El papel de los medios de comunicación en el Mediterráneo
Mediterraneidad, identidad y medios de comunicación
Mohammed Noureddine Affaya
Université Mohammed V-Agdal, Rabat
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¿Cuáles son los retos identitarios que vehiculan los medios de comunicación en el ámbito mediterráneo? ¿Hasta qué punto el paisaje mediático favorece el desarrollo de la idea de la mediterraneidad?
Evidentemente, para abordar estas dos cuestiones resulta difícil eludir el problema, siempre recurrente, de la identidad, como también es cierto que no se puede tratar dentro del contexto de una pretensión teórica exclusiva, sea cual sea su pertenencia disciplinaria. Así, la psicología, la sociología, la antropología, la política y en los últimos tiempos la «mediología», etc., en cada uno de sus respectivos campos, proponen enfoques específicos para acercarse a la identidad. Delimitar las interferencias entre dichos enfoques es ciertamente una tarea compleja, sobre todo cuando la emoción interfiere en el trabajo de la definición.
Por otro lado, la idea de la mediterraneidad ha entrado en una fase histórica de una riqueza y una complejidad sin precedentes, ya que la Unión Europea constituye, en este principio de siglo, uno de los grandes desafíos económicos, políticos, estratégicos y culturales. La Unión Europea representa una experiencia única en su género. Países históricamente hostiles se transforman en países que se coordinan y cooperan entre sí en todos los ámbitos, construyendo redes de intereses, de relaciones recíprocas e instituciones legítimas apoyadas por la voluntad popular.
Pero a pesar de esos deseos federativos y de las políticas de unificación, de integración o de partenariado, en los últimos tiempos los discursos sobre la identidad –o de la identidad– están experimentando una auténtica inflación. Con el cuestionamiento de un conjunto de logros históricos, como la idea de soberanía, de nación, de fronteras, el proceso de construcción de Europa, la era de la globalización y la emigración acelerada de las instituciones, de los imaginarios, etc., se plantean serios interrogantes sobre uno mismo y sobre el otro, sobre la ubicación en el espacio, sobre las relaciones en el tiempo y sobre las nuevas percepciones de lo real. Estos profundos cambios incorporan algunas capas frágiles, o «fragilizadas», en un dilema a veces inevitable: el de afirmar su identidad de una manera «patológica», o cuando menos exagerada, o bien aceptar la pérdida de sus fundamentos. Una elección que algunos viven como una elección trágica entre el integrismo y la desintegración.
En todas sus categorías, los medios de comunicación están ahí para mostrar, exponer, discutir y hasta algunas veces dramatizar las reivindicaciones identitarias que continuamente se expresan en las diferentes regiones del espacio mediterráneo. Los medios de comunicación se implican cada vez más en el contexto histórico y cultural que traspasa la idea de la mediterraneidad. Nada está claramente definido. Los proyectos se inician y luego se paran, los acuerdos se firman y no se aplican, y las intenciones se proclaman y no se respetan. A pesar de todas sus ventajas de complementariedad, las dos orillas del Mediterráneo se enfrentan a obstáculos que impiden que se construyan puentes y que se coloquen pasarelas. El conflicto árabe-israelí, la desigualdad entre el norte y el sur del Mediterráneo, el deseo de poder por parte de Estados Unidos, etc., constituyen otros tantos factores que enturbian la estrategia euromediterránea en vistas a conseguir más partenariado y más reciprocidad. Y por desgracia, ciertos soportes mediáticos están ahí para contribuir a la creación de clichés y para formular prejuicios que no ayudan en absoluto a la consolidación de la idea de mediterraneidad. Sobre todo cada vez que una entidad civilizacional, o una nación, o un pueblo, o un grupo social en el seno de una misma sociedad, de algún modo se desintegran o desestructuran, el sistema de valores, las relaciones, y los modos de percepción y de organización cambian y adquieren otros contenidos. En el contexto del universo mediterráneo, y a través de los soportes mediáticos, proliferan los discursos de la identidad o sobre la identidad, los enfoques cambian y las interpretaciones se multiplican, cada una de ellas en función de su pertenencia, de su estatus y de sus fines.
