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La reforma de los sistemas educativos islámicos: Túnez

Mohamed Charfi


La reforma de los sistemas educativos del mundo musulmán es objeto de un debate que ha adquirido proporciones internacionales desde que el gobierno de Estados Unidos publicó su proyecto de reforma sobre “El Gran Oriente Medio”. Aparte de la necesidad de democratizar los regímenes políticos de la región, la idea básica de este proyecto es que, en los países musulmanes, las escuelas fomentan el fanatismo religioso y justifican la violencia, con la excusa de enseñar la yihad. Este proyecto ha sido duramente criticado por algunos intelectuales y Estados árabes porque, según dicen, procede de una gran potencia que se ha distinguido estos últimos años por su hostilidad hacia el mundo musulmán a través, sobre todo, de la invasión de Irak, basándose en falsos pretextos, y del apoyo incondicional a la política expansionista de Israel. El Estado que adopta una política semejante no está en el mejor lugar para dar lecciones de pacifismo o “consejos amistosos”. Por eso, el proyecto fue rechazado al ser considerado una intromisión intolerable en los asuntos internos de Estados soberanos.

Pero se ha retomado la idea, enmendada, presentada de otro modo y adoptada por una organización internacional, la OCDE. Ésta adoptó una actitud matizada sobre el drama del pueblo palestino, recordó la contribución del mundo árabe a la civilización universal y decidió poner en marcha una política de estímulo a la reforma del sistema educativo de los países de la región. De pronto, las propuestas de reforma ya no pueden ser rechazadas por una cuestión de forma o de principio. Hoy es una exigencia internacional que debe tenerse en cuenta. Tanto más cuanto que, por una parte, los intelectuales demócratas árabes reclaman desde hace tiempo una reforma semejante, y por otra, al menos un país, Túnez, realizó hace bastantes años una revisión profunda de su sistema educativo en este sentido.

La reivindicación de reformar la escuela data de principios del renacimiento árabe, en el siglo XIX. Los esfuerzos de Mohamed Alí en Egipto o de Jeredin en Túnez iban ya en este sentido, igual que los escritos del egipcio Rifa'a El Tahtaui (principios del siglo XIX) o del tunecino Abdelaziz Thaalbi (inicio del siglo XX).

Por otro lado, en 2002, el informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre el mundo árabe, informe que trataba principalmente sobre el saber y el desarrollo científico, elaborado por un equipo de expertos árabes cuya competencia u objetividad es difícil de poner en duda, ha sonado como una señal de alarma sobre el estado de la enseñanza en el mundo árabe. Ésta, junto al África subsahariana, es una de las regiones que acusan en mayor medida el retraso en materia de educación en el doble ámbito cuantitativo –índice de analfabetismo aún muy elevado, índice de lectura de libros y periódicos muy débil– y cualitativo, porque el nivel de la enseñanza es demasiado bajo y los métodos son arcaicos.

Precisamente a estos defectos se aferró Túnez en la reforma que emprendió a partir de 1989 y que aportó dos novedades esenciales: un cambio de método radical y una reorientación de los valores transmitidos por el sistema educativo.

En la mayoría de los países musulmanes, las escuelas han conservado las huellas de los antiguos kutebs, donde se llevaba a los niños a aprender de memoria largos textos cuyo significado no comprendían. Los programas estaban sobrecargados de materias y la memoria de los estudiantes demasiado solicitada.

El primer cambio realizado por la reforma tunecina afecta al método. Como se admite en todos los países avanzados, es preferible una cabeza bien estructurada a una llena. Por lo tanto, los alumnos están llamados a entender, a hacerse preguntas, a reflexionar. Lo esencial para ellos es la iniciación al descubrimiento personal. Tienen que evitar las recetas preparadas y aprender a aprender.

Esto concierne a la iniciación a las ciencias de la naturaleza, de la materia y de la vida. Pero afecta también a los hechos sociales y humanos. En todas las escuelas del mundo, los niños reciben desde pequeños enseñanzas relativas a su sociedad y a las relaciones de ésta con las otras. Ahora bien, tanto en el ámbito del conocimiento de sí mismos como en el de los demás, hay que acostumbrarles a ejercer un espíritu de crítica. Así, las lecciones de historia ya no serán sesiones de autocomplacencia y narcisismo y las civilizaciones de otros se presentarán con objetividad y comprensión. Así, el niño podrá educarse en el amor a su patria, pero sin pasión cegadora. Podrá ser un ciudadano activo y lúcido y podrá obrar a favor de un buen entendimiento entre su sociedad y las demás.

