Economía y territorio - Relaciones comerciales
El puzzle de la integración subregional en el sur del Mediterráneo
Iván Martín
Universidad Carlos III de Madrid
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El año 2003 ha acabado con el enésimo fracaso de los intentos de revitalizar la Unión del Magreb Árabe (UMA) entre Marruecos, Argelia y Túnez (y Libia y Mauritania), al suspenderse sine die la Cumbre de jefes de Estado de los cinco países miembros convocada en Argel para el 23 de diciembre de 2003, dando así al traste con los ímprobos esfuerzos diplomáticos desplegados
durante los últimos cuatro años.
La UMA no acaba de despegar desde
su creación en 1989 y ni siquiera ha sido
capaz de superar el cierre de la
frontera entre Argelia y Marruecos desde
el verano de 1994. Si algunas cifras
valen más que mil palabras, los países
del Magreb realizan el 63 % de sus intercambios
comerciales con la Unión
Europea, el 19 % con Estados Unidos
y Canadá y menos del 2 % entre sí (en
el conjunto de los doce países del sur
y del este del Mediterráneo asociados
con la UE los intercambios comerciales
entre sí apenas superan el 4,5 %
de la suma total de sus importaciones
y sus exportaciones).
Con todo y con eso, el bloqueo de la
integración magrebí se está erigiendo
en uno de los grandes nudos gordianos
de la dinámica económica en el
Magreb y de la resolución de una de
sus principales incógnitas estratégicas
a medio plazo, como es la de su modelo
de inserción en el sistema económico
mundial: el tamaño de cada uno de
sus mercados por separado es demasiado
exiguo para atraer inversiones
productivas orientadas a sus mercados
internos, y su escasa competitividad
hace muy difícil que se conviertan
en plataformas de exportación, pero
precisamente el aflujo de volúmenes
ingentes de inversión extranjera es un
eslabón fundamental de la viabilidad
del proceso de liberalización interna y
externa y de modernización en el que
estos países se hallan inmersos.1
El propio Marruecos, que hasta ahora
ha supeditado monolíticamente cualquier
progreso en este terreno al reconocimiento
de su soberanía definitiva
sobre el Sáhara Occidental, parece empezar
a cuestionarse el coste de esta
actitud. En un informe de su Ministerio
de Hacienda de julio de 20032 se estiman
los beneficios que podrían derivarse
de la eliminación de barreras a los
intercambios económicos magrebíes
en 4.600 millones de dólares anuales
(3.000 millones en aumento de las inversiones
extranjeras y 1.600 en aumento
de los flujos comerciales regionales),
es decir, el equivalente al 4,4 %
del PIB conjunto de Marruecos, Argelia
y Túnez, y se afirma que «el coste del no
Magreb puede resultar insostenible para
las economías de la región». Aunque
el estudio adolece de algunas deficiencias
en su manejo de las cifras,3 pone el
dedo en la llaga de los costes de la falta
de integración magrebí en términos de
pérdidas de inversión extranjera, limitación
de los intercambios comerciales y
menor creación de empleo, por no mencionar
el aumento de la capacidad de
negociación de estos tres países si actuaran
coordinadamente en los foros internacionales
y ante sus grandes socios
comerciales en lugar de negociar por
separado, y su potencial de atenuación
de las previsibles consecuencias negativas
que tendrá para estos países la
ampliación al este de la Unión Europea.
¿Esperando a Agadir?
En este panorama más bien deprimente,
la «buena noticia» en materia de integración
subregional ha sido el llamado
Acuerdo de Agadir, suscrito en esa
ciudad marroquí el 8 de mayo de 2001
entre Marruecos, Túnez, Egipto y Jordania
con el fin de adelantar el calendario
de liberalización comercial entre ellos y
crear una zona de libre comercio (ZLC)
para todos sus productos sin excepciones
para principios de 2006. En enero
de 2003, los cuatro países concluyeron
las negociaciones sobre el texto final
del Acuerdo (a expensas de completar
algunos anexos técnicos y fijar el calendario
final), que a lo largo de ese año
debía ser ratificado por los legislativos
nacionales y que debería entrar en vigor
en 2004. Sin embargo, al margen
de su valor declarativo –la Unión Europea se ha apresurado a brindar suapoyo–, hasta ahora no ha sido posible
explicar en qué consiste exactamente
el valor añadido de esta iniciativa con
respecto a los múltiples proyectos de
integración económica regional que se
acumulan en la región, especialmente
si se tiene en cuenta la falta de continuidad
territorial entre los países que lo
integran, que no comparten ninguna
frontera terrestre directa entre sí.