Es evidente que los medios de comunicación, y en especial la televisión, constituyen los espacios privilegiados en los que se expresan los retos identitarios en el arco mediterráneo. Es más, los dispositivos televisivos están trastocando profundamente las estructuras mentales, los referentes culturales y las sensibilidades estéticas de nuestra tierra. La televisión todo lo puede. Puede mostrar, desvelar y acercar, y también puede esconder, velar y enturbiar los intercambios. Es una máquina pluridimensional y un medio de una importancia estratégica en la formulación de las expectativas, los déficit, las frustraciones y los deseos de los pueblos mediterráneos.
Si, a pesar de ciertas resistencias, el proyecto euromediterráneo –tal como fue formulado durante la Conferencia de Barcelona (1995)– sigue siendo un proyecto de una acuciante actualidad, si dicho proyecto propone la asociación como base para la cooperación entre las dos orillas del Mediterráneo, y si los responsables políticos europeos justifican dicho proyecto ante la decepción generalizada de los países del sureste mediterráneo, una decepción promovida por la desigualdad de los vínculos en vistas a crear una nueva historia de las relaciones entre los pueblos mediterráneos, unas relaciones basadas en la cooperación, la asociación y la comprensión mutuas, y si a pesar de ello las intenciones de los europeos se han formulado de este modo, es porque no cabe duda de que las implicaciones económicas y los intereses europeos en la zona son muchos y muy importantes. Los países del sureste mediterráneo son los primeros socios comerciales de la Unión Europea después de Japón y Estados Unidos. Para las instituciones europeas, la importancia del mercado mediterráneo sobrepasa el valor de sus exportaciones a Japón, y los Estados de la Unión Europea dominan más de la mitad de los intercambios exteriores de los países del sureste Mediterráneo. A nivel económico se advierten unas diferencias escandalosas entre el Norte y el Sur, y por otro lado resultarí muy difícil hablar de que existe una identidad homogénea entre los diversos países mediterráneos. Los intercambios comerciales y la supresión de las barreras arancelarias pueden favorecer a los socios que cuentan con unos grados de evolución semejantes, pero pueden tener resultados negativos cuando se trata de socios cuyos niveles de crecimiento y desarrollo son desiguales.
En un contexto en el que la globalización se ha convertido en la contraseña económica, política, mediática, etc., la atención de los observadores se centra en los retos estratégicos y económicos que se establecen en la cuenca mediterránea. La mayoría de analistas no pueden menos que constatar que, en el fondo, la política europea constituye una manera de reaccionar contra los avances norteamericanos en la zona. La cuantía de las ayudas norteamericanas a los países del sureste mediterráneo sobrepasa, con mucho, la que la Unión Europea otorga a dicha región. La presencia norteamericana se ha consolidado aún más a partir del 11 de septiembre, en base a la decisión estratégica de luchar contra el «terrorismo internacional», especialmente contra el «islamista», mediante la firma de acuerdos de librecambio con ciertos países mediterráneos y la financiación de determinados medios de comunicación, como, por ejemplo, Radio Sawa, y otros más en vistas a cambiar la imagen negativa que transmite el pueblo norteamericano.
Asimismo, por parte de Europa ha habido una tendencia, sobre todo desde un punto de vista árabe, a poner punto final al diálogo euroárabe, sustituyéndolo por el diálogo euromediterráneo, a fin de integrar a la parte árabe de la zona en una «realidad difusa y vasta», en nombre de una mediterraneidad que se basa en los repartos geográficos y que excluye la identidad nacional y de civilización, amparándose en la «tolerancia», la «universalidad», la «paz» y la lucha contra el terrorismo.