Paralelamente a este cambio de método, la reforma tunecina ha previsto ampliar la cultura general de los niños, sobre todo en secundaria, con la introducción de una iniciación a la literatura y civilizaciones extranjeras y con un programa de filosofía, en el último curso de este ciclo, que englobe a la vez la filosofía islámica y las grandes corrientes filosóficas internacionales, históricas y actuales. Para generalizar la aplicación de esta norma ha habido que retrasar la orientación de los estudiantes hacia las distintas secciones especializadas con el fin de asegurar a todos la adquisición previa de un mínimo de cultura general.

Ni que decir tiene que aplicar estas nuevas orientaciones ha habido que revisar casi todos los manuales escolares y realizar un enorme esfuerzo de reciclaje de los profesores de todos los niveles. La revisión de los manuales y el reciclaje de los profesores debían tender también a la liberalización del sistema educativo.

Uno de los objetivos fundamentales del sistema educativo es la formación del futuro ciudadano, es decir, de su integración en la nueva sociedad. Así ocurre en la mayor parte de las regiones del mundo... excepto en los países musulmanes en los que se enseña todo lo contrario a las normas que rigen en la vida social real. Los ejemplos de esta contradicción entre los valores transmitidos en la escuela y las prácticas sociales son numerosos:

– En la escuela, el niño aprende que el préstamo con interés está prohibido. Más tarde, descubrirá que toda la economía del país está ligada al sistema bancario, basado en el préstamo con interés.

– En la escuela, se enseña que el único régimen político legítimo es el del califato, mientras que este sistema se abolió hace 80 años.

– En la escuela se enseña que la yihad es una obligación religiosa que tiende a instaurar en todas partes regímenes islámicos, mientras que la política de los Estados actuales se basa en la coexistencia pacífica y la cooperación internacional.

– La norma que se enseña en la escuela es que el poder para elaborar leyes corresponde a los ulemas, doctores de la religión, mientras que, en nuestros días, las leyes civiles, comerciales y penales son elaboradas por un legislador moderno según principios nuevos.

– La escuela sigue transmitiendo unos valores patriarcales correspondientes a una sociedad donde la mujer es ignorante, está encerrada en casa y sometida a su padre o su marido; mientras que en nuestros días las jóvenes están escolarizadas, las mujeres han entrado en el mercado de trabajo y la familia está en plena fase de transformación.

En resumen, en lugar de preparar a los niños para vivir en su sociedad, se hace de ellos unos esquizofrénicos, individuos imbuidos de un sistema teórico e idealizado y que viven una realidad social opuesta al ideal. Ellos deberán elegir entre aferrarse al ideal para convertirse en integristas más o menos violentos, o bien tener en cuenta la realidad con el riesgo de sacrificar el ideal, y de paso todos los ideales, lo que les llevará a caer en el oportunismo y quizá la desviación.

La reforma tunecina de la educación, iniciada en 1989 y legalizada en 1991, y después en 2002, ha tenido por objeto poner las cosas en su sitio. Todos los arcaísmos que acabamos de citar, y muchos otros que se han heredado del Derecho musulmán clásico se han abandonado. En su lugar, se enseñan los nuevos iytihad, esfuerzos doctrinarios proporcionados por los pensadores musulmanes modernos que han demostrado que el Derecho musulmán podía evolucionar para adaptarse a la libertad y la modernidad basándose en nuevas interpretaciones de los textos sagrados, el Corán y los hadices seguros. Los nuevos programas de filosofía, historia, educación religiosa y cívica tienden a que arraiguen en los niños los valores de libertad e igualdad entre los seres humanos y entre hombres y mujeres.

La no discriminación sexual no sólo se enseña, sino que la escuela debe además practicarla. Se sabe hasta qué punto la separación entre niños y niñas acostumbra a los niños a una diferenciación de categoría y por lo tanto de derechos y obligaciones; y lo mismo hay que decir del mantenimiento de la mujer en una posición social y jurídica inferior, lo cual va en contra de la política adoptada en Túnez desde la independencia. Se sabe también que esta separación tiene un efecto nefasto en la psicología de los niños. Por lo tanto, es más sano adoptar los colegios mixtos. Este principio se ha planteado y su aplicación se ha generalizado a todas las regiones y a todos los niveles de enseñanza.

Así, la escuela tunecina prepara a los niños para su integración en la sociedad del siglo XXI. A decir verdad, las realidades sociales y políticas han evolucionado en grados distintos en todos los países musulmanes. En Egipto o Pakistán hay elecciones y parlamentos que legislan. En Marruecos, se ha reformado el Derecho clásico de la familia. Incluso en Arabia Saudí, hay un sistema bancario basado en un préstamo con interés más o menos camuflado. Todos los Estados musulmanes están, pues, llamados a reformar su sistema educativo para adaptarlo a la modernidad. Una reforma de este tipo podrá ayudarles a realizar otra igualmente importante, si no más: la democratización que tanto necesitan los pueblos y que las elites reclaman desde hace tiempo.

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