afkar/ideas Revista trimestral para el diálogo entre Magreb, España y Europa
Revista trimestral para el diálogo entre el Magreb, España y Europa
Español | Français      

afkar/ideas Revista trimestral para el diálogo entre Magreb, España y Europa
 
 

Un fantasma recorre Oriente Medio
El gran revuelo originado por el proyecto del ‘Greater Middle East’ anunciado por Bush es proporcional a los temores y esperanzas que suscita.

Andreu Claret


Un fantasma recorre el norte de África y Oriente Medio: la iniciativa impulsada por la administración de George W. Bush y llamada Greater Middle East. El paralelismo con la célebre frase con la que Marx abre su Manifiesto comunista es una broma, pero no del todo. El fantasma no es el mismo, claro está, pero el proyecto tiene una misma intención transformadora, aunque otros destinatarios. Se trata de anunciar la buena nueva de un cambio radical que va a sacudir los cimientos del orden establecido en una zona del mundo que a todos preocupa, sobre todo después del 11 de septiembre de 2001. Una auténtica revolución. Sustitúyase Europa por el vasto arco musulmán que va de Marruecos a Afganistán e incluso Pakistán, y donde Marx auguraba una inminente revolución social, Bush vaticina una profunda sacudida democrática capaz de sacar al mundo árabe de su postración: es la Greater Middle East Initiative (GMEI) anunciada por el presidente de Estados Unidos el 6 de noviembre de 2003, para llevar la democracia y el progreso a las riberas del sur y el este del Mediterráneo y más allá, hasta las tierras de Arabia y la antigua Mesopotamia y presentada en sociedad en las recientes cumbres del G-8 y de la OTAN.

Aunque la comparación con el Manifiesto no pasa de recurso retórico, la mejor prueba de que la iniciativa de Bush tiene cierto calado es la tinta que ha hecho correr desde su anuncio. Tinta árabe, vertida esencialmente para expresar desconfianza y resentimiento, y tinta europea gastada en advertir a los aliados del otro lado del Atlántico que una cosa es quebrar el statu quo y otra abrir el camino de una democracia sostenible en el mundo árabe. En todo caso, mucha tinta: desde la lapidaria opinión del Financial Times –“a grand concept in search of substance” (un gran concepto en busca de sustancia)– hasta la no menos lapidaria conclusión a la que llega el politólogo y ex ministro libanés, George Corm, cuando afirma que el proyecto norteamericano “siembra el temor entre los gobernantes y los gobernados. Los primeros, porque piensan que el proyecto alienta reivindicaciones populares (en los países árabes). Los segundos, porque sólo ven en él una nueva hipocresía de parte de la política hegemónica del tándem israelo-americano”. Entre las críticas abundan las alusiones a la coyuntura internacional y electoral que acompaña la iniciativa, y algunos analistas piensan que todo el ruido que ha suscitado busca proporcionar a Bush un marco general, una perspectiva con la que poder justificar la guerra de Irak y los sesgados apoyos al primer ministro israelí, Ariel Sharon, en puertas de los comicios de noviembre.

Sin embargo, poco a poco se ha impuesto la idea de que estamos ante algo más que un artilugio electoral. Ante una “visión” que tiene su origen más inmediato en el trauma del 11–S, pero que pretende responder al desgaste de lo que ha sido la estrategia norteamericana hacia el mundo árabe desde la Segunda Guerra mundial. De acuerdo con esta interpretación estaríamos ante un proyecto estratégico capaz de sustituir el que garantizó la seguridad en el Mediterráneo durante la guerra fría y proporcionó suministros suficientes y estables de petróleo a Occidente. Este esquema entró en crisis con el 11-S y la constatación de que los acuerdos suscritos por EE UU con la casa de los Saud en 1945 ya no permiten pensar el futuro en términos de estabilidad. La GMEI es el intento de elaborar una política alternativa, más activa, más intervencionista, nacida de los think-tanks neoconservadores que dominan el pensamiento de la actual administración norteamericana. Anticipándose a su formulación conceptual más acabada, esta política ha presidido la decisión de atacar Irak, derrotar el régimen de Sadam Husein, e intentar demostrar al mundo que el fin del tirano no tiene por qué ser el principio del caos, sino el advenimiento de la democracia para Irak y el inicio de la democratización (y la pacificación) de Oriente Medio.


