gamal Mubarak, con una clara
orientación hacia la reforma del partido y que emana de la credibilidad
de las negociaciones de reforma dentro del partido y del indudable
atractivo de nuevos eslóganes como «dejad que reformemos primero
nuestra casa» o «invitamos a todas las fuerzas a dialogar con nosotros
sobre las reformas necesarias », se ha ido diluyendo. Además, se
han hecho evidentes varias limitaciones estructurales en el enfoque
adoptado por el PDN. Este partido ha hecho caso omiso al amplio
consenso existente fuera de su seno sobre las tres reformas necesarias
para hacer del sueño de la democratización un proyecto realista
en curso: reformar la constitución, revisar el proceso de selección
del Presidente estableciendo un límite de legislaturas y limitando
su poder al de jefe del ejecutivo y cambiar las leyes que dificultan
la vida sindical y los partidos políticos. A lo largo del período
comprendido entre junio de 2003 y diciembre de 2004, la incapacidad
de los partidos de la oposición y de los representantes de la sociedad
civil, ya fueran liberales o religiosos, para movilizar a amplios
sectores del electorado entorno a dichas reformas y la subsiguiente
ausencia de presión interna sobre la élite en el poder han dado
como resultado, dejando a un lado la retórica, el estancamiento
total de la política egipcia. Las principales deficiencias estructurales
que entorpecen la transformación del sistema actual en un sistema
gubernamental democrático se han mantenido inalterables. La constitución
egipcia, aprobada en 1971, en la que se han introducido pocas enmiendas
desde su aprobación, otorga una enorme autoridad al Presidente como
jefe de Estado y prioriza el poder ejecutivo sobre el legislativo
y el judicial. La elección del Presidente sigue siendo un proceso
sin competencia. La Asamblea del Pueblo designa al candidato presidencial
por una mayoría de dos tercios y, seguidamente, se confirma dicho
nombramiento mediante la celebración de un referéndum nacional.
Las próximas elecciones presidenciales que se celebrarán en octubre
de 2005 seguramente seguirán este mismo patrón, a pesar de la campaña
que están llevando a cabo varios partidos y movimientos opositores
desde verano de 2003 a favor de una enmienda constitucional que
permita la celebración de unas elecciones presidenciales plurales.
La principal estrategia de legitimación del modelo egipcio de «democratización
» se ha desdoblado en dos objetivos: por un lado, la repetición
sistemática, tanto en el discurso como en los postulados políticos,
del ya manido lema según el cual las reformas económicas deben preceder
a las políticas y, por otro, que la población debe estar preparada
para la democracia. Resulta difícil encontrar diferencias significativas
entre las valoraciones de disculpa por el pluralismo restringido
que dominaron la esfera política durante las décadas de 1970 y 1980
y el discurso del PND supuestamente reformista de 2003, que ponía
un excesivo énfasis en la modernización económica. De nuevo parece
que, entre junio de 2003 y diciembre de 2004, el régimen egipcio
se ha puesto el disfraz de los gobiernos democráticos en políticas
liberales y se ha autodenominado representante legítimo de las necesidades
reales de la sociedad egipcia, y no precisamente mediante la libertad
de asociación. Para la defensa de su estrategia, el régimen gobernante
ha introducido dos nuevas nociones: la particularidad egipcia y
las excepciones regionales. Por un lado, durante el período de análisis
los líderes del régimen han repetido sistemáticamente, de un modo
un tanto exagerado, la fórmula del «estilo egipcio para la transformación
democrática » en los discursos del Presidente para definir los pequeños
retoques como el proceso gradual necesario para la introducción
de medidas de democratización en una sociedad árabe-musulmana, en
la que la mayoría no considera la democracia como una petición popular.
Sin embargo, un proceso gradual sin que en el tiempo y en el fondo
no exista una clara conceptualización de avances, como podrían ser
enmiendas de la constitución o una apertura de la esfera política
a nuevos partidos mediante la abolición de los mecanismos restrictivos,
únicamente constituye una defensa corrupta del autoritarismo. Por
otro lado, el régimen egipcio, desde la caída de Bagdad, ha jugado
al juego cruel de asustar a la población con la amenaza de que cualquier
cambio incontrolado podría degenerar en un estado de caos similar
al del Irak de la posguerra. La inestabilidad de las condiciones
regionales ha sido un recurso utilizado de forma permanente para
descartar y desacreditar las llamadas realizadas a los gobernantes
para permitir reformas políticas más profundas, alegando de forma
estúpida que dichas reformas podrían poner en peligro la seguridad
de Egipto. Al observar el desarrollo de la política egipcia entre
junio de 2003 y diciembre de 2004, cuesta obviar el hecho de que
estas diferentes medidas de contención del proceso de democratización
han resultado ser extremadamente efectivas. Pero, por otro lado,
cabe tener en cuenta que todas las presiones occidentales para la
democratización del país ejercidas sobre Mubarak han permanecido
en el campo de la retórica, sin pasar a un acondicionamiento político.
