Ocho años de partenariado euromediterráneo
Amre Moussa
Secretario general de la Liga Árabe
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Hace ya ocho años que un grupo de países mediterráneos envió a unos delegados de alto nivel a la bella ciudad de Barcelona para poner en marcha un nuevo proceso de diálogo y partenariado en el Mediterráneo.
El Proceso de Barcelona, iniciado en 1995, indicaba que había países del norte y del sur del Mediterráneo, implicados a lo largo de su historia en el diálogo y la fecundación intercultural, que no estaban satisfechos con el nivel de cooperación alcanzado. Esta iniciativa tenía como objetivo mejorar la cooperación entre países de la cuenca mediterránea en muchos campos, incluidos el político, el económico y el sociocultural.
Había grandes sueños de colaboración
entre los pueblos del norte y del
sur; y también grandes expectativas
entre los políticos que, como yo mismo,
asistimos al nacimiento del proceso.
Sin embargo, hasta hoy, al menos
desde la perspectiva del sur, los resultados
han sido más bien modestos,
por así decirlo.
Los tres «cestos» de cooperación –política, económica y social, y cultural– siguen estando vacíos de los frutos que deberían haber dado. Este resultado insatisfactorio se debe a muchas causas, y la más evidente es que la mente y el corazón de Europa están en otro sitio.
La Unión Europea ahora está preocupada con su ampliación. Toda su atención está dirigida a este fin. Y es comprensible. Sin embargo, no debería ser a expensas de la cooperación con otros socios de la Unión europea. De hecho, la ampliación debería ser un beneficio suplementario del Proceso de Barcelona.
Desviar la atención de los vecinos del sur no supone sólo reducir los presupuestos de cooperación económica. Nos arriesgamos a dejar pasar una ocasión que había empezado con una nota positiva. Existe el peligro de que desperdiciemos la oportunidad de lograr una autentica paz y seguridad en el Mediterráneo. No podemos permitirnos perder interés en el área cultural en un momento en que el diálogo intercultural es tan necesario, especialmente entre países con un intercambio histórico impresionante.
Hoy en día existen numerosas voces equívocas argumentando el inevitable conflicto entre la civilización árabe-musulmana y la occidental. Los países ribereños del mediterráneo, partícipes de las dos civilizaciones, son los que deberían demostrar hasta qué punto se equivocan estas teorías, y podrían hacerlo a partir de su larga historia de diálogo y de fecundación intercultural.
Dicho esto, nadie puede ignorar que el débil avance del Proceso de Barcena se debe, por distintos motivos, al deterioro del proceso de paz árabe-israelí. Las políticas destructivas y frustrantes llevadas a cabo por Israel han afectado la paz y la estabilidad de nuestra parte del mundo, y han hecho que en el Mediterráneo la cooperación resulte difícil en muchos frentes.
Pero el panorama no es completamente negro o, por lo menos, no debemos perder la esperanza. Este mismo año, la Conferencia Euromediterránea intermedia, celebrada en mayo de 2003 en la espléndida ciudad de Creta, devolvió las esperanzas de vida a este proceso. En Creta, se abogó por la necesidad de reemprender, e incluso intensificar, el diálogo Norte-Sur en el Mediterráneo respecto a un gran número de preocupaciones e intereses comunes, entre ellos, el comercio y la inmigración.
Aprovecho la ocasión para aplaudir a la presidencia griega de la Unión Europea por sus considerables esfuerzos en pos de una cooperación más eficaz en el marco de la cuenca mediterránea. Confiemos en que los resultados de la Conferencia Euromediterránea, celebrada en Nápoles –otra bella ciudad mediterránea– en diciembre de 2003, sirvan para promover la causa, que realmente vale la pena, de una cooperación euromediterránea más estrecha.
Los países del Mediterráneo tienen mucho que ganar de un proceso de colaboración más efectivo y de un verdadero partenariado. El libre comercio alrededor del Mediterráneo, por ejemplo, podría abrir nuevas perspectivas. Es necesario progresar más rápidamente hacia la aplicación de este acuerdo de libre comercio mediterráneo, que deberíamos haber alcanzado en 2010.
El proceso de Barcelona se merece una operación de salvamento. Somos vecinos para siempre. Es a todas luces de interés colectivo alcanzar nuestros objetivos comunes a través de una auténtica cooperación.
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