Suspicacias entre los árabes


Siendo éste el objetivo declarado de la GMEI , no es de extrañar que haya suscitado un acalorado debate entre los expertos y sus eventuales destinatarios. Un debate que, como es lógico, no se ha quedado en lo que la iniciativa pretende, en los objetivos que dice perseguir, sino en las intenciones que se le pueden razonablemente suponer. La mayoría de las críticas coteja los anunciados propósitos de la propuesta con lo que ha sido la política norteamericana en Oriente Medio en los últimos dos años. Se trata de evaluar esta nueva doctrina de exportación de la democracia a la luz de unas políticas que (todavía) no han demostrado su capacidad de hacer progresar la democracia de manera sostenible, allí donde se han llevado a cabo. Simplificando, podría decirse que las fotografías de torturas en la prisión de Abu Ghraib y el deterioro de la situación en Palestina han hecho más por desacreditar la GMEI que los innumerables artículos y editoriales críticos publicados por la mayoría de los diarios árabes. Puede que la frustración sea también el resultado de expectativas exageradas. En los momentos de euforia que acompañaron la entrada de las tropas norteamericanas en Bagdad, la administración Bush presentó la caída del régimen de Sadam Husein como un ejemplo de lo que podía pasar en los países vecinos si no se abrían a los vientos de cambio que iban a barrer el Medio Oriente. Con este descarado planteamiento regional EE UU ha elevado a cotas muy altas el reto de la posguerra iraquí. No pretende demostrar sólo que la intervención militar puede traer la democracia a Irak, sino advertir de que éste puede ser el camino del cambio y la democratización para otros regímenes vecinos. Un mensaje que, sin duda, fue interpretado con la preocupación a la que se refiere Corm por la mayoría de los gobernantes árabes. Algunos, como los presidentes de Egipto, Túnez y Siria, Hosni Mubarak, Zine El Abidine Ben Alí o Bachar el Assad respectivamente, avisaron de los peligros de desestabilización que entraña la GMEI según cómo se lleve a cabo. Otros reconocieron la necesidad de avanzar en las reformas. Entre éstos, el más explícito fue el presidente de Yemen, Alí Abdallah Saleh, quien advirtió a sus colegas árabes: “Mejor que nos afeitemos nosotros mismos si no queremos que nos esquilen”. Por lo general, si lo que se pretendía era tener los regímenes árabes moderados asociados a la operación iraquí y a la lucha contra el terrorismo, la amenaza de un dominó democrático en toda la región no era la mejor forma de contar con ellos. Más de un dirigente árabe debe pensar que el éxito o el fracaso de EE UU en Irak determinará el futuro de toda política destinada a imponer la democracia desde fuera. Por lo tanto, su propio futuro.

El aparente radicalismo democrático con el que los promotores de la GMEI la explicaron podía haber compensado las suspicacias que encontró entre los gobernantes árabes por el respaldo de unas sociedades que ansían cambios. De hecho, algunos sectores de la oposición a los regímenes más autocráticos estuvieron inicialmente expectantes. Pensaron que EE UU quizás iba a estar de su lado en la difícil tarea de remover los regímenes árabes más cerrados, aquéllos donde la transición democrática necesita un respaldo exterior que compense la represión interior. Pero tanto el desarrollo de los acontecimientos en Irak como, sobre todo el alineamiento de la administración Bush con la política del gobierno de Sharon redujeron a cenizas las esperanzas de un apoyo a la GMEI por parte de las masas árabes más proclives a un cambio. El doble rasero utilizado para juzgar las acciones de unos y otros en Oriente Medio hizo añicos las pretensiones de movilización de la opinión pública árabe al servicio de los objetivos de la GMEI. El lanzamiento del canal de televisión Al Horra, en árabe, por parte del gobierno de EE UU aparece, en este contexto, como el reconocimiento de que las mejores intenciones (reales o supuestas) no encuentran valedores en una opinión pública dominada por el drama palestino y los horrores cotidianos de la posguerra iraquí.