El sistema de relaciones de poder, así como los acuerdos constitucionales
y legales que regulan la participación política, se han mantenido
sin cambios esenciales, con una naturaleza semiautoritaria. Los
movimientos opositores, si no han estado dirigidos y controlados
por las autoridades estatales, han permanecido aislados. Cualquier
intento de critica hacia el régimen por su falta de compromiso para
llevar a cabo reformas o por expresar de forma pública vías políticas
alternativas por parte de actores liberales o religiosos de la sociedad
civil ha sido desacreditado por la élite en el poder debido a uno
de estos dos motivos: las críticas o visiones dispares representan
las demandas de unos pocos intelectuales aislados que no tienen
conocimiento alguno de lo que realmente quieren las masas o, por
el contrario, representan un peligroso intento por parte de los
movimientos islamistas de apoderarse de la sociedad y controlar
el Estado.
Entre junio de 2003 y diciembre de 2004, el régimen egipcio utiliza
diferentes estrategias para mantener el control de los distintos
actores de la sociedad civil. El estado de excepción, prorrogado
por la Asamblea del Pueblo el 23 de febrero de 2003 por un período
adicional de tres años, ha seguido obstaculizando la posibilidad
de que los grupos cívicos y políticos puedan asociarse y constituirse
libremente. Los partidos políticos han visto cómo sus actividades
han sido altamente restringidas. La Ley de Excepción impide a los
partidos organizar reuniones públicas sin el permiso previo del
Ministerio de Interior. Las fuerzas de seguridad han utilizado intensamente
sus poderes ilimitados para arrestar y detener a individuos, una
práctica que se ha convertido en sistemática en el caso de los grupos
islamistas, cuyos miembros son detenidos antes de cualquier elección
regional o nacional. El marco legal relativo a las ONG en Egipto
se ha regido desde 2002 por la Ley Núm. 84, que obliga a las asociaciones
cívicas a registrarse en el Ministerio de Asuntos Sociales y que
abre la puerta a la manipulación política, ya que otorga al Ministerio
el derecho a desmantelar mediante un decreto administrativo cualquier
asociación que supuestamente lleve a cabo actividades ilegales.
Además, la ley prohíbe la participación de las ONG en actividades
políticas o sindicales y que estas organizaciones reciban fondos
del extranjero sin la aprobación del gobierno. El Gobierno egipcio
ha utilizado estos instrumentos legales para controlar y dirigir
a un gran número de ONG. Además del establecimiento de un marco
legal restrictivo y del control por parte del Estado, tanto los
partidos políticos como las ONG se han tenido que enfrentar a varios
dilemas internos. Los partidos de la oposición no han avanzado más
allá de la creación de estructuras superficiales que no pueden funcionar
como partidos políticos modernos y, en consecuencia, se han visto
sumidos en una marginalización en la sociedad. Por otro lado, las
ONG han permanecido centradas en las ciudades y han prestado sus
servicios, grupos religiosos aparte, a una pequeña parte de la población.
Por lo general, entre junio de 2003 y diciembre de 2004 la esfera
intermedia se ha visto altamente controlada y no ha contado con
una efectividad suficiente. Sin embargo, uno de los pocos aspectos
positivos ha sido el hecho de que los partidos de la oposición,
las ONG y los grupos intelectuales han conseguido conservar su capacidad
de crítica a la autoridad y mantener abierto un pequeño espacio
de articulación política. Estos dos factores han sido los responsables
de la diferencia existente entre Egipto y otros Estados más autoritarios
de Oriente Medio.
A diferencia de otros países de la región, la relevancia política
del islamismo radical en Egipto ha ido disminuyendo a lo largo del
período de análisis. La última oleada de violencia provocada por
islamistas radicales se remonta a la primera mitad de la década
de los noventa. La contraviolencia por parte del Estado y las políticas
de represión dieron como resultado la destrucción de los recursos
de poder de los grupos radicales. En los últimos dos años, se ha
producido un importante replanteamiento del legado islamista radical
y se ha cuestionado el uso de la violencia para objetivos políticos
por parte de los miembros de al- Jamaa Islamiya y del Grupo al Yihad,
hecho que ha provocado un mayor distanciamiento con la militancia
de base religiosa. Sin embargo, un número bastante reducido de islamistas
radicales ha mantenido la propagación de la violencia y la ha justificado
haciendo referencia a las condiciones regionales en Irak, Palestina
etc., así como a las crisis sociales presentes en Egipto. No obstante,
su importancia política ha ido disminuyendo de forma rápida. Dentro
del espectro islamista egipcio en general, los movimientos y activistas
moderados han ido ganando terreno político y han mantenido su capacidad
de llegar a importantes grupos de electores, a pesar de que el gobierno
ha mantenido su política restrictiva hacia estos grupos, con el
fin de limitar el espacio político que les queda abierto. Los Hermanos
Musulmanes en particular y otros grupos, como la Iniciativa Wasat,
han incluido la democracia liberal como uno de sus objetivos en
su discurso y en su programa electoral. En consecuencia, en la esfera
política de Egipto ha surgido de forma gradual un consenso normativo
y pragmático sobre la democracia, que culminó en verano de 2004
con diferentescampañas de reformas organizadas por
movimientos seculares y religiosos.
Además, ha surgido una plataforma estratégica
para la democratización que ha
ido ganando fuerza. La petición de una
reforma constitucional, la derogación de
la Ley de Excepción, la existencia de
elecciones competitivas a la presidencia,
la legalización de partidos políticos
y la reforma del marco legal que restringe
sus actividades (especialmente la Ley
40/1977) y, por último, la creación de
alianzas para el cambio democrático que
abarcan distintas divisiones ideológicas
han sido las pocas señales esperanzadoras
que se han dado dentro de la
estancada vida política de Egipto.
|