Ya la Declaración de Barcelona y el Plan de Acción Futura convertían al modelo de civilización y de cultura occidental en la única referencia del proyecto mediterráneo. Resultaba sorprendente constatar la ausencia del principio de igualdad entre las distintas civilizaciones; es más, en dicha declaración los principios occidentales se presentaban como la expresión de una civilización ganadora, superior, que tiende a expandir sus valores, ignorando a las restantes culturas mediterráneas y, en especial, a la cultura islámica.
Y los medios de comunicación están ahí para mostrar, exagerar o dar preferencia a ciertos aspectos de las realidades mediterráneas en detrimento de otros. Ello no quiere decir que haya que ahondar aún más la distancia que separa a las dos orillas, sino todo lo contrario; significa que la cooperación regional se ha convertido en una necesidad vital a la luz de los profundos cambios que se están produciendo en el mundo y en el Mediterráneo. Sin embargo, sólo un proyecto realista –que no contenga en sí mismo las semillas de la discordia, y que esté basado en estructuras iguales y en partes relativamente equilibradas– podrá salvaguardar la unidad de civilización, la cohesión política y la personalidad cultural específica de los dos socios principales (el sureste árabe-islámico y el norte occidental), dentro del objetivo de servir a sus intereses comunes.
Si bien es cierto que las grandes preocupaciones europeas a través de los acuerdos de cooperación y de partenariado con los otros países mediterráneos pueden resumirse en su deseo de garantizar la seguridad en la zona y de luchar contra el tráfico de drogas, y que los temas de la emigración clandestina, el terrorismo o el extremismo religioso son los grandes favoritos de los medios de comunicación, sobre todo de los europeos, también es preciso constatar que la apertura de Europa respecto de su espacio mediterráneo y su manifestada voluntad de concretar una zona de librecambio constituyen un giro de una gran importancia en las relaciones entre las dos orillas del Mediterráneo, sobre todo en lo referente al proceso de democratización de los países del Sur. No hay duda de que se trata de un proceso complejo, en el que se mezclan las consideraciones políticas, educativas, sociales, culturales e identitarias, y en el que los medios de comunicación desempeñan un considerable papel en lo que se refiere a la concreción de los espacios de las libertades y a la configuración de las diferencias. Así, la Comunidad Europea ha tenido un papel muy destacable en la aceleración del proceso democrático en los países del sur de Europa –España, Portugal y Grecia–, que durante décadas han vivido bajo la dominación de los poderes militares fascistas. Es evidente que la democracia evoluciona a partir de las coordenadas internas y de una política basada en los principios de ciudadanía, del respeto al derecho, de la alternancia y del compromiso pacífico en lo referente a resolver los problemas de la comunidad, pero también parece claro que, en los países del sureste mediterráneo, el entorno regional existente podría activar dicho proceso y apoyar a las fuerzas democráticas en su lucha contra los despotismos, la pobreza y el extremismo religioso.
El proyecto mediterráneo puede hallar sus propias modalidades de aplicación y crear un espacio que permita la transición democrática en los países del sureste, tal como ha sucedido en España, Portugal y Grecia. Pero esto supone romper con la actitud políticamente hipócrita que se viene manteniendo respecto a los regímenes vigentes, ayudar de un modo efectivo al desarrollo mediante la puesta en práctica de proyectos de inversión generadores de empleo y riqueza, y alentar las iniciativas de la sociedad civil y la creación de espacios de expresión, de debate y de libertad. No obstante, parece claro que la idea de mediterraneidad sólo podrá adoptarse si logra abrir nuevos horizontes para la orilla sur y si aporta una soluciona efectiva para las injusticias infligidas por Israel contra el pueblo palestino y los restantes países de la zona.
En su pluralidad, su diversidad y también su complejidad, suele ser frecuente que en los ámbitos de la conciencia la identidad mediterránea se presente como una identidad inflexible. Hay todo un mosaico de puntos de referencia y de registros identitarios. Los medios de comunicación, y sobre todo la televisión, son el reflejo de dicho mosaico, así como unos sistemas muy poderosos para consolidarlo. En el actual contexto de injusticia y desigualdad, el nuevo nacimiento del mundo, que se ha dado en llamar globalización, da lugar a reacciones culturales y reivindicaciones identitarias que anteriormente nunca han sido tenidas en cuenta.
