Luces en un sombrío año mediterráneo
Romano Prodi
Presidente de la Comisión Europea
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Un año en la vida del Mediterráneo es sólo un instante en tiempo geológico, pero, en términos humanos y políticos, el 2003 ha sido notable en muchos aspectos. No podemos pasar por alto que la tragedia se ha extendido sobre toda la zona como una sombra negra. El incesante conflicto entre palestinos e israelíes ha seguido reclamando vidas inocentes y envenenando las relaciones, mientras que la guerra de Irak ha exacerbado, aún más si cabe, las tensiones que desgarran la región. Sin embargo, el panorama no es del todo sombrío y quisiera destacar algunos de los puntos más brillantes.
Desde el punto de vista de la UE, por ejemplo, está el hecho de que el 16 de mayo tres países mediterráneos firmaron el Tratado de Adhesión, y en el momento de escribir estas líneas (9 de octubre) dos ya han comunicado los instrumentos de ratificación. Todo indica que la ampliación más espectacular de la Unión Europea se llevará a cabo con éxito, cerrando un largo capítulo en la historia del continente marcado por la división entre este y oeste. Y, al mismo tiempo, espero ver cómo la presión popular en Chipre fuerza un acuerdo que en última instancia conduzca a que toda la isla forme parte de la Unión.
Como fruto lógico de la estrategia de ampliación de la UE tenemos la Política de Proximidad de la Unión, que emana del deseo de los europeos de compartir con sus nuevos países fronterizos los beneficios que cincuenta años de integración les han aportado. La estabilidad política forjada por una serie de factores –como el Estado de derecho, las instituciones democráticas, la armonización de leyes y normas, una sociedad civil fuerte, unos medios de comunicación potentes y una mejor gobernanza– ha generado la prosperidad de que disfrutamos hoy dentro de la Unión y que queremos compartir con nuestros vecinos. Este deseo no es sólo una reacción humana natural; es también el resultado de un razonamiento lógico, porque sabemos que en nuestro mundo moderno la seguridad depende tanto o más de una dinámica social y política cabal como del armamento y los ejércitos activos.
También en otras áreas, la Comisión Europea que dirijo ha querido afianzar la estabilidad y seguridad en el Mediterráneo mediante una serie de medidas de «seguridad blanda». El Proceso de Barcelona está en marcha. Estamos firmando y ratificando acuerdos con nuestros socios mediterráneos. El Banco Europeo de Inversiones ha establecido una línea de crédito para conceder préstamos a los países mediterráneos socios. También se han realizado avances en educación y cultura. Está en proyecto una fundación euromediterránea para el diálogo intercultural, y espero que en la conferencia de ministros euromediterráneos de Nápoles en diciembre se tome una decisión. En octubre asistí a la conferencia Tempus MEDA, donde los ministros de Educación de los países mediterráneos socios discutieron las perspectivas de futuro desde que el programa Tempus se amplió a sus países. Y en la misma conferencia, el grupo asesor de alto nivel sobre el Diálogo entre Pueblos y Culturas analizó el proyecto de informe encargado por mí, que nos presenta una serie de medidas prácticas con el objetivo de revitalizar el diálogo entre todos los pueblos de las orillas del Mediterráneo y las comunidades de inmigrantes procedentes de países mediterráneos que viven en nuestras sociedades en Europa.
Los escépticos pueden consideran vanos estos esfuerzos frente al horrendo impacto del terrorismo y la guerra moderna. Pero estos esfuerzos preparan el terreno para unas relaciones sanas y constructivas, que son la base necesaria para resolver los conflictos. La solución puede no llegar mañana, pero desde luego no llegará nunca si no nos preparamos para ella. Por este motivo, mi Comisión ha elegido la vía del diálogo como único camino hacia delante.
El Mediterráneo es un mar antiguo con muchas caras. Bajo la superficie a menudo engañosamente impasible se encuentran bajíos cenagosos y depresiones sombrías sacudidas por peligrosas corrientes y repentinas tormentas. Pero ese mismo mar otras veces muestra caras más radiantes y recupera su auténtica y más alegre naturaleza, cuando los rayos del sol rozan las olas mientras los vaporetti surcan rápidamente la laguna de Venecia, o cuando, en el Levante o en el Magreb, los barcos de pescadores llegan a puerto, con las bodegas cargadas con la captura. Ése es el Mediterráneo al que quiero ver recobrar su unidad en paz, prosperidad y estabilidad a través del diálogo, el desarrollo y el respeto mutuo.
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