Problemas de credibilidad


La falta de credibilidad de la propuesta norteamericana entre quienes demandan más libertad en el mundo árabe es su principal talón de Aquiles. Efectivamente, la idea de que hace falta sacudir el statu quo en el norte de África y Medio Oriente era el principal atractivo de la GMEI. Ésta fue la interpretación benévola que hizo el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Joschka Fischer, cuando afirmó a principios de año que “la crisis en Irak no puede ser resuelta sin un proceso de reformas de largo alcance en todo el Medio Oriente” y cuando aseguró que “ni EE UU ni Europa ni el propio Oriente Medio pueden tolerar por más tiempo la perpetuación del statu quo en la región”. Éste es, sin duda alguna, el punto fuerte de la GMEI.

La constatación de que las cosas no pueden seguir como están en el mundo árabe no es de ahora, ni proviene sólo de EE UU. El célebre informe del PNUD elaborado por académicos árabes y publicado un año antes de que se diera a conocer la iniciativa norteamericana, concluía que sin más libertad y más educación –y sin que las mujeres tengan más protagonismo– las sociedades árabes perderán el tren de la modernidad y de la globalización.

La necesidad de procesos democráticos también ha sido planteada desde la Unión Europea (UE) y figura en el corazón del partenariado euromediterráneo lanzado en 1995 en Barcelona. Desarrollo, democracia y diálogo, forman una trilogía articulada que pretende lograr transformaciones desde otra óptica, menos traumática, menos externa, menos impactante quizá que la de la GMEI , pero más consistente y realista, en la medida en que está asentada en unos procesos de transición internos que se propone alentar y sostener. Con todo, es cierto que la fascinación que la GMEI puede provocar entre observadores críticos del mundo árabe proviene de la contundencia con la que señala la necesidad de un cambio. Y también de la lentitud con el que avanzan las reformas internas, aquéllas en las que la UE asienta su propuesta de partenariado con los demás países mediterráneos. A grandes males, grandes remedios, piensan los más escépticos. Bienvenida sea la democratización de los países árabes, aunque se logre con fórceps, con una comadrona ajena a la región, como respuesta al 11-S. Un gran concepto, sin duda, propio de un inicio de siglo. Pero ¿dónde está su “sustancia”, aquella a la que se refería el Financial Times ?

Los promotores de la GMEI insinúan que ésta tiene sus antecedentes en la conferencia de Helsinki de 1975, destinada a promover la democracia en Europa, para superar su división en bloques y fomentar la democracia entre los países del Pacto de Varsovia. En este caso, se trata de promover una amplia adhesión a los principios de la democracia y la modernidad que aísle el islamismo radical y deje sin oxígeno el terrorismo de matriz islamista. Alguien calificó esta estrategia, con toda la razón, de victoria de la lógica abstracta sobre la realidad política. Contemplar la amenaza que supone Al Qaeda desde la lógica que imperó durante la guerra fría es, efectivamente, una manera de eludir la realidad y de no plantearse lo que de nuevo hay en las actuales amenazas. Supone errar en el diagnóstico y, probablemente, en los medios destinados a combatir el llamado terrorismo global, que no pueden ser los de otros tiempos y otras guerras.

Lógica abstracta contra realidad compleja. En este empeño por rehuir el análisis de la realidad tiene su explicación la tendencia a la simplificación que ha imperado en la actuación estadounidense. Hasta el extremo de colocar en una misma concatenación lógica a Sadam Husein y Al Qaeda, la persecución del terrorismo fundamentalista y la guerra contra la más laica de las dictaduras de Oriente Medio. Sólo un exceso de ideología puede explicar que se pretenda lanzar un mensaje democrático a las sociedades árabes sin acompañarlo de una presión diplomática sobre el gobierno de Sharon. Pretender dibujar un futuro para el mundo árabe eludiendo el conflicto entre Israel y Palestina carece de credibilidad. Y facilita la tarea de quienes quieran desacreditar la GMEI aludiendo a sus objetivos no declarados, y presentándola como una cobertura ideológica de un proyecto destinado a ocupar posiciones de poder en una zona de gran importancia estratégica.