Actualmente podemos observar unos trastornos considerables en los paisajes mediáticos del ámbito mediterráneo. Pretender delimitarlos es una tarea imposible. Cómo puede hablarse del «papel de los medios de comunicación en la producción de la identidad en el Mediterráneo», cuando se sabe que un país pequeño como el Líbano, que apenas ha salido de una guerra civil, posee una gran cantidad de soportes mediáticos y que cada confesión o partido político tiene su propia cadena de televisión: es decir, la LBC, de las fuerzas libanesas; Al-Manar, de Hezbolá; Al-Mustaqbal, de Rafiq Hariri, primer ministro sunní; la NBN, de Nabih Barri, presidente del movimiento shií Amal y del Parlamento libanés, y la New TV, de los sunníes del sur, así como muchas otras cadenas de televisión y emisoras de radio que proliferan por doquier. Y si eso sucede en un país de tan sólo tres millones de habitantes como el Líbano, qué decir de la complejidad del caso turco, y de los retos mediático-políticos de los Balcanes, de las guerras entre los diversos medios de comunicación en Italia, de las docenas de cadenas egipcias trasmitidas por el satélite Nile-Set, y de la diversidad regional y sus respectivos soportes mediáticos en España. Por no hablar de la proliferación de antenas parabólicas en todo el ámbito mediterráneo, sobre todo en la orilla sur, en donde predomina el pirateo de cadenas satélites a través de las que se pueden captar satélites y cadenas en todos los idiomas, especialmente las árabes, como, por ejemplo, Al-Yazira, Abu Dabi o Al-Arabiya, que modelan las conciencias de diversas maneras, pero también de cadenas islamistas como Iqrae y otras más, que bombardean a los telespectadores por medio de prédicas cotidianas que abogan por un islam rígido, wahabí (la doctrina oficial de Arabia Saudí) e integrista.
En el Mediterráneo hay un auténtico carnaval de cadenas, de imágenes y de discursos. Cada Estado hace sus propios cálculos y sus propias apuestas mediáticas. Así pues, ¿cómo se puede promover la idea de mediterraneidad a partir de semejante mosaico identitario? ¿Dicha idea puede tener algún valor si no se cuenta con un proyecto euromediterráneo centrado en un desarrollo equitativo, en una democracia real y en una cultura creadora?
Tal como se impulsó en la Conferencia de Barcelona, el proyecto mediterráneo –basado en el espíritu de partenariado– sigue y seguirá constituyendo un proyecto de una dimensión histórica sin precedentes. Pero ello sólo será posible si logra sobreponerse a una serie de circunstancias desfavorables y vencer ciertas resistencias. Circunstancias desfavorables relacionadas con la propia visión del proyecto y con sus bases económicas, humanas y culturales, y resistencias procedentes, por un lado, del despotismo y de los nacionalismos exacerbados y, por otro, de la colonización del territorio palestino; todos estos factores hacen que en las relaciones intermediterráneas el proceso mediterráneo no llegue a concretarse en todos los niveles del intercambio y la comunicación.
No hay ninguna duda de que los medios de comunicación desempeñan un papel crucial en la producción de las identidades, del mismo modo que entra dentro de la tautología decir que las relaciones perversas entre los medios de comunicación y los diferentes poderes existentes enturbian el desarrollo de la idea de mediterraneidad. No obstante, los medios de comunicación están empeñados en seguir alentando los estereotipos, los prejuicios, la xenofobia, la «islamofobia», la emigración, la arrogancia, etc., y otros tantos clichés, imágenes y mezclas de conceptos, olvidándose con frecuencia de que contribuir a que haya más asociacionismo, partenariado, amistad e interculturalidad constituye una exigencia estratégica.
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