En todo caso, el Acuerdo de Agadir no
es muy novedoso. En efecto, el 1 de
enero de 1998 ya entró en vigor entre
dieciocho países árabes –entre los que
tampoco está Argelia– el proyecto de
creación de una zona de libre comercio
panárabe (Greater Arab Free Trade
Area, GAFTA). Su objetivo es eliminar
gradualmente, en un plazo de diez
años, los aranceles recíprocos sobre
todos los productos (reducción lineal
del 10 % cada año, hasta 2008), aunque
se excluyen los servicios y las inversiones.
A pesar de que originalmente
la GAFTA debía incluir también el
desmantelamiento de las barreras no
arancelarias, las negociaciones al respecto
han sido pospuestas, y el programa
de liberalización aprobado contiene
numerosas excepciones.
Paralelamente, la Unión Europea ha
suscrito con la mayoría de los países
de la región acuerdos de asociación
que prevén la creación de Zonas Euromediterráneas
de Libre Comercio, que
supondrán la eliminación recíproca de
todos los aranceles sobre los productos
industriales en un plazo de doce
años (la primera de ellas, con Túnez, se
completará en 2010, con Marruecos
en 2012, con Jordania en 2014 y con
Líbano en 2015, mientras que con Argelia
se encuentra en proceso de ratificación,
aunque debería entrar en vigor
en 2004 y culminarse en 2016, y con
Siria todavía se está negociando).
A estos procesos en curso se añaden
las zonas de libre comercio recientemente
promovidas en la región por Estados
Unidos: desde el 1 de enero de
2002 está en vigor la ZLC con Jordania,
con un período transitorio de diez años,
cuyos resultados preliminares son aparentemente
espectaculares, con un incremento
del 78 % de sus exportaciones
al mercado norteamericano, sobre
todo de textiles, en su primer año (aunque
en el año 2001, antes de aplicarse
el acuerdo, ya se había registrado una
triplicación de dichas exportaciones), y
para finales de 2003 se ha anunciado la
conclusión de las negociaciones bilaterales
para la creación de otra ZLC con
Marruecos. En junio de 2003, la administración
Bush lanzó la Middle East
Trade Initiative (Iniciativa de Libre Comercio
en Oriente Medio) con el objetivo
declarado de crear una ZLC con trece
países de la región –siempre, eso sí,
que sus Gobiernos se muestren «comprometidos
con la apertura y las reformas
económicas»– en un plazo de diez
años, aunque el primer paso debería ser
la creación de ZLC bilaterales con Estados
Unidos, lo que hasta ahora sigue
sin concretarse en la práctica, salvo en el caso de Bahrein. También existen
acuerdos de libre comercio bilaterales
entre países de la región, como Marruecos,
por un lado, y Túnez, Egipto y Jordania,
respectivamente, por otro, y entre
Egipto y Jordania.4
Este maremágnum de acuerdos comerciales
preferenciales configura un
auténtico puzzle (véase el gráfico 11)
de difícil inteligibilidad, pero cuyas piezas
constituyen los principales vectores
de articulación de un eventual espacio
económico mediterráneo. Pero también
plantea no pocos problemas de coherencia,
además de suscitar interrogantes
sobre su compatibilidad con los
acuerdos suscritos en el marco de la
Organización Mundial de Comercio
(Argelia es también, junto con el Líbano,
Siria y Libia, uno de los países de la
región que aún no pertenece a la OMC,
aunque tiene muy avanzadas sus negociaciones
de adhesión y podría incorporarse
en 2004). O, por formularlo en
otros términos, plantea la cuestión del
«mix óptimo de acuerdos comerciales
regionales» para estos países.5 Estos problemas pueden sintetizarse
del siguiente modo:
• La maraña de tratados de asociación
y acuerdos comerciales reduce
la transparencia de las reglas del
juego para los agentes económicos.
Esto perjudica especialmente a las
pequeñas y medianas empresas,
que no cuentan con suficientes recursos
para acceder al asesoramiento
jurídico ni con los bufetes de
abogados especializados que esta
plétora de normas requiere; es decir,
perjudica a la inmensa mayoría
de las empresas de la región.
• El grado de sinergia entre los distintos
procesos de integración es
muy escaso. Es más, en algunos
aspectos pueden ser contradictorios,
como sucede, muy especialmente,
con la cuestión de las reglas
de origen, que cada acuerdo
comercial define siguiendo un método
diferente. La complejidad técnica
de la gestión de las reglas de
origen favorece las arbitrariedades
administrativas y la falta de transparencia.