Donde la lógica de la abstracción se hace más patente es en la definición del ámbito geográfico y de los socios a los que va destinado la GMEI. Helsinki fue un proyecto elaborado para los europeos y su reunificación democrática. ¿A quién se dirige la GMEI ? No es una iniciativa pensada para el mundo árabe pues su diseño rebasa con mucho los países de la Liga Árabe. No está pensada para hacer frente a la situación en Oriente Medio, pues excluye a Israel. Su denominador común es el de los países musulmanes, pero deja fuera la mayoría de los asiáticos. ¿Qué papel atribuye a Turquía? ¿Por qué Pakistán y no India? Se propone impulsar la democracia entre un grupo de naciones que sólo tienen en común su condición religiosa (dentro de la diversidad del islam). ¿Qué sentido tiene un proyecto destinado a llevar democracia a los musulmanes? Otra vez, el choque entre la ideología y la realidad. ¿Existe una política para el arco que va de Marruecos a Afganistán, pasando por los países del Golfo, Irán, el nuevo Irak, Egipto o Libia? ¿Se puede aplicar la misma fórmula para promover la democracia en Marruecos, un país en transición, con instituciones democráticas y una potente sociedad civil, y en Arabia Saudí, que no cuenta con tradición democrática alguna ni con sociedad civil donde asentarla? La amalgama de naciones y pueblos afectados sólo se justifica por la presencia en ellos del islam como religión dominante. Todo lo demás es diversidad de regímenes, de situaciones geopolíticas, de historias y tradiciones que poco tienen en común. Yendo al fondo de la cuestión: ¿se puede propugnar un nuevo Helsinki para el mundo musulmán? ¿Es legítimo y útil equiparar el bloque del Este con un bloque –que no es tal– de países musulmanes? ¿No entraña esto azuzar el peligro que se dice querer combatir, alimentando una polarización entre entidades definidas por su identidad religiosa? ¿No existe el peligro, subrayado por Vasconcelos, de que esta polarización penetre en las propias sociedades europeas, a través de las comunidades musulmanas que las habitan? En todo caso, es una forma de hablar de Medio Oriente sin citar a Palestina. Sin siquiera mencionar a los árabes como tales. De negarles la identidad que pretenden y que tiene sus propias estructuras, por poco eficaces que sean, como se vio con ocasión de la última cumbre de la Liga Árabe celebrada en mayo en Túnez. Una manera, en definitiva, de aplicar viejas recetas de la guerra fría a problemas complejos, que no soportan tratamientos propios de tiempos duales.


El ejemplo de Irak


Los errores y desastres a los que puede conducir el triunfo de esta “lógica abstracta” han encontrado un primer campo de experimentación en Irak. Aunque todavía sea difícil imaginar el futuro de este país, ya se puede afirmar que la guerra no ha contribuido a atajar la amenaza terrorista que decía perseguir. El derrumbe de la dictadura ha ofrecido ciertamente al pueblo iraquí una oportunidad para vivir mejor, pero ha creado condiciones para el desarrollo de acciones de Al Qaeda a gran escala y ha transformado Irak en un campo de entrenamiento para miles de candidatos a engrosar sus filas y llevar la destrucción a cualquier lugar del planeta. Puede que la situación acabe mejorando si se confirma la capacidad de los iraquíes de regir sus destinos y si la comunidad internacional se implica en la reconstrucción. Pero nadie podrá justificar el tiempo perdido, las vidas humanas destruidas, el daño hecho a las relaciones y las percepciones entre Occidente y Oriente. Está por ver qué será de una democracia importada que tendrá que asentarse en un fuerte componente comunitario de base religiosa. Por otra parte, ¿dónde están los efectos saludables de la guerra de Irak sobre el Medio Oriente que tanto se anunciaron? ¿Ha progresado la democracia en la región o se han atrincherado aún más los regímenes autoritarios, que han encontrado en su colaboración contra el terrorismo islamista un alibí para seguir contando con el apoyo de EE UU?

Si alguna virtud se le puede reconocer a la GMEI es la de haber azuzado el debate sobre la democracia en las sociedades árabes. Aceptemos el punto de partida: la perpetuación de regímenes autoritarios y la falta de libertad impiden el desarrollo, facilitan la emergencia de populismos identitarios, fundamentalistas, y crean las condiciones para el surgimiento de grupos radicales contrarios a la modernización. Crean condiciones ambientales para la actuación de grupos terroristas. De ahí que el statu quo haya dejado de ser sinónimo de estabilidad y seguridad. Ni para los regímenes árabes, ni para los intereses de Occidente. No habrá desarrollo, estabilidad y seguridad si no se abren puertas a la participación y la democracia. Es un punto de vista compartido por muchos. En Europa y en EE UU, pero también en el mundo árabe (por ejemplo, los autores del citado informe del PNUD).

Las divergencias surgen en la manera de acometer esta democratización. ¿Se puede imponer desde fuera y por la fuerza? ¿No será peor el remedio que la enfermedad? ¿Quién puede asegurar que la democracia y no el caos sustituirán a las dictaduras o las dictablandas que se desestabilicen desde el exterior? ¿Cómo evitar que esta desestabilización abra la puerta a una involución islamista retrógrada, contraria a una perspectiva democrática? La GMEI no aporta respuestas a estas preguntas. Su carácter ideológico no permite concebirla como un proceso en el que lo político, lo económico y lo cultural se conjuguen para hacer progresar la situación, paso a paso, de acuerdo a la circunstancia de cada país y en concertación con las fuerzas sociales comprometidas con la modernización de las sociedades árabes.

Es toda la diferencia entre la GMEI y el partenariado euromediterráneo, que sí está concebido como un proceso. Puede que el debate actual haya servido para poner de manifiesto las carencias del Proceso de Barcelona, la falta de determinación de la UE y la necesidad de que ésta se involucre más en el Medio Oriente. Pero el diálogo mediterráneo iniciado en 1995 tiene sobre la GMEI dos ventajas esenciales: por un lado involucra a todos los actores –también Israel– y, sobre todo, permite pensar la democratización del mundo árabe en términos de proceso. Cuenta ciertamente con una arquitectura compleja, difícil de hacer progresar, pero tiene la enorme ventaja de que huye de la simplificación y de la amalgama y permite dibujar políticas de geometría y ritmo variable. Permite buscar interlocutores auténticos en los países afectados, sin tener que importarlos del exilio. Hay que reconocer, sin embargo, que el reto del Proceso de Barcelona tampoco es fácil: hacer avanzar la democracia, sin imponerla. Ejercer la condicionalidad de la cooperación, en defensa de los derechos humanos, la transparencia y la gobernabilidad. Rechazar el statu quo sin desestabilizar. La clave está, probablemente, en conectar mejor con las fuerzas sociales que encarnan una voluntad de cambio, al tiempo que se colabora con los regímenes existentes. Sin rechazar el diálogo con el islamismo político, aceptando que expresa amplias corrientes de opinión en la mayoría de los países árabes, y que en él confluyen proyectos muy diferentes, desde los que amenazan con la involución hasta quienes han aprendido las lecciones de Argelia e Irán y se decantan por modelos democráticos, conservadores, y miran cada vez más hacia Estambul.

afkar/ideas Revista trimestral para el diálogo entre Magreb, España y Europa
      

Estudios de Politica Exterior S.A. Núñez de Balboa 49, 5º pl. 28001 Madrid. Tel: 91 4312628 Fax: 91 435 40 27
IEMed Girona, 20. 5ª planta · 08010 Barcelona · Tel: 93 244 98 54 Fax: 93 247 01 65

© 2003 afkar / ideas - webmaster@iemed.org