• Tal como se intuye gráficamente
con un simple vistazo al gráfico 11,
la red de acuerdos de integración
regional corre el riesgo de reforzar
un modelo de articulación económica
«radial», caracterizado por una
alta –y creciente– aglomeración de
la actividad económica en el «eje» o
centro en el que convergen numerosos
mercados satélites o periféricos
escasamente integrados entre
sí. En el caso de los países del norte
de África y Oriente Medio, ésa es
claramente la pauta de relaciones
comerciales con la UE que la Asociación Euromediterránea favorece.
En los dos últimos años, el creciente
activismo de la «diplomacia comercial
» de Estados Unidos en la
región corre el riesgo de crear un
segundo centro de gravitación de
las economías árabes mediterráneas,
lo que podría dar lugar a un
modelo «en forma de pelota de rugby
» de relaciones con los dos grandes
polos económicos mundiales.
Las dificultades que plantea la denominada
«acumulación de reglas
de origen», como consecuencia de
la heterogeneidad de sus definiciones,
agrava este problema.
Procesos de integración regional en el norte de África y Oriente Medio (*)
(*) Con líneas continuas se han representado los acuerdos comerciales preferenciales ya en vigor, y con líneas discontinuas, las iniciativas que todavía se encuentran en proyecto o en negociación. Para no complicar aún más el gráfico, se ha prescindido de otros países de Oriente Medio, como el Líbano o Siria, cuyos procesos de liberalización comercial están menos avanzados, así como de Turquía, a la que su condición de candidata a la adhesión a la UE confiere un estatuto especial, e Israel, que por ser un país desarrollado está sujeto a dinámicas muy diferentes.
• El grado de credibilidad de los
acuerdos comerciales como instrumentos
jurídicos efectivamente vinculantes
para regular las relaciones
económicas entre los países de la
región es escaso. Esto se debe sobre
todo a que raramente van
acompañados de compromisos políticos
firmes –y del consenso social
que se requiere para ello–, a su escaso
grado de institucionalización y
a que, en la mayoría de los casos,
se trata de meros procesos de integración
negativa o «superficial» que
se limitan a eliminar barreras, pero
sin crear una auténtica comunidad
económica entre ellos. A este respecto,
no hay que perder de vista la
importancia y la variabilidad de las
barreras no arancelarias, que a menudo
vacían de contenido cualquier
aparente reducción de las barreras
comerciales mediante la eliminación
de los aranceles. También en este
ámbito de las relaciones comerciales,
para que funcione efectivamente
una economía de mercado, se requiere
un Estado de derecho eficaz
que garantice el respeto de los derechos
individuales de los particulares
y de las empresas y el cumplimiento
de las normas por parte de
todos los agentes económicos en
igualdad de condiciones.
En conclusión, aunque la moda del regionalismo
como fenómeno concomitante
a la globalización y como prolongación
de las estrategias geopolíticas
por otros medios también ha llegado a
la región mediterránea, la proliferación
de iniciativas de integración regional
no parece estar contribuyendo a un
replanteamiento del patrón clásico de
relaciones económicas Norte-Sur (o,
en términos históricos, entre metrópolis
y colonias) ni de las pautas de
dependencia comercial, financiera y
tecnológica estructural que lo caracterizan.
Es decir, no promueve una
aproximación o convergencia de los
niveles de desarrollo, sino que más
bien contribuye a consolidar e incluso
incrementar los diferenciales registrados
en los últimos quinientos años en
la región mediterránea.
1 Sobre este tema, véase I. Martin (2001): «La inversión extranjera directa en los países del Maghreb en el marco de la Asociación Euromediterránea:
¿el eslabón perdido?», en REM. Revista de Economía Mundial nº 4, pp. 175-206, Universidad de Huelva (http://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=282109).
2 Direction de la Politique Économique Genérale, Les enjeux de l’integration maghrebien, documento de trabajo nº 90, Rabat
(http://www.finances.gov.ma/dpeg/publications/en_catalogue/doctravail/doc_texte_integral/dt91.pdf).
3 Véase el artículo I. Martín: «¿De verdad la UMA vale $ 4.600 millones al año?», boletín confidencial Magreb Negocios, octubre de 2003.
4 Véase el «mapa» mundial de acuerdos regionales de integración elaborado en el año 2000 por la OMC (http://www.wto.org/english/tratop_e/region_e/wtregw41_e.doc).
5 Algunos estudios recientes sobre esta compleja cuestión han sido publicados en los libros S. Dessus, J. Devlin y R. Safadi (eds.) (2001): Towards Arab and Euro-Med Regional Integration, OCDE, París (descargable en http://www1.oecd.org/publications/e-book/4101091E.PDF), y A. Galal y B. Hoekman (eds.) (2003): Arab Economic Integration. Between Hope and Reality, Egyptian Center for Economic Studies, Cairo y Brookings Institution Press, Washington D.C.
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